Homilía may. 14 / 2017

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“Jesucristo, camino vivo y verdadero”
V  DOMINGO DE PASCUA CICLO A

 

Puebla, Pue., 14 de abril de 2017

 

 

Estamos celebrando el quinto domingo de Pascua y nos vamos acercando al final de estos cincuenta días en los que, con gran alegría, hemos hecho presente el misterio que nos ha reconciliado con Dios.

La cincuentena pascual concluye con la fiesta de Pentecostés, pero antes hay otra celebración igualmente importante: la Ascensión del Señor; es por ello que la liturgia nos propone en estos dos últimos domingos, este y el próximo, dos párrafos del capítulo 14 del Evangelio de Juan. Este capítulo 14 se ubica en el contexto de la Cena Pascual, durante la cual Jesús dirige sus últimas palabras a sus discípulos, prácticamente como si se estuviera despidiendo. Imaginemos un poco la escena, Jesús está con sus discípulos, les ha anunciado que está por dejarlos, por lo que inmediatamente surgen las dudas, las inseguridades sobre qué es lo que va a suceder con ellos, lo qué les espera.

Ante este ambiente de temor y Jesús los anima, indicándoles que el objeto de la fe es Él mismo: “No pierdan la paz. Si creen en Dios, crean también en mí”, la fe en Jesucristo trae consigo una promesa: la vida eterna, representada por Jesús como “un lugar con muchas habitaciones”, esto nos lleva a tener presente el bautismo. En la Iglesia, cuando los catecúmenos son adultos, o a los papás cuando los bautizandos son niños, se les pregunta: “¿Qué pides a la Iglesia de Dios?”, el candidato responde: “La fe”, se pregunta nuevamente: “Y, ¿Qué te da la fe?”, nuevamente el candidato: “La vida eterna”.

Podemos decir entonces que, el fin último de ser cristiano es alcanzar la vida eterna, éste es el objetivo de nuestra vida. Pero aquí tenemos que hacernos una pregunta fundamental: nosotros, ¿En verdad esperamos esta vida eterna?

En nuestros días, hablar de la vida eterna nos puede parecer algo anacrónico, sobre todo porque vivimos en una sociedad en la cual se valora más aquello que es temporal, lo que resulta gratificante a nuestros sentidos, y que de alguna manera nos da un cierto confort y seguridad. Por ello, para muchos, la religión y sus “discursos” son algo que no tiene sentido. Hace algún tiempo, navegando en internet, me encontré con un video de un cierto youtuber que en pocas palabras decía que la religión y sus discursos eran una idiotez, y quienes creían en estas cosas eran unos idiotas. Esto me hace pensar en lo que hoy es importante para la gente y que de alguna manera se convierte en el objetivo y motor de su vida. Retomando el ejemplo de este cierto youtuber, si para él el mensaje de la religión, y aquí entra el discurso sobre la vida eterna, es una tontería, ¿Cuál será el objetivo de su vida? Pensando en que sea bautizado, ¿Cuál será su esperanza? Ciertamente podemos intuir que el objetivo de su vida no es Jesucristo, y muchos menos alcanzar la vida eterna, lo cual seguramente será para él una especie de fábula o una invención de la religión para controlar las mentes de sus adeptos.

Esta forma de pensar es algo que está permeando nuestra sociedad, y con ello se está modificando nuestra forma de vivir, porque por naturaleza el ser humano tiende hacia aquello que es el objetivo de su vida, tiende hacia lo que es la meta. Si nuestra meta es esta promesa de Jesucristo, es decir, a vida eterna, toda nuestra forma de vivir se orientará a la consecución de este fin, esto es lo que distingue la vida de un verdadero cristiano, que cada día tiene delante de sí el objetivo final de su existencia y se esfuerza por alcanzarlo.

Viene entonces el mensaje central de la liturgia de este domingo, ¿Cómo hacer para alcanzar la vida eterna? Jesús toma una imagen fácil de entender: “Yo soy el camino”. Pero esta figura la acompaña de dos palabras más: “la verdad y la vida”. Se trata de una figura literaria utilizada frecuentemente en la Sagrada Escritura, la llamada hendiatris, es decir: tres por uno, o de otra manera, se usan tres palabras pero significan una solo cosa. Así, cuando Jesús dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” está diciendo: “Yo soy el camino vivo y verdadero”, porque en realidad no hay otro camino fuera de Él. Sólo quien sigue a Jesucristo, quien camina en Él, alcanzará la meta final de la existencia humana.

La fe en Jesucristo “camino vivo y verdadero”, no es algo incierto, no es algo que está solamente en el campo de las ideas, no es una forma de contralar mentes con objetivos perversos. La fe en Jesucristo significa ponernos en movimiento, hacer un camino, tener una forma concreta de vivir, a través de la cual se manifiesta que hemos creído y esperamos llegar a donde Cristo, nuestro Pastor y cabeza, nos ha precedido.

Pbro. Carlos Gasca Castillo

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