Beata María Vicenta de Santa Dorotea Chávez Orozco

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doroteachavezDorotea Chávez Orozco nació el 6 de febrero de 1867 en Cotija, Michoacán, lugar tranquilo rodeado de montañas, lomas y valles dorados, como es común encontrar en este Estado de la República Mexicana.

Dorotea fue la menor de seis hermanos; sus padres, Luis Chávez y María de Jesús Orozco. Su madre estaba emparentada con el Siervo de Dios Francisco Orozco y Jiménez, quien fue Obispo de Chiapas (1902-1912) y Arzobispo de Guadalajara (1913-1936).

Dorotea fue bautizada e hizo la primera comunión en la parroquia de su pueblo natal. Su infancia fue como la de muchas niñas pertenecientes a familias modestas, sencillas, pero sumamente responsables para educarlas en la fe, infundiendo en sus almas un gran amor a Dios y una profunda devoción a la Santísima Virgen María.

De pequeña, Dorotea cuidó con esmero de un pequeño rebaño de ovejas, único patrimonio de la familia Chávez Orozco. Esta tarea cotidiana le dio la oportunidad de estar en contacto con la naturaleza, donde respiraba y sentía a Dios, brotando de su sencillo y limpio corazón, continua alabanza a Dios Trino.

Aprovechaba hasta el máximo el silencio, la quietud y la paz del campo, circunstancia que le brindó la Providencia Divina y que la fue preparando para la gran misión que le tenía preparada.

Nunca asistió a la escuela porque la tenía en su propia casa con su hermano Eligio, que era maestro y dedicaba cariñosamente el tiempo que requería su hermanita para aprender desde las primeras letras.

En este sencillo estilo de vida, transcurría la existencia de esta niña; cuando tenía entre los 8 y 10 años de edad, la familia se trasladó para radicar en Cocula y después en Guadalajara, Jalisco, donde vivió en el barrio de Mexicaltzingo.

Su vida sencilla y ordinaria se vio interrumpida por un acontecimiento que la cambiaría para siempre: la enfermedad. El 20 de febrero de 1892, a los 25 años de edad, a fin de que a tendiera su quebrantada salud, el Padre Eusebio González, su Director Espiritual, le pidió que se internara en el Hospital de la Santísima Trinidad de Guadalajara. Esta experiencia de dolor la fue preparando para escuchar el llamado de su vocación. Ella misma contó: "Por señalado favor de Dios, el mismo día que ingresé al hospital, concebí la idea y tomé la resolución de consagrarme al servicio de Dios Nuestro Señor y Salvador en la persona de los pobrecitos enfermos".

Esta institución había sido fundada dos años antes. Ahí descubrió su vocación: ayudar a los demás, y lo hizo a través de su enfermedad. Al recobrar su salud dedicó su vida al cuidado de los enfermos. Siempre les decía:  "Sigan con ánimo generoso la senda de la cruz, recíbanlo todo como venido de la Divina Voluntad".

A los pocos meses, el 19 de julio, decidió quedarse para siempre en el hospital; el 25 de diciembre de 1897 hizo votos privados en el templo de Jesús María, en compañía de Catalina Velasco y Juana Martín del Campo. Sin embargo, en 1898 todas las enfermeras decidieron abandonarla a ella y a los otros enfermos.

Esto no fue ocasión de desaliento sino que ésta, como otras circunstancias, la empujaron a fundar varios hospitales en Jalisco y en Guadalajara y el Asilo de Ancianos de la Santísima Trinidad, donde en 1905, al lado del Padre Miguel Cano Gutiérrez, creó la congregación religiosa de las "Siervas de la Santísima Trinidad y de los Pobres". Sierva significa: "pertenencia de Dios".

Dios se manifiestó por medio de una sencilla y fervorosa joven, la dócil a la acción del Espíritu Santo, que respondió a la llamada divina de: "Ven y sígueme", para adorar a Su Iglesia con dones y carisma propios. Este propósito, que cumplió íntegramente, la llevó a dejarlo todo y vivir radicalmente el Evangelio, de tal manera que las personas que la trataban expresaban: "Esta mujer tiene un corazón de amabilísima dulzura". Su preocupación fue siempre imitar a su Divino Esposo, amar y servir a sus hermanos más necesitados. Seguir a Cristo, es cargar la cruz de cada día. Esto le trajo muchos sufrimientos, difamaciones y calumnias, pero ella supo aprovecharse de todo esto como bautizada y como consagrada.

La Congregación nació en un humilde barrio de la Ciudad de Guadalajara, en Mexicaltzingo, antiguo pueblo de los indios mexicas. La aprobación diocesana tuvo lugar el 12 de mayo de 1905 por el Sr. Arzobispo José de Jesús Ortiz, y la confirmación de Roma el 18 de agosto de 1911.

El 10 de febrero de 1908, Dorotea tomó los hábitos de la Congregación de manos del Arzobispo de Guadalajara, José de Jesús Ortiz y el 20 de febrero de 1910 se estableció el noviciado, siendo ella la primera maestra de novicias; el 15 de agosto pronunció sus primeros votos simples y cambió su nombre por el de María Vicenta de Santa Dorotea.

El 6 de octubre de 1910 fundó y se convirtió en la primera Superiora del Hospital San Vicente en Zapotlán el Grande, hoy Ciudad Guzmán, Jalisco, primera casa filial del Instituto. Estalló la Revolución Mexicana y a pesar de la turbulencia social, el 3 de diciembre de 1912 realizó sus primeros votos canónicos. Un año después, tropas revolucionarias ocuparon Guadalajara y la Congregación vivió en zozobra. El 3 de diciembre de 1915 pronunció sus votos perpetuos. Con los años, haría otras fundaciones: en Puebla, el Sanatorio Del Río; en Torreón, Coahuila, la Clínica Metalúrgica y en Culiacán, Sinaloa, el Asilo del Carmen.

Dentro del proyecto de Dios para la creación de la congregación "Siervas de la Santísima Trinidad y de los Pobres", colocó como gran colaborador, director espiritual y guía del naciente instituto, a un sacerdote ejemplar, el Pbro. Miguel Cano Gutiérrez, padre fundador de la congregación. Fue ejemplar por su vida callada, su gran entrega a Dios. Se distinguió por vivir heroicamente su vida sacerdotal. Con esmerado celo por la salvación de las almas. Vivió los tiempos difíciles de la persecución religiosa. Fue llevado a prisión en varias ocasiones y en una de ellas estuvo en peligro inminente de ser fusilado. Dentro de la Iglesia desempeñó varias encomiendas delicadas. A la Congregación le dedicó su tiempo como fundador, padre y pastor. Murió lleno de méritos para el Cielo, el 14 de abril de 1924.

La Madre Vicenta también sufrió de la persecución religiosa que estalló en México en 1926. El 30 de julio se vio obligada a cerrar la capilla de la Casa Generalicia de la Congregación, cuando el Clero Mexicano ordenó la suspensión de los cultos; no obstante, el Hospital de San Vicente, en Zapotlán el Grande, fue ocupado por los militares heridos, quienes fueron atendidos por las religiosas, sin importar que en esas circunstancias ellos eran enemigos de la iglesia.

La Madre Vicenta se distinguió por su amor a la Eucaristía y su alegre entrega a los enfermos. De tal forma vivió esta entrega que, al dejar este mundo, murió en el momento mismo de la elevación de la Hostia en la Santa Misa que se estaba celebrando frente a su lecho, asistida por el Excmo. Sr. Cardenal José Garibi Rivera.

La Madre María Vicenta de Santa Dorotea Chávez Orozco murió en olor de santidad, víctima de un síncope cardíaco, el 30 de julio de 1949, en Guadalajara, Jalisco. Sus restos reposan en la cripta del Oratorio del Espíritu Santo, sede central del Instituto de las Siervas de la Santísima Trinidad y de los Pobres, en Guadalajara. 17 años después de su muerte se abrió el Proceso Ordinario, la Iglesia reconoció que vivió las virtudes en grado heroico y la Causa de Beatificación se introdujo con decreto el 13 de abril de 1978.

Para beatificarla, el 10 de enero de 1997 se comprobó científicamente uno de sus milagros al sanar a un paciente en forma rápida y total; se trata de un milagro de Dios por intercesión de la Madre Vicenta a un niño. Monseñor Oscar Sánchez Barba, Postulador por el Episcopado Mexicano ante la congregación para la Causa de los Santos en el Vaticano, confirmó que: "la madre del niño invocó a la Madre Vicenta y milagrosamente le salvaron la pierna, a pesar de que estaba infectada de gangrena".


La exhumación de sus restos, para tomar algunas reliquias, ocurrió el 26 de febrero de 1997 y la ceremonia fue encabezada por el Cardenal Juan Sandoval Iñiguez, Arzobispo de Guadalajara.

El Papa Juan Pablo II la beatificó el 9 de noviembre de 1997. La emotiva ceremonia tuvo lugar en la plaza de San Pedro ante miles de peregrinos procedentes de todo el mundo, bajo un cielo gris y una temperatura agradable.

Juan Pablo II al referirse a la religiosa mexicana, conocida como "Madre Vicentita", consideró que es un auténtico "modelo de religiosa enfermera" y aseguró que su beatificación "alegra hoy el caminar de la Iglesia en México y en todo el continente americano e impulsa el compromiso evangélico de los agentes sanitarios y de la salud ante el Tercer Milenio".

En la homilía, pronunciada en español, italiano y húngaro, el Papa resaltó las cualidades de la religiosa mexicana:

" [...] Sobre Cristo, cimiento firme de la Iglesia, edificaron el templo de su vida los tres siervos de Dios a quienes hoy tengo la alegría de elevar a la gloria de los altares: Vilmos Apor, obispo y mártir, Juan Bautista Scalabrini, obispo y fundador de los Misioneros y las Misioneras de San Carlos y María Vicenta de Santa Dorotea Chávez Orozco, fundadora del instituto de las Siervas de la Santísima Trinidad y de los Pobres. [...] Templo precioso de la Santísima Trinidad fue el alma fuerte y humilde de la nueva beata mexicana, María Vicenta de Santa Dorotea Chávez Orozco. Impulsada por la caridad de Cristo, siempre vivo y presente en su Iglesia, se consagró a su servicio en la persona de los "pobrecitos enfermos", como ella maternalmente los llamaba. Un sinfín de dificultades y contratiempos fueron cincelando su carácter enérgico, pues Dios la quería sencilla, dulce y obediente para hacer de ella la piedra angular del instituto de Siervas de la Santísima Trinidad y de los Pobres, fundado por la nueva beata en la ciudad de Guadalajara para la atención de los enfermos y los ancianos. Virgen sensata y prudente, edificó su obra sobre el cimiento de Cristo doliente; curando con el bálsamo de la caridad y la medicina del consuelo los cuerpos heridos y las almas afligidas de los predilectos de Cristo: los indigentes, menesterosos y necesitados. Su ejemplo luminoso, entretejido de oración, servicio al prójimo y apostolado, se prolonga hoy en el testimonio de sus hijas y de tantas personas de buen corazón que trabajan con denuedo para llevar a los hospitales y a las clínicas la buena nueva del Evangelio. [...] La primera lectura, tomada del libro del profeta Ezequiel, habla del símbolo del agua. Para nosotros el agua está asociada al sacramento del Bautismo y significa el renacimiento a la vida nueva en Cristo. Hoy, al proclamar beatos a Vilmor Apor, Juan Bautista Scalabrini y María Vicenta de Santa Dorotea Chávez Orozco, queremos agradecer a Dios la gracia de su bautismo y todo lo que realizó en sus vidas: "El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios (Jn 3, 5). Estos beatos, renacidos por obra del Espíritu Santo, han entrado en el reino de Dios y hoy la Iglesia lo anuncia y lo confirma con solemnidad. Edificada sobre el cimiento de Cristo, la comunidad cristiana se alegra por la exaltación de estos hijos suyos y eleva al cielo un cántico de acción de gracias por los frutos de bien, realizados a través de su adhesión total a la voluntad divina [...]".