Liturgia: Celebración y Profesión del misterio de Cristo y de la Iglesia

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EscudoVictorLITURGIA: CELEBRACIÓN Y PROFESIÓN
DEL MISTERIO DE CRISTO Y DE LA IGLESIA

 

Barcelona, Esp. 10 de mayo de 2017
en la entrega de Reconocimiento Pere Tena

 
La Liturgia como celebración comunitaria de la fe, en sí misma es profesión del misterio salvífico de Cristo, en el que los renacidos del agua y del espíritu e incorporados a su cuerpo que es la Iglesia, se introducen en el misterio de Dios que les acoge y se hace presente en su historia personal y comunitaria para prolongar, actualizar y renovar sus grandes maravillas como acontecimientos de salvación.
 
La historia de salvación, como acontecimiento actual y actuante, no es algo meramente estático, remoto y pasado de nuestra liberación, que la liturgia recuerda y repite a través de acciones arcaicas y nostálgicas que impiden descubrir y disfrutar el momento histórico-concreto que nos toca vivir como nuevo Pueblo de Dios en el kairos de salvación.
 
En realidad, la liturgia reaviva las gracias que Dios prometió a su pueblo, y que el pueblo consiguió de su Dios; al asumir sus mandatos en el camino del desierto y al pie del Sinaí, como nación santa, estirpe consagrada y pueblo de su propiedad.
 
La liturgia por su propia naturaleza teándrica, humana y divina, emplea gestos y palabras, símbolos y movimientos, acciones simbólicas y cosas, que evocan las grandes maravillas de Dios obradas a través de los siglos y llevadas a plenitud en la persona de Cristo, desde su encarnación hasta su segunda venida gloriosa pasando por el misterio de nuestra redención. Acontecimientos fundamentales de la vida de Jesús y de su Iglesia que mediante acciones y palabras, ritos y gestos por la fuerza del Espíritu Santo, reviven y actualizan tan grandes misterios.
 
Hablar de fe y liturgia en nuestros días es profundizar en la comprensión de la liturgia cristiana en su ser; es decir, desde su naturaleza, y en su hacer; como actividad de la Iglesia. La liturgia es acción de Cristo y de la Iglesia, es humana y divina, es origen y fin.
 
El debate teológico respecto de la liturgia como locus theologicus o lex orandi, y el de la teología como locus liturgicus o lex credendi, ha conducido a la ciencia teológica, a buscar una correcta interpretación de los textos bíblicos y patrísticos, que van más allá de ser considerados como simples argumentos demostrativo-apologéticos para justificar o confirmar el dato de la fe o doctrina de la Iglesia con carácter magisterial y dogmático de la doctrina de la Iglesia.
 
La praxis litúrgica tiene un fundamento bíblico-patrístico que debe ser considerado y estudiado con mucha objetividad, pues el recurso a las fuentes litúrgicas para un trabajo científico, requiere de una más justa hermenéutica de la tradición. La correcta hermenéutica del dato litúrgico para una mejor comprensión del binomio fe y liturgia es la base de una auténtica ciencia litúrgica que nos ayuda a distinguir e interpretar el dato litúrgico mediante el método de la liturgia comparada.
 
La hermenéutica litúrgica deberá por lo tanto estudiar el lenguaje litúrgico (lengua y estilo) y la situación celebrativa (tradición y familia ritual) que por su propia naturaleza exige el método de diferencias y semejanzas para
la correcta interpretación de los mismos como realidades simbólica y textuales de lo que se celebra y actualiza, a partir de su propia experiencia.
 
La liturgia como locus theologicus avalada, presentada y aclarada por el papa Pio XII en su encíclica Mediator Dei, tiene como principal objetivo la comprensión de la misma, a partir del axioma de Prospero de Aquitania:
“Legem credendi lex statuat supplicandi” expresado en la búsqueda de las razones fundamentales de la misma, para devolverle su auténtico, verdadero y genuino valor a la celebración del misterio como fuente y principio de reflexión a partir de su propio ser. Y es prácticamente la oportunidad que se nos ofrece, para seguir profundizando en los distintos enfoques que actualmente conocemos y reflexionamos respecto de la celebración cristiana.
 
La virtualidad operativa de la Palabra celebrada como realidad experiencial que convoca, congrega e impulsa a la asamblea “en Cristo” al culto en espíritu y en verdad, que le conduce al encuentro con Cristo mediante
el culto de la vida, dentro y fuera de la celebración, es la fuente y el principio dinamizador de una Iglesia que al celebrar su misterio de fe, se traslada geográfica y escatológicamente “aquí y ahora” en la degustación de lo que le aguarda y espera.
 
La correcta interpretación del trinomio fe liturgia y teología, que en el debate intelectual muchas veces aparece fraccionado, no así en la realidad personal y pastoral del cristiano y de la Iglesia, es la clave hermenéutica para comprender; que la liturgia supone la fe. Y la teología, el encuentro con el misterio celebrado, para ser reflexionado y presentado en la síntesis dogmática y canónica de la doctrina cristiana.
 
La liturgia no es la simple ejecución de unos ritos que significan o representan lo que se cree o se ordena celebrar. La liturgia es el encuentro con el misterio anunciado que se hizo y hace presente “hic et nunc” como
productor de salvación in acto, para ser acogido, celebrado, proclamado y enseñado teológica y antropológicamente a quienes son arrebatados en tan grande misterio “per ipsum, et cum ipso, et in ipso”.
 
La liturgia como función de la Iglesia en la óptica de una reflexión teológico-pastoral, no ha sido, ni será, una simple testigo ocular de la historia respecto de un misterio que se profesa o actúa, tampoco un hallazgo demostrativo o apologético de una época o contexto cultural en oriente u occidente que ha expresado la autoridad o autenticidad de una liturgia magisterial o canónica. La liturgia, es y siempre ha sido, una verdadera fuente teológica que no justifica la tendencia cultual de una época concreta o forma de pensar y vivir, sino el signo de autenticidad y garantía de aquello que permanece y es inmutable, de frente a lo que se asume y transforma ante el fenómeno de la inculturación, y por ello es acogido, celebrado y transmitido.
 
La liturgia como lenguaje litúrgico establece conceptos de trascendencia y movimiento, de función y testimonio, de anuncio y cumplimiento, de proclamación y acción de “Alguien” que toma vida y se hace presente “per ritus et preces” como promotor y propulsor de salvación, como lo afirmaba el mismo san Agustín: “Accedit verbum in elementum et fit sacramentum”. El lenguaje litúrgico por lo tanto en clave teológico- antropológica, es comunicación y permanencia, es acción y presencia, y es cuerpo y espíritu.
 
La dimensión kerigmático-profética previa a la doxológico-simbólica prepara e ilumina el encuentro con lo sagrado, y este a su vez, re-presentado, acogido y celebrado, es proclamado y profesado en la contemplación viva de la Iglesia que le injerta en el misterio de comunión y participación. Las relaciones entre liturgia y catequesis como preparación y resonancia de una celebración eclesial que celebra la salvación, al interno de uno o unos de sus hijos, abre las puertas al acontecimiento “Cristo” como único camino de salvación para el hombre que lo asume y lo sigue en su propia realidad social con miras a la cristificación.
 
Hablar de la liturgia como fuente teológica, no quiere decir desconocer la fuente bíblico patrística, o la así llamada teología del magisterio, pues los textos eucológicos están plagados de riqueza bíblica y reflexión patrística,
pero sí afirmar y reconocer; la enorme cantidad de textos litúrgicos anteriores a la tradición bíblica, que incluso ella asumió, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, al igual que los padres de la Iglesia al verse beneficiados por los diferentes ritos y familias litúrgicas.
 
Al afrontar el dato litúrgico, es necesario para una mejor comprensión de la relación fe y liturgia; distinguir que la tradición litúrgica es un encuentro con la Iglesia orante, que en lenguas múltiples y estilos variados, amasa la Palabra con el Rito para decir y decirse a sí misma en su propio lenguaje (eucológico) lo que es, lo que acoge, lo que celebra y lo que anuncia en palabras y textos acompañadas de signos y gestos. La reflexión teológica por su parte, emerge de una auténtica hermenéutica de los textos orados y proclamados que aunados a una correcta interpretación fenomenológica de los ritos, expresan en lenguaje teándrico; el “admirabile commercium”, como le llamaba el obispo de Hipona.
 
La lógica interna de la celebración cultual también nos connota con una comunidad viva de fe que es convocada y congregada para anunciar y proclamar la fe como un acto actual y actuante que se expresa y manifiesta dentro de la misma Iglesia al confesar, suplicar, alabar y dar gracias a quien le llama y congrega en un acto de fe y respuesta inmediata y mediata con “Quien” baja a encontrarse con su pueblo y con “quienes” se reúnen y dan cita, para encontrarse con su Dios en un acto de transformación y consagración de quienes son su pueblo y de quien es su Dios.
 
La Palabra que congrega y los miembros que son congregados para entrar en un diálogo teológico-antropológico de palabras y gestos, símbolos y signos, cantos y silencios, movimientos y actitudes, con un Dios que se encarna, nos permiten comprender la liturgia, como dimensión “espacio-temporal” e histórica para la profesión, celebración y vivencia de la fe; que en lenguaje, verbal y no verbal se abren a una intervención histórico-salvífica que les arrebata en el misterio de Cristo para responder soteriológicamente al hombre y a la sociedad de hoy en el momento histórico concreto que le toca vivir.
 
La función litúrgica dentro de la praxis cristiana como celebración del misterio de fe y los contenidos teológicos dentro de los textos litúrgicos como profesión de fe y ortodoxia, nos colocan en el plano de la investigación teológica, por una parte, y en la reflexión de la teología de la ortopraxia; como expresión de fe en, y desde la Iglesia.
 
El llamado a vivir y testimoniar la fe profesada ad intra y ad extra de la Iglesia, se convierte en el continuo estímulo y punto de referencia de la praxis sacramental que impulsa al cristiano a profesar, celebrar y vivir, lo que proclama, cree y expresa en el mismo misterio de Cristo y de la Iglesia. La praxis litúrgica, entonces; es la contemplación vertical y horizontal, doxológica y kerigmática; de una acción ritual impulsada por el sentido de presencia y pertenencia dentro de la Iglesia que desemboca en la existencia y madurez cristiana.
 
La apropiación personal de la fe en la autoconciencia de la Iglesia, es la mejor decisión para estructurar la celebración cristiana, con miras a la comunión y participación de todos los que integrados como miembros de la misma, no buscan nuevas formas y métodos de apropiación eclesiológica, sino que mediante el estudio y la investigación litúrgica, se auto descubren en sus orígenes, para replantear a partir de sus fuentes, la propia naturaleza de ser Iglesia de los comienzos a ejemplo del “orante”: que “cree lo que ora” y “ora lo que cree”.
 
La traditio/redditio symnboli y la professio fidei son el signo concreto de la madurez eclesial de aquello que celebra, profesa, cree y entrega. Los ritos sacramentales, constituyen, por así decir; la expresión de la fe cristiana y la naturaleza del acontecimiento litúrgico dentro del cual se coloca la profesión de fe.
 
Conscientes pues, de la importancia que tiene el testimonio de fe proclamada, acogida, celebrada y transmitida por la praxis litúrgica, habiendo comenzado una hermenéutica litúrgica de los textos proclamados y orados en el contexto de un programa celebrativo ritual. Podemos concluir que la liturgia no debe ser considerada como simple apologética que legitima o reafirma la doctrina de la Iglesia, ni tampoco, la simple ejecución de una rúbrica u ordenanza dada por el magisterio solemne respecto de la proclamación de un dogma. La liturgia es el anuncio de los contenidos de la fe y de la historia de la salvación, “aquí y ahora”, que emergen de una comunidad que convocada y congregada en el nombre del Señor, vive la lógica de su fe en la cotidianidad de la vida.
 
El encuentro de Dios con su pueblo, y del pueblo con su Dios, se celebra en el hacer memoria de la salvación llevada a plenitud en Cristo y actualizada en la Iglesia mediante la acción del Espíritu. La acción litúrgica no puede prescindir de la autoconciencia de saber que, lo que es celebrado es conocido y vivido, y lo que es profesado ha sido celebrado y asumido. La liturgia supone la fe, la alimenta, la celebra y la exige; de ahí que se haga necesaria la comprensión de la celebración como acción dinámica, acontecimiento histórico salvífico” que produce gracia y se prolonga en el “ahora” histórico concreto de una Iglesia que camina reafirmándose en la fe y en el compromiso de la vida a partir de lo que celebra en sus ritos y en sus preces.
 
Víctor Sánchez Espinosa
Arzobispo de Puebla de los Ángeles, México