Homilía dic. 10 / 2017, II Domingo de Adviento

Homilía II Domingo de Adviento
“ Consolar, consolar a mi pueblo, dice nuestro Dios ”

 

Puebla, Pue., a domingo 10 de diciembre de 2017

 

Este ha de ser hoy, me parece, el tono de nuestra predicación. Que sea una palabra cálida, restauradora, compasiva, dirigida “al corazón”, aconseja Isaías. Los motivos de esta consolación son –aclara él mismo- que Dios nos ha perdonado y ha pagado nuestra culpa. Este tono, que propongo para nuestra predicación, es muy oportuno para este Adviento 2017.

Actualmente, son muchos los rostros desconsolados. Para constatarlo solo es preciso caminar con los ojos bien abiertos a través de los barrios de nuestras ciudades, por los lujosos y por aquellos que vergonzosamente ocultamos, establecidos al margen de nuestras ciudades. Los desconsuelos tienen nombres, causas y densidades distintas: soportar día tras día el sinsabor de una vida sin sentido; no poder asegurar los elementales gastos cotidianos para vivir sobriamente; convivir con un cuerpo o una mente enfermo s sin remedio; padecer el aparente silencio de Dios, su fingida malévola indiferencia. Y tantos otros desconsuelos…

Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos

El Adviento no es, a pesar de todo, un tiempo para cruzar los brazos, dejarlos caer, y quedarse en el lamento, sin consuelo. Isaías y Juan el Bautista nos urgen a trabajar, a emprender una obra de reconstrucción: trazar en la estepa un sendero para el Señor, rellenar los valles y aplanar montañas y colinas, convertir en llanuras los terrenos escarpados… ¡Toda una obra de ingeniería a lo divino!

No cabe duda de que nuestro mundo necesita ser reconstruido para que aparezcan la tierra y los cielos nuevos, para del caos informe surja un cosmos bello. El mundo está demasiado agrietado y roto, la brecha entre ricos y pobres se agranda, los excluidos siguen permaneciendo al margen, la creación grita con dolores de parto por estar sometida al despilfarro y al desequilibrio. Y la comunidad humana está maltratada por la rivalidad, el egoísmo, por la tiranía del poder y la inapetencia por la gratuidad. Hemos de colaborar con el Creador a reconstruir el mundo.

Súbete a lo alto de un monte, tú que llevas la buena nueva a Sión y levanta con fuerza tu voz

Sí, hay que subir a una montaña alta y gritar: “¡Aquí está tu Dios¡”. Subir a lo alto de un monte no es ausentarse cobardemente del mundo o alejarse de los peregrinos que caminan a su aire buscando sus destinos; subir a lo alto de un monte es tratar de ver mejor, con mayor precisión y perspectiva; es encontrar la atalaya desde donde el mensaje puede ser mejor escuchado. “Gritar”, “alzar la voz, “gritar en el desierto” es el timbre de la voz profética, de la voz de adviento.

Preparar la Navidad para los desconsolados

Eso, solo lo saben hacer quienes creen en el nacimiento de la Palabra hecha carne, porque la navidad sin el nacimiento de Jesús sería una contradicción que agrandaría el desaliento de los desconsolados. Las calles de nuestras ciudades, ataviadas ya de luces de colores, de estrellas y de papás Noel con sus largas barbas bancas anuncian unas navidades sin que el Niño nazca. Además de desconsuelo pueden acabar tristemente en amarga frustración.

La única Navidad que consuela es la verdadera. Esa que los profetas señalan con la palma de sus manos, gritando “Aquí está tu Dios” y señalan el rostro del niño recién nacido en el portal de Belén. Pero, el “portal” ya no es hoy solamente María, José y el niño, el buey y la mula. Es el barrio pobre que aplaude a la luz nueva, el corazón que perdona a quien le hizo daño y heridas, la violencia que da paso a la paz, los alejados que se abrazan. Es Dios que a todos nos abraza en su Hijo. Nos quedan varias semanas para preparar la Navidad verdadera, la que en verdad consuela.

Fr. Luis Carlos Bernal Llorente O.P.