Homilía dic. 17 / 2017, III Domingo de Adviento

Homilía III Domingo de Adviento
“Luz es tu Palabra para mi camino”

 

Puebla, Pue., a domingo 17 de diciembre de 2017

 

ALEGRÍA EN EL SEÑOR
“Estén siempre alegres. Den gracias en toda ocasión” (cfr. Tes. 5, 16)

Un día le preguntaron a un profesor: ¿Quién eres tú? ¿Cuál es el sentido de la vida? El, sacando del bolsillo un trozo de espejo dijo a sus alumnos: “Cuando yo era pequeño me encontré un espejo roto y me quedé con este trozo y empecé a jugar con él. Era maravilloso, podía iluminar agujeros profundos y hendiduras oscuras. Podía reflejar la luz en esos lugares inaccesibles y esto se convirtió para mí en un juego fascinante. Cuando ya me hice hombre comprendí que no era un juego de infancia sino un símbolo de lo que yo podía hacer con mi vida. Comprendí que yo no soy la luz ni la fuente de la luz. Pero supe que la luz existe y ésta sólo brillará en la oscuridad si yo la reflejo.

Soy un trozo de espejo y aunque no poseo el espejo entero, con el trocito que tengo puedo reflejar luz en los corazones de los hombres y cambiar algunas cosas en sus vidas. Ese soy yo. Ese es el significado de mi vida”

Adviento es camino de preparación para la Navidad. Pero, ¿en qué consiste esa preparación en concreto? ¿Cómo preparar los caminos al Señor que viene a este mundo en que nos ha tocado vivir? ¿Cómo hacer llegar su luz a nuestro corazón, y reflejarla a cada uno de nuestros hermanos? Las lecturas de este tercer domingo nos pueden servir de ayuda para comprender como hacer esa preparación.

Ser consciente de que necesito que Cristo entre en mi vida.

La primera indicación nos la da el Evangelio. En él vemos como a Juan el Bautista también le hicieron una pregunta muy parecida. Cuándo en el desierto hablaba de la conversión, los que le fueron a oír le preguntaron sencillamente: ¿Tú quién eres? En aquel momento Juan se podía haber colocado en el centro de la historia. Podía haber respondido diciendo que él era el líder que tenían que seguir si querían encontrar la salvación. Pero Juan sabía perfectamente cuál era su misión: apuntar y señalar al que tenía que venir. Lo suyo no era colocarse en el centro sino anunciar y abrir el camino para que todos se pudiesen encontrar con el que tenía que venir. Juan invitaba a todos a levantar la vista, a limpiarse la mirada para poder distinguir en el horizonte el que venía trayendo la salvación. Si hay que convertirse, cambiar de vida, es precisamente para limpiar la mirada, para preparar el corazón ante el que tiene que venir. Una vida en justicia, en fraternidad, en compasión, nos ayudará a distinguir mejor al que viene, a acogerlo en nuestras vidas.

Si Cristo entra en mi vida hay alegría garantizada

La segunda indicación la encontramos en las dos primeras lecturas. Hay un tema que en ellas se repite: la alegría. Se nos pide que nos alegremos, que vivamos alegres y en paz. La alegría, pues, debe ser otra característica de nuestra espera, de nuestra preparación para la venida del Señor.

Una alegría para la que hemos sido creados. No vivir esta alegría es en cierto modo un gran fracaso de nuestra existencia. Pueden ser muy útiles las palabras del Papa Francisco en Evangelii Gaudium: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado”. (EG 2)

Justicia, fraternidad, compasión, alegría deben caracterizar al discípulo de Cristo. Se nos anuncia un alegre mensaje de esperanza. Dios nos promete salvación no condenación. Vida, no muerte. Por eso, ya desde ahora nos esforzamos por hacer desaparecer cualquier signo de injusticia y odio entre las personas. Nos comprometemos con la vida y por la vida, en contra de la muerte injusta (soledad, pobreza, desprecio...) que parece querer imperar en nuestro mundo. Pero siempre con el gozo de los que saben que están preparando los caminos del Señor de la Vida.

Sea alabado Jesucristo.

Pbro. José Ramón Reina de Martino