Homilía ene. 07 / 2018, La Epifania del Señor

Categoría de nivel principal o raíz: Prensa

Homilía del Domingo de la Epifanía del Señor. Ciclo B
Is 60, 1-6; Sal 71; Ef 3,2-3. 5-6; Mt 2, 1-12

 

Puebla, Pue., a domingo 07 de enero de 2017

 

“Vimos surgir su estrella y hemos venido a adorarlo”

Seguimos celebrando la alegría del nacimiento del Mesías en el mundo, que Dios nos mostrado su Amor y Misericordia, cumpliendo sus promesas, y ha entrado en la historia del mundo, y en nuestra historia personal, donde Cristo, se ha hecho semejante a nosotros, menos en el pecado, a lo largo de dos semanas hemos reflexionado y contemplado escenas significativas del nacimiento de Jesús. En este Domingo concluimos el tiempo hermoso de la Navidad, celebrando la Epifanía del Señor, palabra griega que significa “manifestación”, porque Jesús se ha manifestado como Salvador de toda la humanidad.

En esta hermosa solemnidad de la Epifanía del Señor contemplamos diversos símbolos: la luz de la estrella, los magos del Oriente, camellos y dromedarios, y regalos de mirra, incienso y oro.  Esta solemnidad relacionada también con una tradición muy arraigada en nuestras tierras, nos lleva a imaginarnos muchas escenas que hablan de la generosidad de Dios que se revela a todos hoy. Contemplamos ya desde el nacimiento del Hijo de Dios el pasado 25 de diciembre, la profunda manifestación de Dios al mundo. Y en esta solemnidad reconocemos que Dios no vino por un solo grupo de personas o un solo pueblo, sino que se ha manifestado al mundo, ya que El Emmanuel,  “El Dios con nosotros”, viene para todos a mostrarnos la ternura de Dios, como nos ha invitado a contemplar el Papa Francisco.

Y la novedad de Dios para con su pueblo, la vivimos en esta solemnidad que celebra la Iglesia. El pueblo elegido va a dejar de ser el depositario privilegiado del pacto con Dios. He aquí la gran novedad que a los cristianos nos ha de conmover y fascinar: toda la humanidad es el objetivo último del amor de Dios. Y tanto a sacerdotes como a todo fiel cristiano, se nos pide una actitud de acogida contemplativa del gran proyecto de Dios[1]. Que es mostrarnos su amor y misericordia, y donde resuenan la palabras del Evangelista San Juan: “Tanto amó Dios al mundo dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida entera” (Jn 3,16). Dios Padre ha inscrito en el corazón de todos los seres humanos el deseo de buscarle. Y Dios responde a ese anhelo que hay en cada uno de nosotros sus creaturas.  Y responde, mostrándonos cómo es El y cuál es el camino para llegar a Él, con Su Hijo Jesucristo, que se hace hombre, y nace y vive en nuestro mundo en un momento dado de nuestra historia[2].

Esta manifestación a los reyes magos, por medio de la estrella, representa esta esta apertura de la salvación de Dios a todo hombre. Ellos que no eran adivinos, sino “sabios”, como muchas personas de su tiempo, esperaban al Salvador del mundo, y representan a todos esos pueblos que se postran ante la grandeza del hijo de Dios, que se manifiesta en la debilidad.

Por ello contemplamos hoy también la figura de los Magos, porque ¿qué hicieron ellos?, no se dejaron ofuscar; sabían que, aunque no la vieran, a estrella estaba ahí; siguieron  delante, y con prudencia, supieron preguntar. ¡Entonces vieron surgir de nuevo la Estrella, que les guió a la ansiada meta; el encuentro con Jesús! Como ellos antes las dificultades o las crisis que nos vamos encontrando en la vida, no nos rindamos, sino busquemos ayuda en la Iglesia, a través de la Palabra de Dios, la Confesión, la Eucaristía y la oración, pidamos consejo a quien nos pueda orientar. Así entenderemos que no porque un día esté nublado ha dejado de existir el sol. Ya lo decía un autor de la patrística: “la estrella, que después de haber conducido a los magos a Jerusalén, se ocultó para hacerles entrar en la ciudad y preguntar acerca de Cristo, haciéndoles así heraldos de su nacimiento”[3].

Esta figura de los Reyes magos, a su vez, nos impulsa a comprometernos a acciones concretas. Cada uno de nosotros debemos ponernos, llenos de fe, ante ese niño Dios y ofrecerle lo mejor de nuestros sentimientos y de nuestros esfuerzos, para conocerle más y aceptarlo en nuestra vida. Necesitamos a partir de experiencia de vida y de fe comprometernos con el hermano especialmente el más necesitado, a participar en nuestra parroquia, a perseverar en la oración, etc. Dios nos llama, nos inspira para que le busquemos. Y nuestra respuesta no puede ser otra que la de los Reyes: buscarlo, seguir su camino, postrarnos y adorarlo, ofreciéndole nuestra entrega a él, nuestra oración y nuestros trabajos.

Pbro. Lic. Israel Pérez López
Seminario Palafoxiano

 

[1] Actualidad  Litúrgica 260, p.39

[2] Cfr. Juan Pablo II, En el umbral del Tercer Milenio.

[3] Lira Rugarcía, Eugenio, ¡Celebrar al Señor es nuestra fuerza!, Ciclo B, p. 57.