Homilía mar. 04 / 2018, III Domingo Cuaresma

Categoría de nivel principal o raíz: Prensa
posterior by: Pbro. Lic. Israel Pérez López

“Destruyan este templo y en tres días lo reconstriuré”
Ex 20, 1-17; Sal 18; 1 Cor 1, 22-25; Jn 2, 13-25
III Domingo de Cuaresma Ciclo B

 

Puebla, Pue., a 04 de marzo de 2018

 

Estimados hermanos, Dios nos sigue acompañando e impulsando en este itinerario cuaresmal, en el cual nos dirigimos a celebrar el centro de nuestra fe, el “Misterio Pascual”, en la próxima Semana Santa, la Pasión, Muerte y Resurrección. Las lecturas que la liturgia de la Iglesia nos propone para meditar, nos invitan a reconocer que Dios acompaña a su pueblo mostrándole su amor y a su vez un orden que le permita una buena relación con él y con su sociedad, y además Jesús invita a buscar un verdadero encuentro con su Padre.

La primera lectura del libro del Éxodo nos narra el hecho trascendente que Dios hace con su pueblo: su alianza, que se hace presente a través de los preceptos que promulgó el Señor para su pueblo: los Mandamientos de la Ley de Dios, que entregó a Moisés en el Monte Sinaí. Estos preceptos o mandamientos, no es una restricción o limitación de la libertad, sino signos de la presencia de Dios para con su pueblo, manifiestan como Israel se ha de relacionar con Dios: la insistencia está en el hecho de que Dios es un “Tú”, alguien que ha de ser honrado, tomado en serio y a quien hay que dar respuesta. La vida es un hecho interpersonal, y los mandamientos son la garantía que permite que esto sea una realidad1.

El salmo responsorial nos explica cómo estos mandatos nos ayudan para vivir nuestra relación con Dios y con los demás: “En los mandamientos del Señor hay rectitud y alegría para el corazón; son luz los preceptos del Señor para alumbrar el camino” (Sal 18), la Ley de Señor es una expresión de sabiduría que lleva a la felicidad, son como un mapa que nos lleva a descubrir un gran tesoro, el tesoro del Reino de los Cielos. Los Mandamientos no son restricciones, ni trabas. Son ayudas que nos ha dado Dios para el bien personal y también para el bien colectivo, pues son normas mínimas de relaciones humanas, para que podamos vivir en convivencia.

En este sentido el Evangelio nos presenta el primer domingo de la serie que escucharemos en los próximos, en el que anuncia su pasión, muerte y resurrección, que lo manifiesta al llegar al Templo, la casa de su Padre, y ver que se ha convertido en un mercado, y no lo que tiene que ser, casa de encuentro con Dios, expulsa a los mercaderes y cambistas, lo persuaden y le preguntan con qué poder actúa, responde con palabras que sólo serán comprendidas después de su resurrección de entre los muertos “destruyan este templo y en tres días lo reconstruiré”. Al ver esta situación, Jesús se enoja, porque el Templo es el lugar sagrado, donde uno podía renovar la Alianza y comprometerse a vivir en relación con el Dios. Pero el comercio y explotación de los peregrinos era una violación al sentido de esta Alianza.

Esto significa la afirmación de la lucha de Jesús contra todo lo que se interpone en el camino del amor de Dios. En lugar de entrar en relación con Dios, los mercaderes se interesan por el dinero. Jesús con esta fuerte acción quiere recordar el verdadero llamado a ser hijos de Dios, para que podamos entrar en su vida, Él es constructor del nuevo Templo, que es la Iglesia, Él la guía, la acompaña, Él es la cabeza y estamos llamados nosotros a construir también este templo espiritual, cómo hoy nos invita llevados por sus mandamientos, haciendo un mundo mejor, más humano.

La Cuaresma es el tiempo propicio en el que la Iglesia nos invita a renovar nuestra Alianza con Dios, una relación personal que Dios desea tener con cada uno de nosotros en la oración, en la meditación de su palabra, en los sacramentos principalmente en la reconciliación y la Eucaristía. Por tanto, en este tiempo es necesario, examinar nuestra vida y pensar cómo ha sido nuestra relación con Dios y con su cuerpo que es la Iglesia, si hemos seguido sus preceptos, que nos permiten acercarnos a él y construir su cuerpo. Dios nos pide que vivamos un amor profundo y sincero, que nos libere de los obstáculos que nos alejan de Él, para que podamos ayudar a los demás a hacerlo también, dando a todos la misma señal liberador de Jesús: el amor.

 

Pbro. Lic. Israel Pérez López
Seminario Palafoxiano