Homilía ene. 27 / 2019, III Domingo Ordinario

III Domingo Tiempo Ordinario, ciclo C

 

Puebla, Puebla, a domingo 27 de enero de 2019

 

Escuchar a quien amamos siempre será razón para alegrarnos profundamente, pues la tesitura de la voz nos envuelve, y el contenido de sus palabras satisfacen siempre el corazón. Y en ese intercambio de amor nos sentimos arrebatados a caminar en nuevos senderos si así se requiere, o a reavivar el ánimo si es que nos hemos encharcado en la rutina. En Nehemías nos situamos en la serie de ceremonias y fiestas litúrgicas que se celebran pasando el verano y las faenas del campo. Nos ocupa ahora el primer evento de ellos: la lectura pública de la Ley (después seguirán la fiesta de las Chozas, la liturgia penitencial y la alianza con Dios). El pueblo que ha escuchado las disposiciones de Dios se alegra, y tiene que hacer fiesta, pues la presencia del Señor en la historia, personal y comunitaria, no es cosa menor.

El cielo y el firmamento tienen un lenguaje propio, que resuena en la tierra. Aquellos hablan de orden como de algo ontológico, e invitan al hombre a la alabanza y a la obediencia como respuesta a su sentir religioso. El ser humano es liturgo de la creación, pero esta condición no es seguida. En ese momento interviene la palabra de Dios, vehículo de la revelación y de la voluntad divina, y se comporta de acuerdo con la ley, su vida será refulgente como la norma y más valiosa que el oro. Pero el hombre es incapaz de servir incondicionalmente a Dios; razón por la que pide auxilio, y que la ley le encamine a su liberación. Sólo el inocente e íntegro puede entonar la alabanza divina. Este salmo es indicado para confrontar la vida con la presencia de Dios en la creación y en la Ley.

La imagen del cuerpo de Cristo la emplea Pablo para enfrentarse a otro gran problema de la comunidad de Corinto: las rivalidades, celos y rencillas a causa de los diversos dones espirituales que los cristianos habían recibido y que ejercían al servicio de la comunidad y hacia fuera. Este problema resalta más bien el dinamismo de aquella comunidad: eran cristianos entusiastas, llenos del Espíritu, conscientes de su protagonismo y de los aportes con que cada uno podía contribuir. Por ello, a pesar de sus debilidades humanas y abusos, la comunidad de Corinto sigue siendo paradigmática en todos los tiempos. 

 

¿Qué pensaría el Apóstol de muchas comunidades cristianas de la actualidad, marcadas fuertemente por el desinterés y la pasividad de sus miembros?

Pablo enumera una lista de dones, que no es exhaustiva sino ilustrativa, sobre la variedad y pluralidad que caracterizaba a la comunidad viva y comprometida. ¿Cuál era el problema? Las personas que ejercían servicios más humildes o callados eran relegados por los líderes que poco a poco se convirtieron en dominantes. Y Pablo quiere frenar estos abusos de discriminación y arrogancia, fundamentando todos los dones, ministerios y actividades, que tienen como origen al mismo Señor, dejando atrás las falsas ideas de que éstos sean cualidades naturales o fruto meritorio de los propios esfuerzos, para ponerlos al servicio de todos, y no como privilegios personales.

Ahora situamos a Jesús en la sinagoga de Nazaret. Para Lucas, el Espíritu y la Palabra son la chispa que enciende el fuego de la misión de Jesús. Pero Lucas no se reduce a la importancia de la Palabra que da en Jesús concreción y realización de las promesas veterotestamentarias: también habrá rechazo.

Lucas nos presenta en Jesús al profeta que, en la pluma del tercer Isaías, anuncia que ha sido ungido y enviado por el Señor para portar la Buena Noticia a su pueblo, cuya misión comporta la consolación, la reconstrucción, y un cambio radical en la situación colectiva. Las palabras proclamadas por Jesús son muy familiares en el ámbito de la sinagoga, pues el pueblo elegido ha esperado por siglos esta intervención de Dios, y ahora es Jesús, quien ya fue presentado a la humanidad entera por medio de aquella estrella, quien ya fue proclamado por el Padre como el Hijo amado en quien reside toda complacencia, y quien ya se autorreveló como el Esposo que alegra a su esposa con el vino de la prosperidad, en quien han de descubrirse estas cualidades proféticas, en su itinerario a Jerusalén, con este nuevo lenguaje de compasión y misericordia.

Consolación. Reconstrucción. Cambio radical. Son conceptos o realidades urgentes en el tiempo presente. Jesús se ha proclamado como el Mesías que llevará a plenitud las promesas realizadas por Dios en la persona del profeta. Y hoy, todos los bautizados estamos llamados a ser profetas para consolar a una generación que vive apenas si recordando que su vida está en manos de Dios, y que anhela la certeza de que esta vida emerge de la Palabra viva y operante en su historia. Entre tantas circunstancias que desdicen la dignidad de nuestros pueblos, y de las personas en su individualidad, se requiere profetas que reconstruyan el mundo desde la perspectiva del Creador, quien todo lo hace hermoso y bien. Urgen cristianos que, trascendiendo la crítica y la observación minuciosa, pongan las manos a la obra, en el decurso de la historia que insta a todos a verla con esperanza desde la radicalidad de la generosa entrega de los cristianos.

Que María Santísima nos acompañe en esta ardua y hermosa labor.

Bendiciones.

P. Fernando Luna Vázquez