Homilía mar. 24 / 2019, III Domingo de Cuaresma

III Domingo de Cuaresma

 

Puebla. Pue., a domingo 24 de marzo de 2019

 

1. Siempre es bueno saber desde dónde partimos, y hacia dónde nos dirigimos en la vida. Esta es la experiencia de Moisés, el hombre que llegará a hablar cara a cara con Dios, quien ahora debe interpelar a Aquél que misteriosamente le ha llamado. El mismo Dios que se revela a Moisés, es el mismo Dios de los patriarcas, se trata de un Dios interesado en la situación del débil y marginado, sin perder su trascendencia, que más bien la evidencia en el fuego, y por lo tanto, el carácter sagrado que a éste le confiere.

El acercamiento del ser humano a Dios, significado en Moisés, no puede darse sino en la conciencia de su necesidad de despojo: debe quitarse las sandalias y cubrirse el rostro en señal de respeto y veneración. La vocación y misión de Moisés constituyen una sola realidad: el tiempo de la manifestación de Dios a su pueblo elegido, pues ha visto la opresión que le ha venido en Egipto, ha oído sus quejas contra los opresores y conoce sus sufrimientos, más aún, no está dispuesto a solamente contemplar, pues su decisión es la liberación, para llevarle a una tierra que mana leche y miel.

Esto es determinante, porque entre tantas deidades conocidas en la época, ninguna había mostrado verdadero amor e interés por un pueblo sin heredad, sin un rumbo, que es apenas un linaje de esclavos. La revelación de la identidad divina y de su compromiso total y eterno con el oprimido adquiere un nuevo sentido. Esta es la Buena Noticia: el dios o los dioses que justifican la opresión y las políticas del faraón nada tienen que ver con el Dios de la justicia y de la libertad: “Yo Soy” es el Dios que rescata, el Dios que se lo juega todo a favor de la vida y de la libertad del oprimido.

2. Con justa razón proclama el salmista la compasión y misericordia de aquel que mira con amor a su pueblo, y que en medio de sus debilidades – llámense pecados o incompetencias – perdona y cura, rescata y colma de amor y de ternura. El salmo 102 canta en primer lugar al gran amor de Dios y su perdón. Amor y perdón son atributos recíprocamente inseparables: el que ama, perdona; el que perdona, ama. Por eso la acción de gracias es una consecuencia natural del que se reconoce amado y perdonado, pues no tiene otra cosa qué ofrecer, ya que ha de reconocer también que su amor es limitado, lo que le hace siempre necesitado de la mirada misericordiosa de Dios.

3. Aquel designio misericordioso de Dios es también la motivación que Pablo fundamenta al escribir a los corintios, advirtiendo el peligro de la idolatría, haciendo hincapié en la necesidad de perseverar hasta el final, haciendo eco de varios episodios de la historia del pueblo israelita, especialmente remembrando a Moisés y el paso por el Mar Rojo. El llamado de Pablo es simple y llano hasta cierto punto: hay que eliminar toda presunción y autosuficiencia.

4. El pecado, los apetitos desenfrenados, la codicia, y la irreverencia a la vida, son actitudes que nos juzgan y condenan, y pueden producir un desenlace peor que si nos cayera encima una torre, o fuésemos asesinados sin razón alguna. El creyente ha de vivir en actitud permanente de producir frutos, eso ha querido indicarnos en la parábola de la higuera y el labrador. Dios nos ha dotado a cada uno con la capacidad de hacer el bien, de cultivar la justicia y de mantener relaciones sanas con los demás y con Dios mismo; pero como dueño y Señor de esas higueras que somos nosotros, puede exigirnos y pedirnos cuentas.

5. ¿Cómo entendemos hoy la presencia de Dios en los tantos cruces de caminos, sobre todo cuando parece que sentirnos abandonados es la mejor forma de no deberle nada a nadie? Cuando intentamos vivir para nosotros mismos, nos olvidamos en realidad de nosotros mismos: porque en el deseo de excluir a Dios y a los demás de nuestro horizonte, los más perjudicados terminamos siendo nosotros mismos, creados y llamados a vivir en el amor, lo cual implica una constante responsabilidad y la actitud siempre de una apertura total a vivir cambios, seguramente inesperados si nos aferramos a lo que parece ser definitivo y nuestro.

El Señor sigue bajando a liberar a su pueblo, y la Iglesia nos ofrece este día de salvación. Aprovechemos estos tiempos para convertirnos y dar frutos de buenas obras. Convertirse en cambiar de mentalidad, dejándose llevar por el Otro, hablar en su Nombre, continuar su Buena Noticia, dar la vida como Él. Está claro que el Dios revelado por Jesús no es vengativo, no es justiciero ni castigador, sino todo lo contrario: es un Dios que nos ama, nos comprende, nos disculpa, nos perdona. Hace caso al viñador que le ruega: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto”.

Por P. Fernando Luna Vázquez