Riesgo de Convertir Ciudadanos de Segunda, por Amenazas a la Libertad Religiosa

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MÉXICO, D.F., A 12 DE JULIO DE 2012.


Francisco José Contreras, catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, alertó que la libertad religiosa se ve amenazada en el mundo occidental  

En el mundo occidental ha surgido ya una amenaza a la libertad religiosa, a través de la cual se busca impedir la participación de las personas con creencias religiosas en los debates públicos e igualdad de condiciones con los demás, ya que cada vez que intentan defender su opinión sobre determinados temas, sean morales, jurídicos o políticos, se les acusa de intentar imponer sus creencias al resto de la sociedad.

“Con ese pretexto se les va convirtiendo en ciudadanos de segunda, ya que no disfrutan de los derechos al igual que el resto de los ciudadanos, lo cual no solo es preocupante, sino incompatible con los derechos humanos, tal y como se proclaman en la mayoría de los tratados internacionales”, alertó el doctor en derecho Francisco José Contreras.

El catedrático de la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, España, señaló que libertad religiosa es un derecho que tutela a todas las personas que profesan alguna religión, no solamente a los católicos. “La libertad religiosa –dijo-, beneficia a todas las religiones, no solamente a la Iglesia Católica, aunque ésta pueda ser mayoritaria en algunos países, como por ejemplo en México”.

Sobre la reforma al artículo 24 Constitucional en nuestro país, Contreras consideró que aun cuando se encuentra en proceso de aprobación por los Congresos estatales, se trata de un importante avance, si se toma en cuenta que el Estado mexicano precede de una antigua tradición laicista, a partir de la promulgación de las Leyes de Reforma y posteriormente en la época de la Revolución y el gobierno de Plutarco Elías Calles.

No obstante, opinó que el artículo 130 de la Carta Magna mantiene restricciones muy claras a la libertad religiosa y de expresión. “Recordemos que la libertad religiosa es en beneficio de todas las religiones y de la sociedad en su conjunto”.

Invitado por la Sociedad de Alumnos de la Facultad de Derecho de la Universidad Anáhuac a dictar una serie de conferencias magistrales, el especialista europeo se pronunció a favor de la laicidad positiva, es decir, una laicidad que siempre vele por la libertad de pensar, de creer y no creer, por una laicidad que considere a las religiones como un gran valor y no como un peligro.

Subrayó que los cristianos no deben temer al concepto de laicidad, “perfectamente entendido”, ni los llamados “laicistas” deben aborrecer tanto a los cristianos. De hecho, agregó, la laicidad es una de las grandes aportaciones del cristianismo a la cultura occidental.

En conferencia de prensa, Francisco José Contreras delineó la diferencia entre laicidad y laicismo: “el Estado laico es verdaderamente neutral entre las diversas concepciones del mundo y permite que creyentes y ateos compitan sin discriminación en la plaza pública; en el Estado laicista, en cambio, la neutralidad oficial encubre una situación de efectiva ‘confesionalidad inversa’, en donde da por buena la visión del mundo ateo y recela de la religión como una amenaza al sistema”.

Argumentó que la laicidad integrista viene a ser una especie de paternalismo que intenta proteger al ciudadano de toda influencia religiosa, y de instituciones como la Iglesia Católica, porque estima que tal influjo es irracional y corrosivo de la libertad.

Indicó, por tanto, que en el Estado laicista prevalecen dos modalidades: la que persigue descarnadamente la religión y la que trata a los creyentes como ciudadanos de segunda, al impedirles participar en el juego democrático en igualdad con los ateos. “Y esta segunda modalidad es la que puede estar avanzando en Occidente”.

El especialista en Derecho reiteró que los católicos enfrentan serías dificultades cada vez que intentan participar en el debate social, pues aunque utilicen argumentos rigurosamente laicos y aunque no invoquen en ningún momento a Dios, sus tesis serán tachadas sistemáticamente de “confesionales” y caerá sobre ellos el estigma de “intentar imponer sus creencias a los demás”.

Tras precisar que la libertad religiosa no se agota en la libertad de cultos, Contreras citó que el artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos incluye el derecho a predicar en público, y eso significa que todas las religiones tienen derecho a intentar influir en las costumbres y en la ética de la sociedad.

Por tanto, añadió, la libertad religiosa no se limita a la posibilidad de profesar ciertas creencias en la vida privada; incluye también el derecho a participar en la vida pública, a expresar opiniones morales y defender leyes y políticas que sean coherentes con tales creencias.

El catedrático español sostuvo que la creciente intolerancia hacia la libre expresión de opiniones morales coherentes con visión cristiana del mundo está relacionada con dos fenómenos: el primero de ellos es disonancia entre la ética cristiana y lo que podría llamarse “nueva cultura dominante”, es decir, la cultura de lo políticamente correcto, informada por los valores hedonistas y liberacionistas de 1968.

“El ‘sesentayochismo’ se ha convertido en la nueva ortodoxia, las nuevas tablas de la ley. La discrepancia respecto a sus dogmas es sancionada con el descrédito intelectual, y existe el peligro de que empiece a serlo también con sanciones legales”, afirmó.

Asimismo, detalló que la “cultura sesentayochista”, que ha llegado a convertirse en cultura oficial del Occidente postmoderno, considera innegociable, por ejemplo, la aceptabilidad moral de cualquier tipo de relaciones sexuales entre adultos.

“Este dogma de la libertad sexual ilimitada conduce inevitablemente a la aceptación del aborto: el aborto libre es una red de seguridad contraceptiva imprescindible en una sociedad permisiva, en la que las relaciones efímeras desembocan antes o después en embarazos indeseados. La aceptación del aborto, a su vez, implica la relativización de la sacralidad de la vida humana: una vez que algunos seres humanos –los fetos- han sido excluidos de la comunidad moral, se ha sacrificado el principio según el cual la mera pertenencia a la especie garantiza el derecho a la vida”.

Lo mismo sucede, abundó, en el debate sobre el aborto, donde a pesar de que la argumentación a favor del derecho a la vida no suele acudir a argumentos religiosos, ya que utiliza datos científicos que pueden ser entendidos por cualquiera, como la presencia de un código genético irrepetible en el cigoto, resulta absurdo que los no creyentes hagan depender la dignidad del feto de aspectos accidentales, como el tamaño o el grado de desarrollo, y no sobre el dato esencial, que es la pertenencia genética a la especie.

En este orden, expuso que el laicista presupone que la argumentación racional que el ciudadano religioso pueda desplegar a favor de algo no es sino un insincero envoltorio, una racionalización impostada del dogma que su Iglesia le impone.

“Defender la libertad religiosa implica, pues, no dejarse tratar como un ciudadano de segunda, sino reclamar el derecho a exponer sus opiniones morales y a intentar convencer de ellas a los demás, en pie de igualdad con los no creyentes. Habrá que recordar que todo el mundo tiene creencias, y que el hecho de que el ateo no suela ser consciente de ellas, pues habitualmente los ateos creen no creer nada, no le da derecho a imponerlas so pretexto de neutralidad”, concluyó.