Homilía en la Misa de recepción de las Reliquias del Beato Juan de Palafox y Mendoza

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Homilía de S.E. MONS. Christope Pierre,
Nuncio Apostólico en México
En la Misa de recepción de las Reliquias del
Beato Juan de Palafox y Mendoza

(Catedral de Puebla de los Ángeles, 24 de junio de 2011)

Eminentísimo Sr. Cardenal; Excelentísimos Señor Arzobispo de Puebla, Señores Arzobispos y Obispos; Muy distinguidas Autoridades; Estimados Representantes de España, y Miembros del Comité Interinstitucional “Palafox Obra y Legado”. Muy queridas hermanas y hermanos en Cristo Jesús.

En el contexto del Año Jubilar Palafoxiano, hoy, solemnidad de san Juan el Bautista, “precursor del Mesías”, nos hacemos partícipes de una celebración por demás significativa y llena de gracia del Señor: el retorno a Puebla, a través de sus Reliquias, del noveno Obispo de esta Iglesia Angelopolitana: el Beato Juan de Palafox.

La Puebla de los Ángeles que con sentida nostalgia lo vio partir luego de nueve fecundos años de ministerio episcopal, ahora le recibe llena do gozo porque ha sido proclamado Bienaventurado y porque, hoy, una parte de sus restos mortales reposarán en esta iglesia Catedral que, como testimonio de amor a Dios y a Puebla de los Ángeles, nuestro Beato consagró en 1649.

Juan de Palafox y Mendoza, “heraldo infatigable del Evangelio, pastor servicial del rebaño encomendado, valiente defensor de la Iglesia[1] –como ha señalado el Papa Benedicto XVI– es, en palabras del Cardenal Amato, “uno de los personajes más singulares de la historia de la santidad”[2].

Nacido al mundo un día como hoy, en el Año Jubilar de 1600, en Fitero, Reino de Navarra, España, Palafox, a pesar de haber vivido en circunstancias adversas, luego de una etapa de inmadurez y posible confusión, unido a Dios y con el auxilio de su gracia supo ser hijo ejemplar, hermano amoroso, estudiante responsable, administrador eficaz, honesto servidor público, Buen Pastor, gobernante justo, promotor y defensor de los indígenas y de los más necesitados, impulsor de la economía, mecenas del arte y de la cultura, pensador y escritor prolífico.

Personaje brillante y poliédrico[3], Palafox debió cargar sobre sus hombros variadas y graves responsabilidades. “Goberné un tiempo, -escribió-, la Nueva España entera, en lo espiritual y temporal Virrey, Arzobispo electo, Obispo de la Puebla, Visitador General y Juez de Residencia de tres señores virreyes, y todo andaba derecho, quieto y callado(…), cada uno acudía a lo que le tocaba, y en todos los estados se obraba con ajustamiento, sin castigo alguno considerable, sólo con estar asentado en el puesto, porque sabían ellos que amaba lo bueno y aborrecía lo malo[4].

¿Cómo pudo hacerlo? ¿Cómo soportó el peso de tantas responsabilidades? ¿Cómo pudo conservar la humildad, la fortaleza, la sensatez y perseverar en hacer el bien?

Si Palafox pudo llevar a cabo tareas pastorales y seculares que parecían superiores a las fuerzas humanas, -ha escrito Mons. Víctor Sánchez Espinosa, en su carta Pastoral: “Con júbilo”-, ciertamente se debió a la acción de Dios en su vida”.

Y, en efecto, esa es la “clave” del éxito de este gran Beato: ¡su decidida colaboración con la gracia de Dios! Porque es Dios quien hace al ser humano capaz de grandes hazañas. Ese fue el caso de Palafox y también de su santo patrono Juan el Bautista, en quien, desde antes de nacer, -como dice el Evangelio-, “realmente la mano de Dios estaba con él”.

Efectivamente ¡Todo es gracia de Dios!; y gracia que, al igual que a Juan el Bautista y a Palafox, también a nosotros posibilita la existencia y el obrar. “El Señor me llamó desde el vientre de mi madre… en realidad mi causa estaba en manos del Señor[5], reconoce con humildad el profeta Isaías en la primera lectura, y Palafox hace otro tanto en su hermosa obra “La Vida Interior”, donde, con gratitud y convicción proclama: “Tú, vida de mi vida, me librabas de la muerte[6], confesando, al mismo tiempo, que tras una vida desperdiciada en superficialidades, egoísmos, vicios y diversiones que sólo dejaban inquietud, la gracia divina le iluminó con tal claridad que le permitió ir comprendiendo el daño que estaba haciéndose a sí mismo y a los demás, y que Dios le llamaba a reformar su vida.

Así, confiando en la misericordia divina, comenzó a avanzar por el camino de la sabiduría, reconociendo cuán “¡tarde te conocí!... ¡Qué tarde mi amor te halló, divino… y dulcísimo amador!... Más vale tarde que nunca[7].

Más vale tarde que nunca…” Qué bien suenan estas palabras, y cuánta luz nos proporcionan también a nosotros que, tal vez, vivimos aún desorientados, buscando la felicidad y el desarrollo por caminos equivocados, pero animados hoy a tomar el camino correcto, escuchando el sabio consejo de Palafox: “Por el camino interior hallaréis aquella Verdad[8].

¡Cuánto ganaríamos si hicieramos nuestro el modelo que con su vida nos ofrece Palafox! Si frente a los enormes retos que se nos presentan en el ámbito personal, familiar y social, como ciudadanos, como pastores o como gobernantes, emprendieramos el camino “interior” que conduce a la sabiduría, desde la conciencia de que, para hacerlo, no estamos solos: Dios está con nosotros. Ese Dios al que podemos confesar con el salmista: “Tú me conoces, Señor, profundamente… Tú formaste mis entrañas… soy un prodigio y tus obras son prodigiosas[9].

Porque, en efecto, queridos amigos, teniendo a Dios por guía es como nos resulta verdaderamente posible comprender lo que somos y lo que estamos llamados a ser. Así, descubriendo nuestra grandeza y la de los demás, nos será efectivamente posible vivir conforme a nuestra dignidad, valorando, respetando, promoviendo y defendiendo la vida y los derechos de toda persona a semejanza de Palafox, quien supo vivir como hijo de Dios, viendo en el otro no un objeto de placer, de producción o de consumo, sino a un semejante al que hay que amar, valorar, respetar, promover y defender.

Es precisamente desde ahí, desde el encuentro con Dios que ilumina y llena la vida, que es posible comprender más cabalmente la amplia e incansable labor que Palafox llevó a cabo a favor de todos, especialmente de los más pobres e indefensos. Como ha confirmado nuestro actual Santo Padre: “el desarrollo humano integral es vocación que comporta que se asuman libre y solidariamente responsabilidades por parte de todos. Exige una visión trascendente de la persona y necesita a Dios, quien permite ver en el prójimo la imagen divina, llegando así a descubrir verdaderamente al otro y madurar un amor que es ocuparse y preocuparse por él[10].

Esta fue la clave de toda la obra palafoxiana: el amor a Dios Amor que mueve a amar efectiva y eficazmente al prójimo de manera creativa, concreta y activa, y que lleva a empeñarse en su bien integral, sin hacer excepciones, lo que conduce al verdadero desarrollo de todos.

También por ello podemos afirmar que Palafox fue un hombre sabio, que comprendió que sin la sabiduría que proviene del amor, -que es Dios mismo-, no sería posible transformarse a sí mismo ni contribuir eficazmente a la necesaria reforma que su tiempo requería. Así, dejándose guiar por los preceptos divinos, -que se resumen en el doble mandamiento del amor-, Palafox pudo dar sentido y plenitud a su vida, eligiendo lo realmente importante para su propio bien y el de los demás, perseverando en medio de las dificultades desde la conciencia de que, como afirma San Pablo, “todo contribuye para bien de los que aman a Dios[11].

En sus numerosas encomiendas, particularmente como pastor y gobernante, Palafox debió hacer frente a incontables incomprensiones, deslealtades, trabas a su labor, humillaciones, calumnias, injusticias, violencia, abandono, y hasta el tener que dejar inconclusa su obra en México, cuando se le ordenó dejar su amada Diócesis de Puebla y volver a España.

Sin embargo, supo siempre mirar los desafíos con sabiduría y desde su propia identidad, perseverando en el bien y la justicia, comprendiendo así que todo, absolutamente todo, vivido en el dinamismo de la fe, de la esperanza y del amor, ayudaba a identificarse más y más con el Señor, y a reproducir en sí la imagen del Hijo de Dios; de Aquel que, como dirá el Concilio Vaticano II, “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre”, descubriéndole el sentido de su vida y la “sublimidad de su vocación[12].

Así fue para Palafox, quien, unido al Dios revelado en Cristo, descubrió cabalmente que en Él todo tiene sentido, que sólo el amor construye y que, en consecuencia, jamás hay que dar espacio en el corazón al odio o al rencor que sólo generan amargura y crean aquella espiral de violencia que acaba por destruirlo todo. Que, por tanto, la vía es siempre y ante todo el perdón.

¡Qué gran lección  nos da Palafox! La de jamás perder la propia identidad, la de ser coherentes discípulos y misioneros de Jesús, aún y sobre todo, ante los retos más dolorosos y difíciles.

Coherencia, pues, plena y total, con la Persona en la cual creemos y a la cuál creemos: Jesucristo, el Señor. Coherencia y, entonces, como propone Palafox, meditación y acogida existencial de la Palabra de Dios, recepción perseverante de la gracia que se nos ofrece en los sacramentos, oración, y penitencia; devoción a la Virgen Santísima y a los santos; amor y fidelidad a la Iglesia; obediencia a los consejos del confesor y buenas lecturas[13].

Así, como discípulos de Jesús seremos capaces de ser verdaderos misioneros suyos. Sólo así, al igual que Palafox, – escribe Mons. Sánchez Espinosa-, seremos capaces de hacer “que en nuestras conversaciones, trabajos y trato con todos actuemos siempre como misioneros de Jesús, superando la timidez de confesarnos cristianos en un ambiente frecuentemente contrario a las enseñanzas y valores del Evangelio”, y, como enseña el Santo Padre, seremos capaces “de asumir con realismo, confianza y esperanza las nuevas responsabilidades que nos reclama un mundo que necesita una profunda renovación cultural y el redescubrimiento de valores de fondo sobre los cuales construir un futuro mejor[14].

Los invito, pues, queridos hermanos y amigos, a abrazar esa actitud de confiado empeño a favor de la construcción de una sociedad en la que se valore, respete, promueva y defienda la vida, la dignidad y los derechos de toda persona; en la que se eduque para el amor y la responsabilidad del matrimonio; en la que cada uno observe los propios derechos y cumpla los propios deberes. Una sociedad en la que brille una adecuada y solidaria participación y se cuide el medio ambiente. Pero, sobre todo, una sociedad en la que la  persona humana sea verdaderamente el centro de la vida política, económica, empresarial, laboral, social y cultural; una sociedad que sepa orientar a los niños y jóvenes, y en la que se ofrezcan válidas oportunidades de desarrollo a los indígenas, a los migrantes, a los ancianos, a los discapacitados, a los enfermos, a los pobres y necesitados: a todos y cada uno.

Al ofrecer al Padre el Sacrificio Eucarístico, pidámosle que por mediación de Santa María y por intercesión de Juan de Palafox y Mendoza conceda, a nosotros y a todos y cada uno las gracias y dones que necesitamos para que, siguiendo el ejemplo de nuestro Beato, seamos decididamente audaces y valientes discípulos y misioneros de Cristo, conscientes de que nuestra esperanza es tan grande, que vale la pena el esfuerzo del camino. Amén.



[1] Carta Apostólica para la beatificación del Venerable Siervo de Dios Juan de Palafox y Mendoza, 26 de mayo de 2011.

[2] Homilía, n. 2.

[3] Ídem.

[4] Cargos y satisfacciones, n. 12.

[5] Cfr. Is 49, 1-6.

[6] Ibíd., Cap. IV, n. 5.

[7] Ibíd., Cap. XI, nn. 19 y 20.

[8] Breve exhortación a la vida espiritual, n. 1.

[9] Sal 138.

[10] Caritas in veritate, n. 10.

[11] Cfr. Rm 8,28-30.

[12] Gaudium et spes, n. 22.

[13] Carta Pastoral VII, fol. 409; Vida interior, Caps. XIII, XIV, XV, XVI y XVII.

[14] Ibíd., n. 21.