Arquidiócesis de Puebla

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Homilía nov. 20 / 2011

EscudoVictorHOMILÍA DE S. E. MONS. VÍCTOR SÁNCHEZ ESPINOSA,
ARZOBISPO DE PUEBLA,
PRONUNCIADA EN LA MISA DOMINICAL EN CATEDRAL
, EL 20 DE NOVIEMBRE DE 2011

 

Queridos hermanos,  en esta fiesta de Cristo Rey celebramos el día del laico, por eso el CODAL hoy está presente en nuestra celebración.

El CODAL es el Consejo Diocesano del Apostolado de los Laicos, quienes representan a los distintos movimientos y pastorales de nuestra Arquidiócesis. Hoy está con nosotros el P. Javier Prado, Vicario Episcopal de Laicos, también están presentes las religiosas, los sacerdotes y ustedes, mis queridos laicos, todos son parte de mi Consejo Diocesano de Pastoral, pero desde mi llegada he querido que los laicos sean verdaderos agentes de pastoral y que sean verdaderos protagonistas de la evangelización, por eso les agradezco su presencia.

En esta santa Misa dominical, también está con nosotros un grupo de hermanos que participa en un congreso nacional sobre el método Billings, entre ellos el Padre Alcalá, quien forma parte del grupo de congresistas.

También están con nosotros, como cada tercer domingo de mes, nuestros hermanos sordos. Bienvenidos todos a nuestra Eucaristía.

 Luego de celebrar, a lo largo de todo el año, los misterios de Jesús y de María a los apóstoles, a los mártires, a los pastores, a los confesores y a los santos y santas. En este domingo, que es el último del año litúrgico, la Iglesia proclama a Cristo como Rey. Cristo es Rey de la creación, del universo, de nuestra patria, de nuestras familias y de nuestro corazón, por eso hemos cantado en el canto de entrada “¡Que viva mi Cristo! ¡Qué viva mi Rey!”.

Por eso la primera Lectura[1] nos describe  las actitudes de Dios:  Esto dice el Señor: «Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas. Así como el pastor vela por su rebaño cuando las ovejas se encuentran dispersas, así velaré yo por mis ovejas e iré por ellas a todos los lugares por donde se dispersaron un día de niebla y oscuridad. Es decir que las actitudes de Dios son el cuidar, velar, alimentar, curar, robustecer a las ovejas de su rebaño. Él cuida y juzga a cada una de las ovejas.  <<Yo mismo apacentaré a mis ovejas, yo mismo las haré reposar, dice el Señor Dios. Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré. Yo las apacentaré con justicia. Esta es la reflexión que nos hace el profeta.

En la Segunda Lectura el Apóstol San Pablo[2] nos presenta la centralidad del misterio de Cristo y lo hace en una majestuosa visión cósmica; por Cristo fueron hechas todas las cosas y Él devolverá esta humanidad redimida al Padre. Por el Cristo pascual muerto y resucitado es por quien nos viene a todos la vida nueva, él se sentará en su trono de gloria, Cristo entregará el reino a su padre para que Dios vea todo en todas las cosas. Decía que a lo largo del año litúrgico celebramos los distintos misterios, por es muy justo que el último domingo del año lo proclamemos como Rey. Cada año celebramos a este mismo Jesús resucitado y glorioso, vivo, presente y guiando con su Espíritu Santo a su Iglesia. Pero su reinado no es de este mundo, cuando se habla de un rey ordinariamente se piensa en un Señor finamente vestido, portando una corona, un cetro, un hombre rodeado de ejércitos, de escoltas a quien todos hacen reverencia, alguien que desde su trono da órdenes a sus súbditos pero la realidad de Cristo Rey es distinta.

Y así lo proclama la liturgia de este domingo, su reinado es de justicia y de verdad, de santidad y de gracia, de paz y de amor. Jesús no nació en un palacio sino en un portal, no fue recostado en una cuna sino en un pesebre, la entrada de Jesús a Jerusalén no fue propiamente coo la de un rey a caballo acompañado de escoltas y trompetas. Jesús entró en un burrito acompañado de gente sencilla que lo aclama y que grita “Hosana al hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor”, Jesús es un rey que anuncia un reino nuevo, una nueva forma de vivir, por eso es perseguido, incomprendido, cuestionado; por eso le preguntan  “¿Con qué autoridad haces estas cosas?”,  “¿Quién te ha dado esa autoridad? Jesús es objeto de burlas, y de maltratos por parte de los sumos sacerdotes y de los políticos de su tiempo, un rey que se despoja de sus vestidos y que lava los pies a sus discípulos, que tiene una tarea distinta, que predica un reino distinto a los reinos de este mundo,  es un rey apresado y contado con los malhechores, un rey coronado de espinas y que muere en la cruz, pero precisamente allí está la grandeza de su reinado.

El evangelio[3] de hoy nos habla de un rey que se sentará en su trono de gloria y congregará a todas las  naciones de la tierra, pero llama la atención que ese rey Jesucristo ha dejado ese trono para ocupar el lugar del hambriento, del sediento, del extranjero, del desnudo, del enfermo y si nos animamos a preguntamos, como los magos de oriente cuando llegaron a Jerusalén  ¿Dónde está el rey de los judíos, porque venimos a adorarlo, que no nos sorprenda si este rey está en las afueras de la ciudad o que ese rey está en nuestros hermanos los más pobres, los hambrientos, los enfermos y que este rey nos puede responder “Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”. Este es el reinado de Jesucristo, que hoy proclama la Iglesia, por eso yo los invito, queridos hermanos a que pidamos al Señor que venga a reinar en nuestros corazones y en nuestros hogares y así, celebrando esta fiesta, habremos concluido nuestro año litúrgico cristiano, y el próximo domingo iniciaremos uno nuevo, el del adviento, el camino para llegar al día tan hermoso de de la navidad. Que el Señor nos conceda abrir nuestros hogares y corazones para que el Rey del universo reine en nuestros corazones.


[1] Primera Lectura: Ezequiel 34, 11-12.15-17

[2] Segunda Lectura: I Corintios 15, 20-26a.28

[3] Evangelio: Mateo 25, 31-46

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