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EVANGELII GAUDIUM, primera Exhortación Apostólica

    CAPÍTULO SEGUNDO
    EN LA CRISIS
    DEL COMPROMISO COMUNITARIO

    “La humanidad vive en este momento un giro histórico… Son de alabar los avances que contribuyen al bienestar de la gente… Sin embargo, la mayoría de los hombres y mujeres de nuestro tiempo vive precariamente. El miedo y la desesperación, incluso en los llamados países ricos. La falta de respeto y la violencia crecen, la inequidad es cada vez más patente” (nn. 51-52).

    “Hoy tenemos que decir « no a una economía de la exclusión y la inequidad ». Se considera al ser humano como un bien de consumo. Hemos dado inicio a la cultura del « descarte ». Con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive” (n. 53).

    “Una de las causas de esta situación se encuentra en la relación que hemos establecido con el dinero… La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! (nn. 54-55).

    “Tras esta actitud se esconde el rechazo de la ética y el rechazo de Dios” (n. 57). “Una reforma financiera que no ignore la ética requeriría un cambio de actitud enérgico por parte de los dirigentes políticos ¡El dinero debe servir y no gobernar! Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética a favor del ser humano” (n. 58).

    “Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia… no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor” (n. 59).

    “Una cultura en la cual cada uno quiere ser el portador de una propia verdad subjetiva, vuelve difícil que los ciudadanos deseen integrar un proyecto común más allá de los beneficios y deseos personales” (n. 61). “En la cultura predominante, el primer lugar está ocupado por lo exterior, lo inmediato, lo visible, lo rápido, lo superficial, lo provisorio. Lo real cede el lugar a la apariencia. En muchos países, la globalización ha significado un acelerado deterioro de las raíces culturales con la invasión de tendencias pertenecientes a otras culturas, económicamente desarrolladas pero éticamente debilitadas (n. 62)

    “La fe católica de muchos pueblos se enfrenta hoy con el desafío de la proliferación de nuevos movimientos religiosos (que)… vienen a llenar, dentro del individualismo imperante, un vacío dejado por el racionalismo secularista. Además… si parte de nuestro pueblo bautizado no experimenta su pertenencia a la Iglesia, se debe también a la existencia de unas estructuras y a un clima poco acogedores en algunas de nuestras parroquias y comunidades, o a una actitud burocrática… En muchas partes hay un predominio de lo administrativo sobre lo pastoral, así como una sacramentalización sin otras formas de evangelización” (n. 63).

    “El proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y de lo íntimo. Además, al negar toda trascendencia, ha producido una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo, que ocasionan una desorientación generalizada …Por consiguiente, se vuelve necesaria una educación que enseñe a pensar críticamente y que ofrezca un camino de maduración en valores” (n. 64).

    “A pesar de toda la corriente secularista que invade las sociedades, en muchos países  la Iglesia católica es una institución creíble ante la opinión pública, en lo que respecta al ámbito de la solidaridad y de la preocupación por los más carenciados”. Ha servido de mediadora en la solución de conflictos, en la defensa de la vida, los derechos humanos y ciudadanos, etc. ¡Y cuánto aportan las escuelas y universidades católicas en todo el mundo!” (n. 65).

    “La familia, célula básica de la sociedad, atraviesa una crisis cultural profunda, como todas las comunidades y vínculos sociales” (n. 66). “El individualismo posmoderno y globalizado favorece un estilo de vida que debilita el desarrollo y la estabilidad de los vínculos entre las personas… Por otra parte… se manifiesta una sed de participación de numerosos ciudadanos que quieren ser constructores del desarrollo social y cultural”. (n. 67)

    “Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio…  En el caso de las culturas populares de pueblos católicos, podemos reconocer algunas debilidades que todavía deben ser sanadas por el Evangelio: machismo, alcoholismo, violencia doméstica, escasa participación en la Eucaristía, creencias fatalistas o supersticiosas que hacen recurrir a la brujería, etc. Pero es precisamente la piedad popular el mejor punto de partida para sanarlas y liberarlas” (n. 69).

    “Necesitamos reconocer la ciudad desde una mirada contemplativa, una mirada de fe que descubra al Dios que habita en sus hogares, en sus calles, (que) acompaña las búsquedas sinceras que personas y grupos realizan para encontrar apoyo y sentido a sus vidas. Él vive entre los ciudadanos promoviendo la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia” (n. 71). “Es necesario llegar allí donde se gestan los nuevos relatos y paradigmas… No hay que olvidar que la ciudad es un ámbito multicultural… La Iglesia está llamada a ser servidora de un difícil diálogo” (n. 74).

    “En las ciudades fácilmente se desarrollan el tráfico de drogas y de personas, el abuso y la explotación de menores, el abandono de ancianos y enfermos, varias formas de corrupción y de crimen… Las casas y los barrios se construyen más para aislar y proteger que para conectar e integrar. La proclamación del Evangelio será una base para restaurar la dignidad de la vida humana en esos contextos… un programa y un estilo uniforme e inflexible de evangelización no son aptos para esta realidad” (n. 75).

    “El aporte de la Iglesia en el mundo actual es enorme. Nuestro dolor y nuestra vergüenza por los pecados de algunos miembros de la Iglesia, y por los propios, no deben hacer olvidar cuántos cristianos dan la vida por amor: ayudan a tanta gente” (n. 76).

    “Como hijos de esta época, todos nos vemos afectados de algún modo por la cultura globalizada actual que, sin dejar de mostrarnos valores y nuevas posibilidades, también puede limitarnos, condicionarnos e incluso enfermarnos… necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales” (n. 77). 

    “Hoy se puede advertir en muchos agentes pastorales, incluso en personas consagradas, una preocupación exacerbada por los espacios personales de autonomía y de distensión, que lleva a vivir las tareas como un mero apéndice de la vida… la vida espiritual se confunde con algunos momentos religiosos que brindan cierto alivio pero que no alimentan el encuentro con los demás, el compromiso en el mundo, la pasión evangelizadora. Son tres males que se alimentan entre sí” (n. 78).

    “La cultura mediática y algunos ambientes intelectuales a veces transmiten una marcada desconfianza hacia el mensaje de la Iglesia y un cierto desencanto. Como consecuencia, muchos agentes pastorales desarrollan una especie de complejo de inferioridad que les lleva a relativizar u ocultar su identidad cristiana… Terminan ahogando su alegría misionera” (n. 79) ¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero!” (n. 80)

    “Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre. Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo… Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: « Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad » (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria” (n. 85). “¡No nos dejemos robar la esperanza!” (n. 86)

    “Hoy, que las redes y los instrumentos de la comunicación humana han alcanzado desarrollos inauditos, sentimos el desafío… de apoyarnos… De este modo, las mayores posibilidades de comunicación se traducirán en más posibilidades de encuentro y de solidaridad entre todos” (n. 87). “El ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza… las actitudes defensivas … el Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el… otro… El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (n. 88).

    “Un desafío importante es mostrar que la solución nunca consistirá en escapar de una relación personal y comprometida con Dios que al mismo tiempo nos comprometa con los otros” (n. 91). “La mundanidad espiritual… es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal (n. 93). “Esta mundanidad puede alimentarse especialmente en el gnosticismo, el subjetivismo o  el neopelagianismo autorreferencial y prometeico de quienes en el fondo sólo confían en sus propias fuerzas y se sienten superiores a otros por cumplir determinadas normas” (n. 94).

    “En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo de Dios y en las necesidades concretas de la historia… En otros, la mundanidad espiritual se esconde detrás de una fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas… en un embeleso por las dinámicas de autoayuda… en una densa vida social… en un funcionalismo empresarial…” (n. 95). “¡Cuántas veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y bien dibujados, propios de generales derrotados!” (n. 96).

    “Dentro del Pueblo de Dios y en las distintas comunidades, ¡cuántas guerras!… Algunos dejan de vivir una pertenencia cordial a la Iglesia por alimentar un espíritu de « internas »… A los cristianos de todas las comunidades del mundo, quiero pediros especialmente un testimonio de comunión fraterna que se vuelva atractivo y resplandeciente… ¡Atención a la tentación de la envidia! ¡Estamos en la misma barca y vamos hacia el mismo puerto!” (nn. 98-99). ¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!” (n. 101).

    “Los laicos son simplemente la inmensa mayoría del Pueblo de Dios. A su servicio está la minoría de los ministros ordenados… En algunos casos… no se formaron para asumir responsabilidades importantes, en otros por no encontrar espacio en sus Iglesias particulares para poder expresarse y actuar, a raíz de un excesivo clericalismo… Si bien se percibe una mayor participación de muchos en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales…La formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante” (n. 102).

    “La Iglesia reconoce el indispensable aporte de la mujer en la sociedad… todavía es necesario ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia… en el ámbito laboral  y en los diversos lugares donde se toman las decisiones importantes, tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales” (n. 103). “El sacerdocio reservado a los varones… no se pone en discusión” (n. 104).

    “Aunque no siempre es fácil abordar a los jóvenes, se creció en dos aspectos: la conciencia de que toda la comunidad los evangeliza y educa, y la urgencia de que ellos tengan un protagonismo mayor… son muchos los jóvenes que se solidarizan ante los males del mundo … ¡Qué bueno es que los jóvenes sean «callejeros de la fe», felices de llevar a Jesucristo a cada esquina, a cada plaza!” (n. 106).

    “En muchos lugares escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada…  Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas… a pesar de la escasez vocacional, hoy se tiene más clara conciencia de la necesidad de una mejor selección de los candidatos al sacerdocio” (n. 107).

    “Es conveniente escuchar a los jóvenes y a los ancianos. Ambos son la esperanza de los pueblos” (n. 108). “Los desafíos están para superarlos. Seamos realistas, pero sin perder la alegría, la audacia y la entrega esperanzada. ¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!” (n. 109).

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