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EVANGELII GAUDIUM, primera Exhortación Apostólica

    CAPÍTULO CUARTO
    LA DIMENSIÓN SOCIAL
    DE LA EVANGELIZACIÓN

    “La tarea evangelizadora implica y exige una promoción integral de cada ser humano” (n. 182). “Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional… Una auténtica fe siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo… Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita… La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor” (nn. 183-184). “Cada cristiano y cada comunidad están llamados a ser instrumentos de Dios para la liberación y promoción de los pobres, de manera que puedan integrarse plenamente en la sociedad” (n. 187).

    “Puesto que esta Exhortación se dirige a los miembros de la Iglesia católica quiero expresar con dolor que la peor discriminación que sufren los pobres es la falta de atención espiritual… La opción preferencial por los pobres debe traducirse principalmente en una atención religiosa privilegiada y prioritaria… nadie puede sentirse exceptuado de la preocupación por los pobres y por la justicia social… Mientras no se resuelvan radicalmente los problemas de los pobres, renunciando a la autonomía absoluta de los mercados y de la especulación financiera y atacando las causas estructurales de la inequidad, no se resolverán los problemas del mundo y en definitiva ningún problema. La inequidad es raíz de los males sociales (nn. 200-202).

    “La dignidad de cada persona humana y el bien común son cuestiones que deberían estructurar toda política económica” (n. 203). “El crecimiento en equidad exige algo más que el crecimiento económico, aunque lo supone, requiere decisiones, programas, mecanismos y procesos específicamente orientados a una mejor distribución del ingreso, a una creación de fuentes de trabajo, a una promoción integral de los pobres que supere el mero asistencialismo (n. 204).

    “¡Pido a Dios que crezca el número de políticos capaces de entrar en un auténtico diálogo que se oriente eficazmente a sanar las raíces profundas y no la apariencia de los males de nuestro mundo! La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común… ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres! Es imperioso que los gobernantes y los poderes financieros procuren que haya trabajo digno, educación y cuidado de la salud para todos los ciudadanos. ¿Y por qué no acudir a Dios para que inspire sus planes?… a partir de una apertura a la trascendencia podría formarse una nueva mentalidad política y económica que ayudaría a superar la dicotomía entre la economía y el bien común social” (n. 205).

    “Jesús, el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona, se identifica especialmente con los más pequeños (cf. Mt 25,40). Esto nos recuerda que todos los cristianos estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra: los sin techo, los toxicodependientes, los refugiados, los pueblos indígenas, los ancianos cada vez más solos y abandonados, los migrantes” (nn. 209-210), quienes son objeto de las diversas formas de trata de personas. “No nos hagamos los distraídos. Hay mucho de complicidad. En nuestras ciudades está instalado este crimen mafioso y aberrante, y muchos tienen las manos preñadas de sangre debido a la complicidad cómoda y muda” (n. 211).

    “Doblemente pobres son las mujeres que sufren situaciones de exclusión, maltrato y violencia, porque frecuentemente se encuentran con menores posibilidades de defender sus derechos. Sin embargo, también entre ellas encontramos constantemente los más admirables gestos de heroísmo cotidiano” (n. 212).

    “Entre esos débiles, que la Iglesia quiere cuidar con predilección, están también los niños por nacer, a quienes se les quiere negar su dignidad humana quitándoles la vida y promoviendo legislaciones para que nadie pueda impedirlo… La sola razón es suficiente para reconocer el valor inviolable de cualquier vida humana… No es progresista pretender resolver los problemas eliminando una vida humana” (n. 213).

    “Hay otros seres frágiles e indefensos, que muchas veces quedan a merced de los intereses económicos o de un uso indiscriminado. Me refiero al conjunto de la creación. Los seres humanos no somos meros beneficiarios, sino custodios de las demás criaturas (n. 215).

    Cuatro principios para avanzar en la construcción de un pueblo: el tiempo es superior al espacio. Este principio permite trabajar a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos… Se trata de privilegiar las acciones que generan dinamismos nuevos en la sociedad e involucran a otras personas y grupos que las desarrollarán, hasta que fructifiquen en importantes acontecimientos históricos. Nada de ansiedad, pero sí convicciones claras y tenacidad (nn. 222-223).

    El conflicto no puede ser ignorado o disimulado. Ha de ser asumido. Pero si quedamos atrapados en él, perdemos perspectivas, los horizontes se limitan y la realidad misma queda fragmentada… la manera más adecuada de situarse ante el conflicto es aceptarlo, resolverlo y transformarlo en el eslabón de un nuevo proceso. 228. De este modo, se hace posible desarrollar una comunión en las diferencias: la unidad es superior al conflicto (nn. 226-228).

    Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad (n. 231). Entre la globalización y la localización también se produce una tensión. El todo es más que la parte. Siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin desarraigos (nn. 234-235).

    La evangelización también implica un camino de diálogo: el diálogo con los Estados, con la sociedad —que incluye el diálogo con las culturas y con las ciencias— y con otros creyentes que no forman parte de la Iglesia católica. En todos los casos la Iglesia habla desde la luz que le ofrece la fe y aporta su experiencia de dos mil años que conserva siempre en la memoria las vidas y sufrimientos de los seres humanos (n. 238). Todo para proclamar « el evangelio de la paz » (Ef 6,15) (n. 239)

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