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Homilía abr. 5 / 2012, Lavatorio de Pies

    EscudoDagoberto

    Homilía de S.E. Mons. Dagoberto Sosa Arriaga,
    Obispo Auxiliar de Puebla
    EL OFICIO DEL LAVATORIO DE LOS PIES
    Se puso a lavarles los pies
    (Jn 13,1-15)

     

    Hoy, con esta celebración, recordamos y actualizamos el gesto impactante de Jesús, quien en la Última Cena, se puso de pie, se quitó el manto, se ciñó una toalla, y puesto de rodillas, comenzó a lavar los pies de sus discípulos.

    Ciertamente, esta es una imagen provocadora para una cultura como la nuestra, en la que quien tiene poder pretende ser servido por todos ¡Cuántas veces, en casa, queremos que los demás nos sirvan, mientras que no estamos dispuestos a mover un dedo por alguien! ¡Cuántas veces, en la convivencia social, buscamos sacar ventaja de los demás, imponiéndoles nuestra forma de sentir, de pensar, de hablar y de actuar!

    ¿Y cuál es el resultado de estas actitudes? Una familia dividida y una sociedad injusta, corrupta, utilitarista y violenta, que margina a la gran mayoría de las personas, reduciéndolas al nivel de objeto de placer, de producción o de consumo.

    Jesús no quiere eso para nosotros. Por eso, deseoso de que alcancemos la vida plena y eterna para la que Dios nos ha creado y para la que Él nos ha redimido, en el lavatorio de los pies nos enseña el camino que debemos recorrer.

    Se despoja de su esplendor divino al encarnarse de la Virgen María y se hace nuestro servidor, hasta dar la vida para rescatarnos del pecado, del mal y de la muerte, comunicarnos su Espíritu Santo, convocarnos en su Iglesia y hacernos hijos de Dios, partícipes de su vida plena y eternamente feliz, que consiste en amar.

    “Dejó sus vestiduras el que siendo Dios se anonadó a sí mismo –comenta san Agustín–. Se ciñó con una toalla el que recibió forma de siervo. Echó agua en la jofaina para lavar los pies de sus discípulos, el que derramó su sangre para lavar con ella las manchas del pecado”[1].

    ¡Sí! Jesús, Dios verdadero por quien todo fue creado, dueño de cuanto existe, se ha hecho uno de nosotros y se ha puesto de rodillas, para demostrarnos lo mucho que nos ama: hasta aceptar la humillación y el dolor de la Cruz a fin de ofrecernos el más grande de los servicios; limpiarnos del pecado con su propia sangre.

    El Papa Benedicto XVI, de cuya visita guardamos un grato recuerdo, ha señalado: “Jesús se arrodilla ante nosotros y… lava nuestros pies sucios, para que podamos ser admitidos a la mesa de Dios… Sólo el amor tiene la fuerza purificadora que nos limpia de nuestra impureza y nos eleva a la altura de Dios. El baño que nos purifica es Él mismo, que se entrega totalmente a nosotros, desde lo más profundo de su sufrimiento y de su muerte… Él permanece de rodillas en los sacramentos de la purificación –el Bautismo y la Penitencia– para hacernos capaces de Dios”[2].

    Sin embargo, a nosotros toca convertirnos y dejarnos limpiar. Por eso, ante Judas, que deliberadamente ha rechazado el amor, Jesús afirma: «Ustedes están limpios, pero no todos». De esta manera, “nos pone en guardia frente a la autosuficiencia, que pone un límite a su amor ilimitado”[3].

    El beato Juan de Palafox y Mendoza comprendió esta advertencia. Por eso, ante sus faltas, no respondió con autosuficiencia, sino que confió en Dios, se convirtió y se acercó al Él mediante el sacramento de la Reconciliación, confesando: “Tanto pueden, Dios mío, vuestros méritos… que exceden los remedios a los daños” [4].

    Quien ha sido purificado por el Señor, puede seguirlo por el camino que conduce a la vida plena y eternamente feliz que sólo Él nos puede brindar. Y este camino es el propio Jesús, que nos ha dicho: “Si yo, que soy el Maestro y el Señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies los unos a los otros”.

    Conmovidos por el amor divino del que somos destinatarios y agradecidos por su sangre que nos lava, asumamos en nuestra familia y en la sociedad una actitud servicial, que se haga concreta en nuestra manera de pensar, de hablar y de actuar.

    Para lograrlo, permanezcamos unidos a Dios, meditando su Palabra, recibiendo sus sacramentos y conversando con Él en la oración. Así, tendremos la energía necesaria para preocuparnos y ocuparnos de las necesidades materiales y espirituales de los que nos rodean, especialmente de su necesidad más apremiante, importante y definitiva: salvarse.

    Que la Virgen Santísima interceda por nosotros para que, dejándonos purificar por el Señor, seamos discípulos y misioneros de su misericordia, de tal manera que ayudemos a cuantos tratan con nosotros a dejarse purificar por Aquel que es capaz de librarnos de la amarga soledad a la que el pecado nos condena, y de hacer nuestra vida plena y eternamente dichosa.

     


    [1] SAN AGUSTÍN, ut supra.

    [2] BENEDICTO XVI, Homilía en la Santa Misa in Cena Domini”, 13 de abril de 2006.

    [3] Idem

    [4] Ibíd. Cap. VI, n 21.