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Homilía feb. 12 / 2012, Peregrinación de la Arquidiócesis a la Insigne Basílica de Guadalupe

    EscudoVictorHOMILÍA DE S. E. MONS. VÍCTOR SÁNCHEZ ESPINOSA,
    ARZOBISPO DE PUEBLA,
    CON OCASIÓN DE LA PEREGRINACIÓN DE LA ARQUIDIÓCESIS DE PUEBLA
    A LA BASÍLICA DE NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
    12 DE FEBRERO DE 2012

     

    Excelentísimos señores Obispos;
    Queridos sacerdotes, diáconos y seminaristas;
    Hermanas y hermanos de vida consagrada;
    Amadísimos fieles laicos:

    Con gran alegría nos unimos una vez más a la larga tradición que se remonta al año 1887, cuando mi venerado predecesor el Obispo José María Mora y Daza instituyó esta peregrinación organizada por quien habría de convertirse en el primer Arzobispo de Puebla, el Siervo de Dios Ramón Ibarra y González.

    Qué dicha tan grande llegar a este Santuario para postrarnos a los pies de la Morenita del Tepeyac, y escuchar en lo más profundo de nuestros corazones aquellas palabras que dirigió al indio san Juan Diego: “No se turbe tu corazón ni te inquiete cosa alguna ¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”[1]

    Al igual que hizo en aquellos días con su parienta Isabel, María se encaminó presurosa en 1531 al cerro del Tepeyac para traernos a Jesús, Hijo único de Dios, “nacido de mujer, para rescatar a los que se hallaban bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos”, como explica san Pablo, quien concluye: “siendo hijo eres también heredero por voluntad de Dios”[2].

    En Jesús, la misericordia de Dios “llega a sus fieles de generación en generación”, como afirma la “Madre del Amor”[3], quien, deseosa de que “todos los pueblos alaben al Señor”[4] y alcancen la vida plena y eterna que sólo Él puede dar, viene presurosa a nosotros, porque como decía san Ambrosio: “el amor no conoce de lentitudes”[5].

    Mirándola con amor y gratitud, podemos repetirle aquello que santa Isabel le dijo: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre… ¡Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor!”

    Efectivamente, quien cree es dichoso. Por eso, para ayudarnos a tomar conciencia de la grandeza de este don, el Papa Benedicto XVI, quien en unos días más estará entre nosotros “para proclamar la Palabra de Cristo y se afiance la convicción de que éste es un tiempo precioso para evangelizar”[6], ha promulgado un Año de la fe, que comenzará el próximo 11 de octubre, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica.

    En su Carta Apostólica “Porta Fide”, el Santo Padre explica: “Se cruza la puerta de la fe (cf. Hch 14, 27) cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida”[7].

    “En esta perspectiva –continua diciendo– el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17)”[8].

    Precisamente: “La venerada imagen de la Morenita del Tepeyac, de rostro dulce y sereno, impresa en la tilma del indio san Juan Diego –afirma el Papa– nos conduce siempre a su divino Hijo, el cual se revela como fundamento de la dignidad de todos los seres humanos, como un amor más fuerte que las potencias del mal y la muerte, siendo también fuente de gozo, confianza filial, consuelo y esperanza”[9].

    Con esta confianza, les invito a seguir adelante, con renovado entusiasmo, en la misión continental promovida en Aparecida, procurando ser cada día auténticos discípulos y misioneros de Cristo, para así avanzar sin desaliento en la construcción de una sociedad en la que todos sin excepción podamos alcanzar el desarrollo integral, haciendo triunfar el bien, la justicia y la paz, preparándonos responsablemente para alcanzar el gozo eterno prometido a los siervos buenos y fieles (cfr. Mt 25,23).

    En el cumplimiento de esta misión, el Papa nos ha recordado algunas tareas concretas: salvaguardar el rico tesoro de fe; defender la vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural; ser promotores de la paz; tutelar a la familia en su genuina naturaleza y misión; intensificar una tarea educativa que haga a las personas conscientes de sus capacidades, de modo que afronten digna y responsablemente su destino; fomentar la reconciliación, la fraternidad, la solidaridad y el cuidado del medio ambiente; superar la miseria, el analfabetismo y la corrupción; y erradicar toda injusticia, violencia, criminalidad, inseguridad, narcotráfico y extorsión[10].

    “Con su misma existencia en el mundo –nos dice el Santo Padre–, los cristianos están llamados… a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó”[11]. Lo podemos hacer porque, como la Virgen Santísima, también podemos afirmar que “Dios ha puesto sus ojos en nosotros”.

    Con esta certeza, unidos a Santa María de Guadalupe, glorificamos al Señor, en quien nuestro espíritu se llena de júbilo, aún en medio de las penas y dificultades de la vida, porque sabemos que Él está con nosotros, y que, a pesar de las vicisitudes de esta vida terrena, al final triunfará para siempre el bien sobre el mal.

    Animados por esta esperanza, dejemos que el amor de Cristo nos impulse a conocer cada vez mejor nuestra fe, con la ayuda del Catecismo de la Iglesia Católica; que nos impulse a evangelizar, a celebrar nuestra fe y a vivirla cada día con coherencia.

    Como María, encaminémonos presurosos a los hombres y mujeres de hoy, que “buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo”[12], y llevémoslos al encuentro de Cristo, confesando la fe con plenitud, con renovada convicción, con confianza y esperanza.

    Que la Morenita del Tepeyac, san Juan Diego, san José María de Yermo, el beato Juan de Palafox y Mendoza y el beato Sebastián de Aparicio nos obtengan del Señor la fuerza necesaria para encontrar en la fe el ancla que nos permite permanecer firmes en medio de las tormentas del mundo, y testimoniarla viviendo como auténticos y entusiastas discípulos y misioneros de Jesús.

    Encomendemos estos propósitos a la amorosa mediación de Santa María de Guadalupe, así como el destino de nuestra Puebla, de México y del mundo entero.


    [1] VALERIANO Antonio, “NicanMopohua”, traducción del náhuatl al castellano del P. Mario Rojas Sánchez, Ed. Fundación La Peregrinación, México 1998.

    [2] Cfr. 2ª. Lectura: Gál 4,4-7.

    [3] Cfr. 1ª Lectura: Eclo 24,23-31.

    [4] Cfr. Sal 66.

    [5] SAN AMBROSIO, Citado por SANTO TOMÁS DE AQUINO, Catena Aurea, 9139.

    [6] Homilía en la Solemnidad de Santa María de Guadalupe, 12 de diciembre 2011.

    [7] Carta Ap. “Porta Fide”, n. 1.

    [8] Ibíd., n. 6.

    [9] Homilía en la Solemnidad de Santa María de Guadalupe, 12 de diciembre 2011.

    [10] Ídem.

    [11] Carta Ap. “Porta Fide”, n. 6.

    [12] Ibíd., n. 10.