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Homilía feb. 15 / 2012, 2º encuentro Nacional de Responsables de la Animación bíblica de la vida pastoral

    HOMILÍA DE S.E. MONS. EUGENIO LIRA RUGARCÍA
    OBISPO AUXILIAR DE PUEBLA
    En la Misa con ocasión del 2º Encuentro Nacional de Responsables
    de la Animación Bíblica de la Vida Pastoral
    Catedral de Puebla, 15 de febrero 2012

     

    Excelentísimo Sr. Armando Colín, Obispo auxiliar de la Arquidiócesis Primada de México,
    Responsable de la Dimensión Bíblica de la Vida Pastoral del Episcopado Mexicano.

    Muy queridos sacerdotes y diáconos.
    Hermanas y hermanos consagrados.
    Amadísimos fieles laicos.

    A nombre de S.E. Mons. Víctor Sánchez Espinoza, Arzobispo de Puebla, de S.E. Mons. Dagoberto Sosa Arriaga, Obispo auxiliar de Puebla y de un servidor, les doy la más cordial bienvenida a esta magnífica Catedral, casa de nuestro Padre Dios, imagen del cuerpo de Cristo y hogar visible de la comunidad arquidiocesana[1], donde habita el Espíritu Santo, a quien el amado beato Juan Pablo II llamaba la Persona del Amor [2].

    El Señor, que nos recibe con amor en esta celebración, a través de la primera lectura tomada de la carta del Apóstol Santiago nos pide: “Sean prontos para escuchar… acepten dócilmente la palabra que ha sido plantada y es capaz de salvarlos. Llévenla a la práctica y no se limiten a escucharla” (1,19-27).

    ¡Es precisamente su Palabra la que los convoca a este Encuentro Nacional de Pastoral Bíblica, Verbum Domini! Dios, que en la creación nos ofrece pruebas de su existencia y de su amor, para que todos pudieran conocerlo sin dificultad, con certeza y sin mezcla de error, quiso revelársenos a través de una serie de etapas, que alcanzaron su culmen definitivo con Jesús, “imagen del Dios invisible” (Col 1, 15).

    Esa Revelación es transmitida en la Biblia y en la Tradición de la Iglesia, que son como las dos piernas de la única Revelación que Cristo ha confiado a su Iglesia, encomendando su interpretación al Papa y a los obispos[3].

    “Siempre resultará provechoso esforzarse en profundizar… la doctrina de la fe de la Iglesia católica –escribe san Atanasio–, tal como el Señor nos la entregó, tal como la predicaron los apóstoles y la conservaron los santos Padres”[4]. “Así… también nosotros tenemos una auténtica y personal experiencia de la presencia del Señor resucitado… Esta es nuestra gran alegría… que nos hace vivir y encontrar el camino hacia el futuro”[5], afirma el Papa Benedicto XVI.

    En su Palabra, Dios nos habla para consolarnos, fortalecernos y guiarnos a la plenitud sin fin. Por eso el salmista exclama: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119, 105) ¡Y esa Palabra es Cristo!: “…porque toda la Escritura divina habla de Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo»[6].

    Como discípulos, necesitamos escuchar siempre al Maestro y fiarnos de su Palabra, contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia. San Agustín enseñaba: “Cuando lees la Biblia es Dios quien te habla” [7]. “A Él escuchamos cuando leemos sus divinas palabras»[8], señalan los padres conciliares. “Es necesario que la escucha de la Palabra se convierta en un encuentro vital… que interpela, orienta y modela la existencia”[9], comentaba el beato Juan Pablo II.

    “Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica –dice el Señor– será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca” (Mt 7, 24-25).

    Cada día estamos construyendo nuestra vida personal, matrimonial, familiar y social. Y para hacerlo de tal manera que, resistiendo las dificultades, alcancemos la eternidad, es preciso hacerle caso a Jesús ¡Sólo Él puede mostrarnos el sentido y la plenitud de la vida!

    Por eso, en el Evangelio encontramos a Jesús dando la vista a un ciego (cfr. Mc 8,22-26). El Evangelio narra cómo el Señor untó saliva en los ojos de aquel hombre y le impuso las manos. El ciego empezó a distinguir. Pero su falta de fe le hizo ver a la gente de un modo confuso, como explica el Pseudo-Crisóstomo[10]. Efectivamente, sólo iluminados por aquel que es la Verdad podemos ver al ser humano como es, y no como un objeto de placer, de producción o de consumo.

    Por eso Jesús volvió a imponer las manos al ciego, quien finalmente pudo ver con toda claridad, como comenta san Jerónimo[11]. Es a la luz de la Verdad como podemos descubrir la grandeza, dignidad y derechos de toda persona humana, y comprender el sentido de la vida y la esperanza que nos aguarda, como dice la Aclamación antes del Evangelio (cfr. Ef 1,17-18).

    Acerquémonos a esta Palabra, que no es una especie de meteorito que podemos analizar sólo con el método histórico-critico, sino una Palabra viva con la que estamos llamados a encontrarnos en el “organismo vital de la fe de todos los siglos”[12], como decía el entonces cardenal Joseph Ratzinger.

    Comprendiendo esto, descubramos también el nexo vital entre la Sagrada Escritura y los sacramentos, en particular, la Eucaristía, como lo ha pedido el Papa, y entreguémonos generosamente a la animación bíblica de la pastoral, de la catequesis y la formación bíblica de los cristianos, conscientes del deber de anunciar la Palabra de Dios en el mundo en el que vivimos y trabajamos, sirviendo a los hermanos más necesitados[13]. “Su Palabra –dice el Santo Padre en la Exhortación Apostólica Verbum Domini– no sólo nos concierne como destinatarios de la revelación divina, sino también como sus anunciadores[14].

    Sintámonos verdaderos discípulos y misioneros de Cristo, como el beato Juan de Palafox, que consagró esta Catedral el 18 de abril de 1649, y quien aprovechaba cualquier ocasión para llevar a la gente al encuentro con Dios: “Nunca ha dejado de exhortar, o predicar, o platicar”[15], escribió hablando de sí mismo.

    Viviendo de esta manera podremos contribuir a la edificación del México y del mundo que todos anhelamos, con la esperanza de alcanzar la morada eterna, en la que, como dice el Salmo, habitará “El que procede honradamente y practica la justicia” (Sal 14). Que Santa María de Guadalupe nos acompañe en este camino.


    [1] Cfr. JUAN PABLO II, Exh. Ap., Pastores Gregis, n. 34.

    [2] Enc. Dominum et vivificantem, n. 10.

    [3] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, Compendio, nn. 12-17.

    [4] Carta 1 a Serapión, 28: PG 26,594.

    [5] Audiencia general, 3 de mayo 2006.

    [6] HUGO DE SAN VÍCTOR, De arca Noe, 2,8.

    [7] Enarrat. in Ps 85, 7: CCL 39, 1177.

    [8] Const. Dogm. Dei Verbum, n. 25.

    [9] Carta Ap., Novo Millennio Ineunte, n. 39.

    [10] Cfr. In Marcum, en Catena Aurea, n. 6822.

    [11] Cfr. Super et aspisciens ait, en Catena Aurea, n. 6822.

    [12] RATZINGER Joseph, Mi vida, Ed. Encuentro, Madrid, 2005, p. 125.

    [13] Cfr. Exh. Ap. Verbum Domini, nn. 53-56. 72-75. 99-103.

    [14] Ibíd., n. 91.

    [15] Epístola exhortativa, p. 94.