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Homilía jul 22 / 2011, 371 aniversario de la entrada del Beato Palafox a Puebla

    EscudoLiraHOMILÍA DE S.E. MONS. EUGENIO LIRA RUGARCÍA
    OBISPO AUXILIAR DE PUEBLA
    EN EL 371 ANIVERSARIO DE LA ENTRADA DEL BEATO JUAN DE PALAFOX A PUEBLA DE LOS ÁNGELES
    Basílica Catedral de Puebla, 22 de Julio de 2011

     

    Memoria de Santa María Magdalena

    En el marco del Año Jubilar Palafoxiano, decretado por el Santo Padre para Puebla a petición del Excmo. Sr. Arzobispo, hoy, memoria de santa María Magdalena, fiel discípula de Jesús, al que acompañó hasta la Cruz[1], y la primera a quien el Señor Resucitado se manifestó encomendándole anunciar esta buena noticia a sus discípulos[2], se cumple el 371 aniversario de la entrada del beato Juan de Palafox y Mendoza a Puebla como su noveno Obispo[3].

    “Todo cuanto Dios ha obrado con este… pecador… ha sido… una continua misericordia –escribe Palafox–… dispuso… sacarlo a… servir a remotas provincias… armado de potestad espiritual y temporal…”[4]. Efectivamente, además de haber llegado a estas tierras como sucesor de los Apóstoles, Palafox arribaba en calidad de Visitador General, Juez de Residencia, Presidente de la Real Audiencia, y luego, Virrey de la Nueva España.

    “Habiendo hallado la Iglesia material de su Iglesia muy a los principios –continúa–, le puso Dios en el corazón que le acabase a la Virgen aquel templo… le hiciese otros dos templos a san Miguel y a san Juan Bautista… y… se erigieron otros… treinta y seis…; que formase otro colegio de vírgenes… y otros colegios seminarios… y que dejase allí y donase una gran librería”[5]. Palafox se refiere a la Catedral, al Colegio de Doncellas de nuestra Señora de la Concepción, al hoy Seminario Palafoxiano y a la Biblioteca “Palafoxiana”.

    El Beato continúa reconociendo las gracias que Dios le dio: “…el amor… a los oprimidos, que ordinariamente eran los más pobres…; puso el clero en reformación y lucimiento… en su ministerio de almas…; hubo de defender el santo Concilio de Trento…;

    procuró remediar los daños de la codicia, que generalmente fatigaban a los inocentes y pobres… y en lugar de desterrar él de aquellas provincias la codicia, causa capital de infinitas maldades, le desterró y venció a él y a su celo y jurisdicción, ya que no en el ánimo”[6].

    Efectivamente, aquel gran Pastor, que, a pesar de los peligros y dificultades visitó toda su diócesis y la reorganizó en parroquias, siguiendo los dictámenes del Concilio de Trento; que procuró la reforma del clero y de la vida consagrada; que favoreció la formación de los futuros sacerdotes; que construyó la Catedral y muchos templos; que “se aplicó a las letras divinas… (con)… oración… contemplación… (y) penitencia” [7]; que se empeñó en “ayudar a las almas a su cargo con la voz, con la pluma y el ejemplo”[8]; que predicaba, confesaba, confirmaba y celebraba la Eucaristía a los fieles en sus parroquias; que promovía el rezo del rosario[9]; y que socorría y defendía a los pobres y a los indígenas, tuvo que enfrentarse a personas poderosas, que, movidas por intereses egoístas, consiguieron que el rey le ordenase volver a España.

    Pero el buen Beato no de desanimó; vio en esta adversidad una gracia para imitar a Jesús: “El Redentor de las almas, siendo Dios, estableció su Iglesia con trabajos y fatigas, muerte y cruz”[10], escribió. Y exclamaba: “Padecer por el amado son pasos de enamorado”[11]. Palafox comprendió muy bien lo que san Pablo expresa así: “Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos… El que vive con Cristo es una criatura nueva”[12].

    También María Magdalena comprendió que sólo en Cristo la persona se libera del drama de la soledad, y su vida se hace plena de sentido y eternamente dichosa. Por eso, el Evangelio nos la presenta llorando junto a la tumba vacía. “Los ojos que habían buscado al Señor, y no le encontraban, se desahogaban en las lágrimas”[13], comenta san Agustín.

    No hay mayor pena que perder a Jesús. Por eso, el beato Palafox, al recordar su anterior “desbaratada vida” lejos de Dios[14], exclamaba: “¿Qué lágrimas son bastantes a llorar el haber yo mismo… despedazado la túnica de la gracia que Vos me disteis en el bautismo?”[15].

    ¡Pero Dios no abandona! Así lo experimentó María Magdalena, a quien el Resucitado le sale al paso, cambiando radicalmente su presente y su futuro, y la historia de la humanidad (cfr. Jn 20, 11-18). También Palafox lo vivió. Por eso, ante la nueva vida, libre del pecado, plena y eterna que el Señor ofrece, exclamó: “Tanto pueden, Dios mío, vuestros méritos preciosos… que exceden los remedios a los daños” [16]. De esta manera reconocía lo que el salmo expresa así: “Oh Dios… mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti…. Porque fuiste mi auxilio… mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene”[17].

    Como ellos, “…si buscamos al Señor con sinceridad de corazón –nos dice el Papa–…será Él quien saldrá a nuestro encuentro…nos llamará por nuestro nombre… nos hará entrar en la intimidad de su amor” [18]. Entonces, como los discípulos y misioneros de Cristo que el Sr. Arzobispo nos ha pedido ser, con nuestras palabras, acciones, e incluso, con nuestros sufrimientos, haremos posible esa cadena de transformaciones que irán mejorando a Puebla y al mundo.

    Que Santa María de Guadalupe, santa María Magdalena y el beato Juan de Palafox intercedan por nosotros para que, viviendo de esta manera, podamos alcanzar con ellos la eternidad dichosa en la que alabaremos por siempre al Señor.

     


     

    [1] Cfr. Jn 19,25ss; Mc 15,40ss; Mt 27,56ss.

    [2] Cfr. Mc 16,1ss; Lc 24,10ss; Mt 28,1ss; Jn 20,1ss.

    [3] Cfr. PALAFOX Y MENDOZA Juan, “Defensa Canónica Segunda”, parte 7, n. 2.

    [4] “Vida interior”, Cap. XXII, nn. 1 y 2.

    [5] Ibíd., Cap. XXII, nn. 8, 13 y 17.

    [6] Ibíd., Cap. XXIII, nn. 2, 4, 9 y 10.

    [7] ARGAIZ Gregorio, “Vida de Don Juan de Palafox y Mendoza”, Sumario sexto, n. 4.

    [8] “Vida Interior”, Cap. XXIV, n. 6.

    [9] Ibíd., Cap. XXIV, nn. 14 y 18.

    [10] Ibíd., Cap. XXV, n. 1.

    [11] Ibíd., Cap. XXXVII, n. 2

    [12] 1ª Lectura: 2 Cor 5,14-17.

    [13] In Ioannem, tract., 121.

    [14] “Vida interior”, Cap. IX, n. 13.

    [15] Ibíd., Cap. VI, n. 6.

    [16] Ibíd., Cap. VI, n. 21.

    [17] Cfr. Sal 62.

    [18] BENEDICTO XVI, Audiencia General, 11 de abril 2007.