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Homilía mar. 4 / 2012

    EscudoVictorHOMILÍA DE S. E. MONS. VÍCTOR SÁNCHEZ ESPINOSA,
    ARZOBISPO DE PUEBLA,
    PRONUNCIADA EN LA MISA DOMINICAL EN CATEDRAL
    EL 4 DE MARZO DE 2012

    Iniciamos nuestra segunda semana de cuaresma y seguimos escuchando la síntesis de la historia de  la salvación, tan hermosa que nos esta presentando la liturgia de la Iglesia.

    El domingo pasado en la primera lectura escuchábamos la alianza de Yahvé con Noe: “No volveré a mandar otro diluvio”. Hoy en la primera lectura escuchamos, la alianza de Yahvé con Abraham, Dios le promete a Abraham que será padre de una gran descendencia, no obstante su avanzada edad; primero le pone una prueba: deja tu patria, deja tu parentela, deja a tu familia y vete al lugar que yo te voy a indicar, y Abraham confió en el Señor. Después le hace otra prueba más grande, cuando nace Isaac, le pide un acto de obediencia y fe, y Abraham esta dispuesto a sacrificar a su hijo Isaac.

    El Señor, Dios nuestro Padre, pedirá siempre al hombre: obediencia, fe y colaboración para realizar sus proyectos.

    Y ante la fe de Abraham que no duda en sacrificar a su hijo Isaac, Yahvé le dice: “Juro por mi mismo, que por haber hecho esto, y no haberme negado a tu hijo único, yo te bendeciré y multiplicare tu descendencia como las estrellas del cielo y las arenas del mar, y en tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra, porque obedeciste a mis palabras”. Por eso Abraham es nuestro padre

    Su alianza fue primero con Adán, después con Noé, ahora con Abraham y el próximo domingo escucharemos la alianza con Moisés, y  así hasta llegar a los días santos, para  escuchar la alianza que Yahvé hace con la sangre de su hijo amado, con la sangre del cordero inmaculado, Jesucristo nuestro Señor, y esa alianza la actualizamos en la eucaristía, sobre todo en la eucaristía dominical.

    Por eso para nuestros hermanos aquí presentes de la Unión Eucarística Reparadora, la eucaristía para ustedes, como para la iglesia, como para todos los cristianos es el centro de nuestra vida diaria, es el centro de toda la vida litúrgica, de toda la vida sacramental, de toda la vida cristiana.

    Sin la eucaristía no comprenderíamos la vida de la iglesia ni la vida de la comunidad.

    Y para los jóvenes que se encuentran participando en el Encuentro Nacional Juvenil de la Familia, Educadora en la Fe. Me da gusto, como se los decía ayer, que el tema de su reflexión y de su encuentro sea precisamente la eucaristía, y les decía lo mismo ayer: la Eucaristía es el sacramento del amor, es el sacramento en torno al cual esta girando toda la vida sacramental, litúrgica de la iglesia. Sin la Eucaristía no habría comunidad, ni sacramentos, ni Iglesia

    Y hoy ustedes queridos jóvenes que se encuentran participando en este encuentro nacional juvenil, han escogido como tema precisamente la eucaristía.

    Por eso el domingo es el día del Señor Resucitado, por eso el domingo es el día eucarístico por excelencia, por eso; es el día de la familia, por eso el domingo es el día de la comunidad, porque nos congregamos en torno a la mesa de la palabra y a la mesa del cuerpo y de la sangre de Cristo.

    En la segunda lectura que escuchamos, de la carta del apóstol San Pablo a los romanos, el apóstol nos ilustra sobre la ganancia que tenemos en Cristo: la presencia de Dios, es Dios mismo es quien lava los pies al hombre, es quien lo ama, es quien le sirve, Él se entrega y salva, y todo esto por Cristo. Por eso de Cristo sólo esperamos, amor, perdón y misericordia.

    Dice San Pablo: “Si Dios está a nuestro favor quien estará en contra nuestra”, el que no nos escatimo a su propio hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, como no va estar dispuesto a darnos su todo, junto con su hijo.

    Quien acusara a los elegidos de Dios, si es Dios mismo quien los perdona, quien será el que los condene, Jesucristo, murió, resucitó por nosotros y esta a la derecha de Dios, también intercediendo por nosotros.

    Por eso decía que de Cristo hemos recibido de Dios nuestro Padre la salvación, Él nos ama, nos perdona y Él es todo amor y misericordia.

    Y la tercera lectura que escuchamos, el evangelio, como cada año; el primer domingo de cuaresma, escuchamos el evangelio de las tentaciones de Jesús, y al rechazar Jesús, las tentaciones y el pecado nos enseña a saber luchar contra las tentaciones y el pecado.

    Y al irse al desierto durante cuarenta días para vivir en un ambiente de austeridad, de ayuno, inaugura la práctica penitencial en su Iglesia.

    Y el segundo domingo de cuaresma, siempre escuchamos el evangelio de la transfiguración de Jesús, como Jesús les muestra a sus discípulos su gloria y les habla después, de su Pasión.

    Con la transfiguración Jesús revela su divinidad a los doce, con la finalidad de confirmarlos en la fe, y San Marcos describe todos lo signos de la divinidad de Jesús, con lo que los discípulos creyeron en el crucificado. Y por eso los apóstoles estaban “extasiados”, dice el evangelista. San Pedro no sabe ni lo que dice, le dice a Jesús: “que a gusto estamos aquí, vamos a hacer tres tiendas para que en una te quedes Tú, en otra Elías, y en otra Moisés”, que eran los personajes de la historia de la salvación que se les estaban manifestando.

    Pero Jesús les dice: Tenemos que descender del monte, tenemos que ir a los demás, y  entonces les anuncia su pasión. Por eso les decía que en la transfiguración, Jesús, nos presenta todos los signos de su divinidad, y con estos signos de su divinidad, los discípulos creyeron en el crucificado y en el resucitado.

    Estas son las tres lecturas que escuchamos hoy, la misma voz del cielo que se había escuchado en el bautismo de Jesús en el Jordán:

    “Tú eres mi hijo amado, en ti me complazco”: hoy se vuelve a escuchar, pero ahora en el Monte Santo: “Este es mi hijo amado, escúchenlo”. Son casi las mismas palabras, pero añadiendo ahora algo muy importante: Escúchenlo, porque escuchar a Jesús es lo más importante, es el fundamento y punto de partida de toda la fe cristiana.

    Después vendrán los dogmas, las teologías, los catecismos, pero lo primero es escuchar al Señor con el kerigma, que es el anuncio que se nos da, desde el principio de la vida de la Iglesia: Cristo muerto y Cristo Resucitado; este es el anuncio, diríamos en bruto. Pues hay que explicarlo.

    Después con la catequesis hay que descifrar este Kerigma, este anuncio: Del Cristo Crucificado, muerto, pero también del Cristo Resucitado.

    El arranque de la fe y después la escucha de la voz de Dios, que nos habla definitivamente por su hijo predilecto: Este es mi hijo muy  amado, escúchenlo.

    Y esta puede ser, queridos hermanos una buena oportunidad, para preguntarnos. Que tanta atención presto a la palabra de Dios, que se me da y que se me da a cada momento.

    La palabra de Dios se nos da en la catequesis, se nos da cuando nosotros leemos o estudiamos, meditamos la sagrada escritura, se nos da en la celebración; en la primera parte de la misa, cuando desde la mesa de la palabra, se nos proclama la palabra de Dios; se nos da cuando un hermano nos corrige fraternalmente, de muchas maneras se nos da la palabra de Dios.

    ¿Que tanta atención le presto a esta palabra de Dios?, que me cuestiona a cada momento, que espacio le dedico cada día, a lo largo de la semana, a buscar esa presencia calida de Dios, que nos habla al corazón de cada uno de nosotros.

    Que tanta disposición tengo para descubrir la voz de Jesús, en los signos de los tiempos, en la gente que me rodea, en los pobres o enfermos que nos salen al paso.

    ¿Reconocemos a Jesús como el hijo amado del Padre? ¿Reconocemos a Dios como nuestro Padre y quien nos llama  la santidad como lo hace Jesús?

    El evangelio de este domingo, nos invita a dejarnos conducir por Jesús, que nos quiere llevar al Monte Santo, lugar de la presencia de Dios; que quiere abrirnos los ojos, para contemplar la gloria de Jesús,  pero sobre todo a estar muy atentos a lo que nos dice Él a través de su palabra, a través de su iglesia, a través de su evangelio y  a través de su doctrina. Pero nos puede asaltar la tentación como a Pedro, Santiago y a Juan, quedarnos en el monte, refugiarnos en una interioridad, que no conduce ni compromete a nada.

    Por eso pidámosle al Señor que nos ayude a escuchar su Palabra y a ponerla siempre en práctica. Que la palabra de Dios que escuchamos, y en la que creemos; y que después la  hacemos  celebración en la eucaristía, la hagamos vida, en nuestro trabajo y nuestra vida diaria

    Esas son las lecturas bíblicas que hoy nos presenta la liturgia de la Iglesia, en este segundo domingo de Cuaresma.

    Por otra parte hermanos hoy celebramos el Día de la Familia, por eso están aquí nuestros hermanos  los jóvenes de la familia educadora en la Fe.

    La familia fundada por un hombre y una mujer, es una comunidad de padres e hijos, de esposos, hermanos, abuelos, nietos, nueras, suegros, cuñadas, primos y muchos parientes más.

    Esa es la familia, la que queremos, sin embargo muchas veces, nuestras familias enfrentan situaciones tan difíciles, que quizás nos lleguemos a preguntar: ¿Es posible ser fieles a nuestra vida familiar?, ¿Es posible ser fieles en el matrimonio?, ¿Es posible educar a los hijos en la verdad y vivir en armonía, cuando hombres y mujeres pensamos en forma tan diferente y cuando  existen brechas generacionales?, ¿Es posible sentirnos familia, cuando esta se ha fundado en una madre abandonada?, ¿Cuándo los padres se han divorciado?, ¿Cuándo se convive con algún pariente enfermo o discapacitado?,  ¿Cuándo se atraviesa una angustia económica?, ¿O cuando se llora la ausencia de un pariente, que ya nos ha abandonado?

    Si, es posible, esa es nuestra realidad, y esa es la realidad de nuestras familias. Y la familia formada por Jesús, María y José, ese es el modelo de  vida familiar, ellos también conocieron lo que era pasar necesidad, ellos también sufrieron problemas, ellos también fueron al  exilio, y nos enseñan que a pesar de todo se puede seguir siendo familia, pero seremos familia si nos dejamos iluminar por Dios, y conocer el camino que debemos seguir y  los peligros que debemos librar, poniendo por encima de todo el Amor.

    El amor nos hace descubrir que siempre será mas grande lo que nos una, que lo que nos separa, el amor nos impulsa a dar lo mejor de nosotros mismos para hacer de nuestras familias, un verdadero hogar.

    Y repito el modelo de nuestra familia es la Sagrada Familia de Nazareth, formada nada menos que por Jesús, María y José.

    Sanando y fortaleciendo a la familia, que es la célula de la sociedad y de la Iglesia; siempre la Iglesia ha dicho que la Iglesia doméstica son nuestras propias familias. Estaremos sanando y fortaleciendo a nuestra Puebla, a nuestro México y a todo el mundo entero.

    Nuestra Arquidiócesis de Puebla, ofrece a todas las familias su apoyo a través de la Pastoral Familiar, especialmente en la Casa de la Familia que esta en la 9 oriente No, 5. Allá hay  un grupo de sacerdotes y especialistas, para atender nuestras situaciones difíciles de nuestra vida familiar.

    Ojala que comprendiendo la grandeza de la familia, todos procuremos hacer de ella, una comunidad donde reine el amor, la comprensión, la ayuda y el perdón

    Y que cada uno de nosotros ponga lo que esta de su parte: para vivir su misión, la misión que El Señor nos ha confiado, en nuestras respectivas familias.

    Los esposos a ser buenos esposos, los padres a ser buenos padres, los hijos a ser buenos hijos, los hermanos a ser buenos hermanos, todos a ser buenos hermanos.

    Pues al celebrar hoy el día de la familia, que el Señor nos conceda escuchar a su amado Hijo, que alimente nuestra fe con su palabra, que purifique nuestros ojos con su espíritu, para que podamos alegrarnos en la contemplación de su gloria.

    Y para que algún día como Pedro, Santiago y Juan, podamos ser testigos de la gloria del Señor que a ellos se les manifestó.

    Pues con esos sentimientos queridos hermanos, vamos a continuar participando de nuestra Santa Misa.