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Homilía mar. 4 / 2012, II Domingo de Cuaresma – Ciclo B

    EscudoLiraHOMILÍA DE S.E. MONS. EUGENIO LIRA RUGARCÍA
    OBISPO AUXILIAR DE PUEBLA
    04 de Marzo 2012
    II DOMINGO DE CUARESMA CICLO B

    La transfiguración del Señor (cfr. Mc 9, 2 – 10)
    Dios, nuestra morada definitiva

    El pueblo judío estaba celebrando el ultimo día de la fiesta de las Cabañas, que conmemora la experiencia de la protección divina en el desierto[1], cuando, en un monte alto –que simboliza el encuentro con Dios que hace posible la libertad y que ofrece un panorama total de la creación-, Jesús se transfiguró mientras oraba, mostrando así su identidad Divina a Pedro, a Santiago y a Juan. Cristo “no sólo recibe la luz de Dios”; Él mismo es Luz de Luz”[2], señala el Papa Benedicto XVI. Ahora que guiados por el Espíritu del Señor avanzamos en el desierto cuaresmal, convocados por Cristo en su Iglesia, podemos revivir, extasiados, esta esperanzadora experiencia.

    “El episodio de la Transfiguración marca un momento decisivo en el ministerio de Jesús –comenta el Papa Juan Pablo II-.es un acontecimiento de revelación que consolida la fe en el corazón de los Discípulos, les prepara al drama de la Cruz y anticipa la gloria de la resurrección… Esta luz llega a todos…”[3]. Ante Jesús, que nos muestra su gloria mientras conversa con Moisés y Elías sobre su Pasión –en la que se cumple la Ley y los profetas al hacer realidad el éxodo definitivo de la creación hacia la libertad-, debemos hacer nuestra la exclamación de Pedro: “Maestro ¡Que a gusto estamos aquí!”. Estas palabras –dice el Papa Juan Pablo II- muestran la orientación cristocéntrica de toda la vida  cristiana”[4].

    “La existencia humana es un camino de fe –señala el Papa Benedicto XVI- y, como tal, avanza mas en la penumbra que en plena luz, con momentos de oscuridad e incluso de densa tiniebla”[5]. En la vida enfrentamos crisis, incertidumbres, sufrimientos, enfermedades, problemas en casa, en el noviazgo, con los vecinos, en la escuela y, en el trabajo, así como dificultades en un mundo plagado de injusticias, dolor y muerte. Entonces,  quizá nos preguntemos: “¿Qué hacer? ¿Hay esperanza?”. A estas interrogantes, el Padre responde: “Éste es mi hijo amado; escúchenlo”[6]. ¡Escuchemos a Jesús, presente en la Iglesia, que nos habla en su Palabra, en los Sacramentos –sobretodo en la Eucaristía-, y en la oración! ¡Escuchémosle en los acontecimientos de nuestra vida,  tratando de leer en ellos los mensajes de la Providencia! ¡Escuchémosle en los hermanos, especialmente en los pequeños y en los pobres, por quienes Él mismo pide nuestro amor concreto![7]. Entonces, como Pedro, comprenderemos que en Él se cumple lo anunciado en la fiesta de las Cabañas: que solo en Dios tenemos nuestro hogar definitivo.

    Jesús, el camino a la Patria Eterna ¡escuchémoslo!

    “Aquella admirable manifestación en el monte Tabor –comenta san Anastasio Sinaíta-,  como una imagen prefigurativa del reino de los cielos, era como si les dijese: El tiempo que ha de transcurrir antes de que se realicen mis predicciones no ha de ser motivo de que nuestra fe se debilite… Ciertamente Pedro, en verdad que bien se está aquí con Jesús… ¿Hay algo mas dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con Él, vivir en la luz?[8] Dios, que es el amor y la bondad está de parte nuestra; por eso podemos confiar en Él, como supo hacerlo Abraham, quien, consciente de que todo lo había recibido de su Señor, no le negó nada ¡nada!, ni siquiera a su mayor tesoro: su hijo único Isaac. Entonces pudo escuchar de Dios esta maravillosa promesa: “Juro por mi mismo, dice el Señor, que por haber hecho esto y no haberme negado a tu hijo único, yo te bendeciré y multiplicaré tu descendencia… En tu descendencia serán bendecidos todos los pueblos de la tierra”[9].

    De la descendencia de Abraham Dios ha hecho nacer a su Hijo único, a quien entregó por nosotros. Por eso, contemplando esta prueba de amor,  san Pablo afirma: “Si Dios está a nuestro favor, ¿Quién podrá estar en contra nuestra? El que no escatimó a su propio hijo, si no que lo entregó por todos nosotros, ¿Cómo no va a estar dispuesto a dárnoslo todo, junto con su Hijo?”[10]. Jesús, fiado totalmente en el Padre, dio su vida por nosotros, y su Padre no lo defraudó; al tercer día resucitó. Por eso, a Él pueden aplicarse las palabras del salmo:”Aun abrumado de desgracias, siempre confié en el Señor… De la muerte, Señor, me has librado”[11] ¡Esto es lo que nos anuncia en su transfiguración! “Nadie, por tanto tema el sufrimiento por causa de la justicia –escribe san León Magno-, nadie dude que recibirá la recompensa prometida”[12].

    ¡Escuchemos a Jesús! Él, transfigurándose, nos enseña que debemos mirar más allá de los sufrimientos y problemas de esta vida, y descubrir lo que Dios nos tiene reservado al final de nuestra peregrinación terrena: una vida plena y eternamente feliz, que se alcanza por el camino del amor. Jesús, que nos ha transfigurado en su imagen divina el día de nuestro Bautismo, nos pide que, con Él y como Él, con la guía del Espíritu Santo, nos unamos a Dios y lo comuniquemos a los demás, tratando con amor al cónyuge, a los hijos, a papá y a mamá, a los hermanos, a los suegros, a las nueras y yernos, a la novia o al novio, a los amigos y vecinos,  a los compañeros de estudios o de trabajo, y a la gente que nos rodea. “Escuchar a Cristo y obedecer su voz… es el único camino que lleva a la plenitud de la alegría y el amor”[13].


    [1] Cfr. Dt 16, 13.

    [2] Benedicto XVI, “Gesú di Nazaret”, Op. Cit., p. 958.

    [3] Juan Pablo II, Exh. Ap. “Vita consecrata”, n. 15.}

    [4] Ídem.

    [5] Benedicto XVI, Ángelus, 12 de marzo de 2006.

    [6] Cfr. Aclamación: Mt 17, 5.

    [7] Cfr. Benedicto XVI, Ángelus, 12 de marzo de 2006

    [8] SAN ANASTASIO SINÍTA, sermón en el día de la Transfiguración del Señor, nn. 6-10.

    [9] Cfr. 1° Lectura: Gn 22, 1-2, 9-13. 15-18.

    [10] Cfr. 2° Lectura: Rm 8, 31-34.

    [11] Cfr. Sal 115

    [12] SAN LEON MAGNO, Sermón 51, 4. 8; PL 54, 313.

    [13] BENEDICTO XVI, Ängelus, 12 de marzo de 2006.