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Homilía may. 13 / 2012, VI Domingo de Pascua

    HOMILÍA DE S.E. MONS. EUGENIO LIRA RUGARCÍA
    OBISPO AUXILIAR DE PUEBLA
    VI DOMINGO DE PASCUA CICLO B

    Nadie tiene amor más grande a sus amigos,
    que el que da la vida por ellos
    (cfr. Jn 15, 1-8)

    ¿Comprender para amar, o amar para comprender?

    “De todos los seres humanos –escribe el P. José Luís Martín Descalzo (1930-1991)–, aquel hacia quien he tenido más envidia ha sido Juan Sebastián Bach… Pero… si hasta ahora le envidié, ante todo por su música… hoy… le envidio mucho más por… el don infinito de haber sido querido por alguien como Ana Magdalena Bach. Acabo de leer uno de los libros más bellos que existen… La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach… Una mujer… habla… del hombre que llenó su vida. Lo hace cuando él ha muerto… Pero… ¿Amó Ana Magdalena a Juan Sebastián porque le comprendía y admiraba o, por el contrario, le comprendió y admiró porque le amaba?… ha respondido la propia Ana Magdalena, cuando en el primer capítulo del libro… nos explica… que Sebastián era un hombre muy difícil de conocer no amándole[1].

    ¡Somos fruto del amor!; del amor sin medida de Dios, que nos ama como nadie puede hacerlo, porque Él es el mismísimo amor. “No somos el producto casual y sin sentido de la evolución –señala el Papa Benedicto XVI–. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario”[2]. Y tanto nos amó, que cuando le fallamos al desconfiar de Él –cometiendo así el pecado original–, no dejó de amarnos, sino que nos dio la mayor prueba de amor: enviar a su Hijo unigénito para restaurar la unidad perdida con el único “remedio” capaz de hacerlo: el amor. “Como el Padre me ama, así los amo yo –nos dice Jesús– Nadie tiene amor más grande a sus amigos, que el que da la vida por ellos… a ustedes los llamo amigos, porque les he dado a conocer todo lo que le he oído a mi Padre… Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes”.

    Gracias a este Amante infatigable, participamos de la felicidad divina ya desde ahora mediante el Bautismo y la fe, que “llegará a su perfección cuando alcancemos el premio de la resurrección”[3], como afirma san Agustín. Para recibir esta dicha sin fin, nos toca corresponder al amor de Jesús. “Si cumplen mis mandamientos, permanecen en mi amor –nos dice el Señor– Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros, como yo los he amado”. “¿Quién duda que el amor ha de preceder a la guarda de los preceptos? –señala el Obispo de Hipona–. Porque el que no ama no tiene base para la observancia de los preceptos”[4]. “…así como de un solo tronco nacen muchas ramas –comenta san Gregorio Magno–, así también muchas virtudes se derivan de la caridad… Los preceptos del Señor son muchos, en cuanto a la diversidad de las obras, pero se unifican todos en su tronco, que es la caridad”[5].

    ¡Amemos! Porque somos hijos de Dios, que nos amó primero

    Sólo amando podremos dar un fruto que permanezca, porque como dice san Pablo: “el amor no acaba nunca”[6]. Quizá al escuchar esto, surja en nosotros una inquietante duda: ¿Esto lo podemos hacer todos, o sólo unos cuantos privilegiados que nacieron con un “gen” especial para amar, como la Madre Teresa de Calcuta o el Papa Juan Pablo II? ¡No! Ya lo dice san Pedro: “Ahora caigo en la cuenta de que Dios no hace distinción de personas, sino que acepta a quien le teme y practica la justicia”[7]. Sobre esos, el Señor envía al Espíritu Santo, que es el Amor, para que puedan amar. “El amor crece a través del amor –comenta el Papa Benedicto XVI–. El amor es divino  porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones”[8]. ¡Podemos amar, porque “Él nos amó primero”[9]! Así, llenos de su amor, podemos amar, comunicando a los demás el amor divino.

    “El amor, para ser verdadero, tiene que dolernos un poco –decía la Madre Teresa–. Debe ser un amor dispuesto a hacer todo lo que esté a nuestro alcance, no sólo para no hacer daño al otro si no para hacerle el bien… Una familia india me ofreció el ejemplo más extraordinario de amor al vecino. Un señor vino a nuestra casa y nos dijo: Madre Teresa, hay una familia que no come desde hace varios días. Haga algo, por favor... Tomé entonces un poco de arroz y fui hacia allí enseguida. Vi a los niños de aquella familia con ojos encendidos de hambre… La madre de la familia recibió el arroz que le di y salió de su casa. Cuando retornó le pregunté: ¿Adónde fue usted? Me respondió con sencillez: Mis vecinos también tienen hambre… ¿Estamos dispuestos a dar hasta que nos duela para ser así solidarios con nuestra familia, o anteponemos nuestros intereses personales?”[10].

    “¡Nunca se dejen desalentar por el mal! –decía el gran Papa Juan Pablo II–. Para ello necesitan la ayuda de la oración y el consuelo que brota de una amistad íntima con Cristo. Sólo así, viviendo la experiencia del amor de Dios e irradiando la fraternidad evangélica, podrán ser los constructores de un mundo mejor… ¡vayan con confianza al encuentro de Jesús! Y… ¡no tengan miedo de hablar de Él! Pues Cristo es la respuesta verdadera a todas las preguntas sobre la persona y su destino… Al volver la mirada atrás y recordar estos años de mi vida, les puedo asegurar que vale la pena dedicarse a la causa de Cristo y, por amor a Él, consagrarse al servicio de la humanidad”[11]. Si lo hacemos, la alegría eterna de Jesús estará en nosotros, y con el salmista podremos exclamar: “nos ha mostrado su amor y su lealtad… nos ha dado a conocer su victoria”[12].

    [1] MARTÍN Descalzo José Luís, “Razones para el amor”, Ed. Biblioteca Básica del Creyente, Madrid, 1998, pp. 23-25.

    [2] BENEDICTO XVI, Homilía en la Misa de inauguración solemne de su Pontificado, 24 de abril de 2005.

    [3] SAN AGUSTÍN, In Ioannem tract., 83.

    [4] SAN AGUSTÍN, ut supra.

    [5] SAN GREGORIO, In Evang. hom. 27.

    [6] 1 Cor 13, 8.

    [7] Cfr. 1ª Lectura: Hch 10, 25-26. 34-35. 44-48.

    [8] BENEDICTO XVI, Enc. “Deus caritas est”, n. 18.

    [9] Cfr. 2ª Lectura: 1 Jn 4, 7-10.

    [10] MADRE TERESA DE CALCUTA, Discurso en el Desayuno anual de Oración en Washington D.C., 4 de febrero de 1994. www.vidahumana.org.

    [11] JUAN PABLO II, Discurso a los jóvenes, Base Aérea de Cuatro Vientos, Madrid, 3 de mayo de 2003.

    [12] Cfr. Sal 97 y su estribillo.