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Homilía may. 20 / 2012, Solemnidad de la Ascencion del Señor

    EscudoLiraHOMILÍA DE S.E. MONS. EUGENIO LIRA RUGARCÍA
    OBISPO AUXILIAR DE PUEBLA
    SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR – CICLO B

     

    Subió al cielo y está sentado a la derecha de Dios (cfr. Mc 16, 15-20)
    Cristo asciende al cielo ¡retorna victorioso!

    “¡Oh divino esplendor de Dios por quien vi el alto triunfo del reino veraz escribe Dante Alighieri (1265-1321) en La Divina Comedia Luz hay allá arriba que hace visible al Creador a toda criatura / que en su visión tan sólo paz encuentran”[1]. Allá, al Cielo va Cristo, revelando así, “de modo inequívoco su divinidad –nos dice el Papa Benedicto XVI–: vuelve al lugar de donde había venido, es decir, a Dios, después de haber cumplido su misión en la tierra”[2]. Retorna victorioso, con la Cruz en las manos, signo del amor hasta el extremo, “como la llave que abre las puertas del Paraíso”[3].  “Entre voces de júbilo… Dios, el Señor, asciende hasta su trono –nos dice el salmista–. Cantemos en honor de nuestro Dios… Porque Dios es el Rey del universo”[4].

    “Hoy nuestro Señor Jesucristo ha subido al cielo; suba también con Él nuestro corazón”[5], nos exhorta san Agustín. Que no tengan que decirnos los ángeles lo mismo que a aquellos Galileos “¿Qué hacen allí parados mirando al cielo? Ese mismo Jesús… volverá como lo han visto alejarse”[6]. ¡Sí!, volverá para hacernos partícipes de su dicha sin límites ni final. “Al subir al cielo –comenta el Papa Benedicto XVI–, volvió a abrir el camino hacia nuestra patria definitiva, que es el Paraíso. Ahora, con la fuerza de su Espíritu, nos sostiene en nuestra peregrinación diaria en la tierra”[7]. Así podemos cumplir la tarea maravillosa que nos encomendó: “Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio”. Nos confía la misión de anunciar la Buena Noticia de que en Cristo, Dios, que es amor, se ha hecho presente en nuestro mundo, para conducirnos a su morada divina ¡el Cielo!

    Por eso, san Pablo nos dice: “Pido al Dios de nuestro Señor Jesucristo… les ilumine la mente para que comprendan cuál es la esperanza que les da su llamamiento”[8]. Santa Teresa, que lo comprendió, exclamaba: “Aquella vida de arriba / es la vida verdadera; /hasta que esta vida muera, /no se goza estando viva. / Muerte, no me seas esquiva; / viva muriendo primero, / que muero porque no muero”[9]. ¡Sí!, gracias a Cristo, la muerte, máxima expresión del poder del pecado, ha sido vencida; ahora sólo es el fin de la vida terrena, que resulta de la separación del alma y del cuerpo. Por Jesús, el alma, temporalmente separada del cuerpo, va al encuentro con Dios, donde recibe lo que con sus obras eligió[10].

    Lo que se necesita para subir al Cielo

    Quienes vivieron amando a Dios, amándose ordenadamente a sí mismos, y amando de manera creativa, concreta y activa a sus semejantes, cuidando y perfeccionando la creación, al morir alcanzan la participación en la vida plena y feliz de Dios. A eso se le llama ir al “Cielo”, la vida perfecta, eterna y feliz que se alcanza en la comunión de amor con la Santísima Trinidad, con la Virgen María, los ángeles y todos los bienaventurados. Es la realización de las aspiraciones más profundas del ser humano; el estado supremo y definitivo de dicha; es «estar con Cristo»[11]. “Pues…donde está Cristo, allí está la vida”[12], señala san Ambrosio. Finalmente, cuando Cristo vuelva, la muerte, será vencida[13], y el alma de cada persona volverá a unirse a su propio cuerpo, que será transformado en un cuerpo de gloria. “Por eso la resurrección significa realización perfecta, profunda armonía… participación en la vida íntima de Dios mismo… y el descubrimiento, en Dios, de todo el «cosmos»[14], explicaba el Papa Juan Pablo II.

    “Hoy, en espíritu, estuve en el cielo –escribe santa Faustina–… vi lo grande que es la felicidad en Dios”[15]. Esta esperanza impulsa al cristiano a servir al mundo como alguien “que sabe imperturbablemente que, a través de todos los fracasos y de todas las discordias humanas, se va cumpliendo la meta de la historia: la transformación del caos… en la ciudad eterna”[16]. Así, conscientes de que el Señor está con nosotros todos los días[17], debemos aprovechar cualquier oportunidad para anunciar la Buena Noticia de que el amor es el auténtico poder; hagámoslo en nuestro matrimonio, en nuestra familia, en nuestro noviazgo, en nuestros ambientes de amistades, de vecinos, de estudios, de trabajo y de convivencia social.

    Hagámoslo también a través de los Medios de Comunicación, que tanto influyen en el mundo actual[18], y que los cristianos tenemos la misión de hacer instrumentos al servicio de la persona humana. Por eso, en este día en que celebramos la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales, pedimos a Dios su fuerza para que todos sepamos utilizarlos responsablemente, de modo que, respetando la  vida, la dignidad y los derechos fundamentales de toda persona, favorezcan la comunión y la solidaridad entre los individuos y los pueblos[19] ¡Seamos auténticos discípulos del Señor, para que podamos llegar a donde nuestra Cabeza nos ha precedido. “¡Cuál no será tu gloria y tu dicha! –decía san Cipriano de Cartago–: ser admitido a ver a Dios… gozar en el Reino de los cielos en compañía de los justos… las alegrías de la inmortalidad alcanzada”[20].


    [1] ALIGHIERI Dante, “La Divina Comedia”, Paraíso, Canto XXX, nn. 98-102.

    [2] BENEDICTO XVI, «Regina Caeli», 21 de mayo de 2006.

    [3] LITURGIA DE LAS HORAS, Himno de II Vísperas, Solemnidad de la Ascensión del Señor, Tomo II, p. 937.

    [4] Sal 46.

    [5] SAN AGUSTÍN, Sermón Mai 98, Sobre la ascensión del Señor, 1-2.

    [6] Cfr. 1ª Lectura: Hch 1, 1-11.

    [7] BENEDICTO XVI, Regina Caeli, 8 de mayo de 2005, VII Domingo de Pascua.

    [8] Cfr. 2ª Lectura: Ef 1, 17-23.

    [9] SANTA TERESA DE JESÚS, “Vivo sin vivir en mí”, en Obras completas, BAC, Madrid, 1980.

    [10] Cfr. Jn 11, 25.

    [11] Cfr. Jn 14, 3; Flp 1, 23; 1 Ts 4,17; Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1023-1025.

    [12] SAN AMBROSIO, In Luc. 10,121.

    [13] Cfr. 1 Cor 15,26.

    [14] JUAN PABLO II, Audiencia, 15 de enero de 1982, nn. 4,5; Audiencia, 9 de diciembre de 1981, nn. 2, 3, 4; Audiencia, 16 de diciembre de 1981, nn. 1, 2, 4, 5.

    [15] KOWALSKA Faustina, “Diario. La Divina Misericordia en mi alma”, Op. Cit., n. 777.

    [16] RATZINGER Cardenal Joseph, “Fe, verdad y tolerancia”, Ed. Sígueme, Salamanca, 2005, p. 39.

    [17] Cfr. Aclamación: Mt 28, 19.20.

    [18] JUAN PABLO II, Enc. “Redemptoris missio”, n. 37.

    [19] Cfr. PÍO XII, Encíclica “Miranda Prorsus”, ASS, XLIV (1957),  p. 765; CONCILIO VATICANO II, Decr. “Inter mirifica”, n. 5; JUAN PABLO II, Enc. “Redemptoris missio”, n. 37;  PONTIFICIO CONSEJO PARA LAS COMUNICACIONES SOCIALES, Instr. Past. “Aetatis Novae”, 1992; PONTIFICIO CONSEJO PARA LAS COMUNICACIONES SOCIALES, “Ética en las comunicaciones”, 2000.

    [20] SAN CIPRIANO DE CARTAGO, Ep. 56,10.