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Homilía oct 7 / 2011, Primera celebración litúrgica del Beato Palafox

    EscudoLiraHOMILÍA DE S.E. MONS. EUGENIO LIRA RUGARCÍA
    OBISPO AUXILIAR DE PUEBLA
    EN LA PRIMERA CELEBRACIÓN DE LA MEMORIA LITÚRGICA DEL
    BEATO JUAN DE PALAFOX Y MENDOZA, NOVENO OBISPO DE PUEBLA
    Basílica Catedral de Puebla, 6 de octubre de 2011

     

    Señoras y señores miembros del Comité Interinstitucional “Palafox Obra y Legado”, formado por el Gobierno del Estado, la Quincuagésima octava Legislatura del Congreso del Estado, el Ayuntamiento de Puebla, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla y la Arquidiócesis de Puebla.

    Señores presbíteros y diáconos.
    Padres formadores y alumnos de nuestro Seminario Palafoxiano.
    Hermanas y hermanos de la vida consagrada.
    Amigos de Fitero, Navarra, España.
    Señoras y señores de los medios de comunicación y periodistas.
    Muy queridas hermanas y hermanos en Cristo.

    Con inmensa gratitud hacia Dios nuestro Señor y con profunda alegría, la Iglesia que peregrina en Puebla, en comunión con la Arquidiócesis Primada de México, la diócesis de El Burgo de Osma-Soria y la Parroquia de Fitero, Navarra, España, celebra hoy, por vez primera, la memoria litúrgica de su gran Obispo, el beato Juan de Palafox y Mendoza, a quien el Papa Benedicto XVI ha llamado: “heraldo infatigable del Evangelio, pastor servicial del rebaño encomendado (y) valiente defensor de la Iglesia[1].

    ¡Cuántas obras llevó a cabo Palafox! “uno de los personajes más singulares de la historia de la santidad”[2], como ha señalado el Cardenal Angelo Amato.

     “Hijo ejemplar, hermano amoroso, estudiante responsable, administrador eficaz, honesto servidor público, Buen Pastor, gobernante justo, promotor y defensor de los indígenas y de los más necesitados, impulsor de la economía, mecenas del arte y de la cultura, pensador y escritor prolífico”, como señalaba el Excmo. Sr. Nuncio Apostólico, Mons. Christophe Pierre, el día en que Puebla tuvo la dicha de recibir parte de los Restos-Reliquias de su noveno Obispo, para que finalmente pudieran reposar en esta magnífica Catedral que nos ha legado, declarada “patrimonio de la humanidad”.

     Sin embargo, como señalaba el mismo Sr. Nuncio, la mayor de las obras de Palafox ha sido traernos y llevarnos a Cristo, en quien nos unimos a Dios. De esto da cuenta precisamente esta Basílica Catedral, expresión de alabanza a Dios[3], y símbolo y hogar visible de la comunidad diocesana, presidida por el Obispo, que nos recuerda que, por Cristo, Dios se hizo “Dios con nosotros” (cfr. Mt 1, 23), para hacernos piedras vivas del edificio de su Cuerpo, la Iglesia. Así lo decía el propio Beato al consagrarla el 18 de abril de 1649: “…estas losas, esta piedra… estos retablos… todo aspira… a que hagamos templo nuestras almas del Verbo de Dios[4].

    Ese fue el deseo que impulsó al Beato Juan de Palafox, nacido en circunstancias difíciles el 24 de junio del Jubileo del año 1600 en Fitero, Navarra, a dejar su patria y venir a nuestras tierras: servir a la causa del Evangelio, que es la proclamación más clara de los derechos humanos.

    Evaluando los nueve años de la presencia del Obispo-Virrey en Puebla y en México, podemos aplicar a nuestro amado Beato las palabras de san Pablo: “nuestra visita no fue inútil. A pesar de los sufrimientos e injurias… tuvimos valor, apoyados en nuestro Dios, para predicarles el Evangelio… Les teníamos tanto cariño que deseábamos entregarles no sólo el Evangelio de Dios, sino hasta nuestras propias personas[5]

    Efectivamente, Palafox comprendió que su vida sólo podía ser plena, fecunda y eterna viviendo cada día como discípulo y misionero de Cristo, a pesar de las adversidades. Por eso, al recordar el tiempo en que, lejos de Dios había desperdiciado su existencia, exclamaba: “¿Qué lágrimas son bastantes para llorar el haber yo mismo… despedazado la túnica de la gracia…?[6].

    Pero luego, escuchando a Jesús, que nos ha dicho: “Como el Padre me amó, yo también los he amado a ustedes; permanezcan en mi amor” (Jn 15, 9)[7], lleno de confianza en la misericordia divina, afirmaba: “Tanto pueden, Dios mío, vuestros méritos… que exceden los remedios a los daños” [8].

    Con esta convicción, Palafox permaneció unido a Jesús, que nos ha dicho: Éste es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando” (Jn 15, 9-17) [9].

    Jesús, el Hijo unigénito del Padre, creador de todas las cosas, que se ha hecho uno de nosotros para salvarnos del pecado y hacernos hijos de Dios, nos comunica la fuerza de su amor, el Espíritu Santo, para que seamos capaces de amarnos los unos a los otros, como Él  nos ha amado.

    Por eso, en su carta Pastoral titulada “Con júbilo”, nuestro amado Arzobispo, Mons. Víctor Sánchez Espinosa, comenta: “Si Palafox pudo llevar a cabo tareas pastorales y seculares que parecían superiores a las fuerzas humanas, ciertamente se debió a la acción de Dios en su vida”.

    ¡Él es quien nos ha elegido y nos ha destinado para que vayamos y demos fruto, y nuestro fruto permanezca! Hoy precisamente reconocemos esa elección divina en el Beato Juan de Palafox, cuyo fruto ha permanecido en esta tierra por cuatro siglos y permanecerá en el Cielo por toda la eternidad. En él se cumplen las palabras del salmista: “El justo jamás vacilará, su recuerdo será perpetuo” [10].

    Pero ¿Cuál es el fruto destinado a permanecer y que el Señor espera de nosotros? El amor, como explica san Agustín, cuyas “Confesiones” tanto ayudaron a nuestro Beato en el camino de conversión y seguimiento de Cristo: “Donde la caridad está, ¿qué es lo que puede faltar? En donde ella no existe, ¿qué puede haber de provecho?” [11].

    Queridos hermanos y hermanas, la mejor forma de glorificar a Dios nuestro Señor y de honrar a nuestro querido Beato, creado, redimido y santificado por la Trinidad Santísima, será siempre seguir a Jesús. Y, permaneciendo en su amor, en comunión con su Iglesia a través de su Palabra, sus sacramentos y la oración, comunicar su infinita misericordia a cuantos nos rodean, con nuestras palabras, con nuestras acciones, con nuestras oraciones, e incluso, con nuestros sufrimientos.

    Fiados en la primacía de la gracia, vivamos cada día un amor creativo, concreto y activo hacia el prójimo; un amor que no se detenga ante los obstáculos y los fracasos, como nos exhortaba otro gran Beato, el Papa Juan Pablo II[12].

    Pongamos lo que esté de nuestra parte para edificar un mejor matrimonio, una familia más sana y unida, una Iglesia en comunión decididamente misionera y una sociedad más humana, justa, segura y en paz, que, respetando la vida y dignidad de toda persona desde el momento de su concepción hasta su ocaso natural, pueda ofrecer a todos las necesarias condiciones para un desarrollo integral.

    Hagámoslo, aunque el panorama parezca difícil, con la misma convicción de nuestro amado Palafox: “Tanto pueden, Dios mío, vuestros méritos… que exceden los remedios a los daños” [13].

    Que Santa María de Guadalupe y el Beato Juan de Palafox y Mendoza nos alcancen de Dios la sabiduría y la fuerza necesarias para permanecer en Él y dar cada día fruto, poniendo nuestra mirada en la eternidad feliz que nos aguarda.


    [1] Carta Apostólica para la beatificación del Venerable Siervo de Dios Juan de Palafox y Mendoza, 26 de mayo de 2011.

    [2] Homilía en la Misa Solemne de Beatificación del Venerable Siervo de Dios Juan de Palafox, n. 2.

    [3] Cfr. JUAN PABLO II, Homilía en Misa celebrada en la Catedral de Madrid, 15 de junio de 1993.

    [4] Citado en ARGÁIZ Gregorio, Vida de Don Juan de Palafox, Sumario sexto, n. 15.

    [5] 1ª Lectura: 1 Tes 2, 1-13.19-20.

    [6] Vida interior, Cap. VI, n. 6.

    [7] Aclamación antes del Evangelio.

    [8] Ibíd. Cap. VI, n 21.

    [9] Evangelio de la memoria.

    [10] Sal. 111, 1ss.

    [11] In Ioannem tract., 83.

    [12] Cfr. Carta Ap. “Novo millennio ineunte”, Cap. IV.

    [13] Ibíd. Cap. VI, n 21.