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Homilía sep. 23 / 2011

    EscudoVictorHOMILÍA DE S.E. MONS. VÍCTOR SÁNCHEZ ESPINOSA
    ARZOBISPO DE PUEBLA

    EN LA MISA DE RECEPCIÓN DE LAS RELIQUIAS DEL BEATO PAPA JUAN PABLO II S.I.
    Basilica Catedral de Puebla,
    23 de septiembre de 2011
    Año Jubilar Palafoxiano


    Venerables hermanos en el episcopado.

    Reverendos sacerdotes y diáconos.

    Hermanas y hermanos consagrados.
     

    Amigas y amigos laicos: 

    El domingo 28 de enero de 1979, Puebla recibía con gran alegría la primera visita de un Sucesor de san Pedro; el Papa Juan Pablo II llegaba a la Angelópolis para inaugurar la Tercera Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en nuestro Seminario Palafoxiano, fundado por el beato Obispo Juan de Palafox y Mendoza en 1644.

    En ese primer viaje pastoral de su largo y fecundo Pontificado, Juan Pablo II descubrió su vocación de Papa peregrino, que le llevó a recorrer el mundo a través de 104 viajes internacionales para anunciar, celebrar y testimoniar a Cristo.

    ¡Ahora, en este Año Jubilar Palafoxiano, Juan Pablo II regresa espiritualmente a Puebla! Lo hace como beato a través de sus Reliquias. Esta ampolla que contiene un poco de su sangre y esta faja que usó en su vestimenta pontificia, manifiestan que Dios, que lo creó, lo redimió y lo santificó, nos sigue bendiciendo a través de este gran siervo suyo, a quien nos ofrece como intercesor y como modelo de discípulo y misionero de Cristo.

    “Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte, generosa y apostólica”[1], afirmó el Papa Benedicto XVI en la Misa de su beatificación. Efectivamente, Juan Pablo II ha llegado a la gloria del Cielo porque creyó en Dios, confió en Él, le amó e hizo su voluntad comunicando al mundo la misericordia divina con sus enseñanzas, sus acciones, sus oraciones y sus sufrimientos.

     “Desde el comienzo de mi pontificado –dijo al celebrar veinticinco años de supremo ministerio– mis pensamientos, mis oraciones y mis acciones han estado animados por un único deseo: testimoniar que Cristo, el buen Pastor, está presente y actúa en su Iglesia. Él va continuamente en busca de la oveja perdida, la lleva al redil y venda sus heridas; cuida de la oveja débil y enferma y protege a la fuerte. Por eso, desde el primer día, no he dejado jamás de exhortar: ¡No tengan miedo de acoger a Cristo y aceptar su poder! Déjense guiar por él. Fíense de su amor”[2].

    Juan Pablo II, con el testimonio de su propia vida –sobre todo en la última etapa de su existencia terrena marcada por el sufrimiento–, nos demostró que fiarse del amor de Dios no consiste en experimentar una emoción superficial y pasajera, sino en entrar en la dinámica de la misericordia divina. Por eso decía que cada día sentía que el Señor le repetía las palabras que dirigió a san Pedro: “¿Me amas?… Apacienta mis ovejas” (cfr. Jn 21, 15-19) [3].

    San Juan Crisóstomo, meditando en este pasaje de la Escritura, comentaba que el diálogo de Jesús con Pedro puede traducirse así: “Si me amas, preside a tus hermanos, y da testimonio… del amor… sacrificando por mis ovejas esa vida que dijiste que darías por mí”[4].

    Así supo hacerlo Juan Pablo II; sacrificó su vida, es decir, la hizo plena dedicándola a Dios sirviéndonos a todos, a través del anuncio del Evangelio, de la celebración litúrgica, de la oración, y de la defensa y promoción de la vida, la dignidad y los derechos de toda persona, colaborando con la obra de salvación de la humanidad.

     ¿Dónde encontró la fuerza para amar así, sin reservas? ¿Para perdonar y hacer el bien a quienes pretendieron dañarlo, como el hombre que intentó matarlo el 13 de mayo de 1981? ¿Para perseverar hasta el fin dando lo mejor de sí, a pesar de que la enfermedad lo despojo de todo? Siguiendo al Señor, el Pastor con quien nada nos falta, y al que supo unirse desde temprana edad con la ayuda de María Santísima.

     Jesús es el Pastor que nos conduce al redil de su Iglesia. El Pastor que nos guía con su Palabra, contenida en la Biblia y en la Tradición de la Iglesia. El Pastor que nos sana en el sacramento de la Reconciliación. El Pastor que nos alimenta en la Eucaristía. El Pastor que nos escucha en la oración. El Pastor que, como anunciaba el salmista, nos lleva a la paz por las sendas de la justicia (cfr. Sal 22).

     Unido a Cristo, el beato Juan Pablo II fue capaz de comunicar el amor de Dios al mundo, consciente de que, como ha dicho el Papa Benedicto XVI: “Sólo la Misericordia divina puede poner un límite al mal; sólo el amor todopoderoso de Dios puede derrotar la prepotencia de los malvados y el poder destructor del egoísmo y del odio”[5].

     ¡Cómo necesitamos comprender esta gran verdad! Sobre todo ahora que nuestra patria se encuentra aquejada por la injusticia, la inseguridad y la violencia. Frente a este doloroso panorama, es preciso recodar las palabras pronunciadas por Cristo el día de su resurrección, y que tantas veces nos repitió aquel Papa que se declaró “mexicano”: “¡No tengan miedo!”.

     ¡No tengamos miedo! Cristo, que murió en la Cruz para rescatarnos y que resucitó para darnos vida eterna, nos ha probado que el amor es más poderoso que el mal, que el pecado y que la muerte[6].

     ¡No tengamos miedo! Porque en definitiva Dios, el Pastor que vela por nosotros, puede hacer regresar al redil a la oveja descarriada y conducirnos a todos a la altura de la vida eterna, como lo anunciaba a través del profeta Ezequiel (cfr. 34,11-16).

     Confiando en Él hagamos nuestra parte, decidiéndonos de una vez por todas a vencer al mal con el bien (cfr. Rm 12, 21),  “fomentando actitudes nobles y desinteresadas de generosidad y de paz”[7], como lo pedía el Papa, inspirado en las palabras del Apóstol san Pablo.

     

     Esto exige que, a nivel personal, familiar y social, recuperemos y pongamos en práctica aquellos valores que hacen posible una convivencia verdaderamente humana, y que nos guían hacia la eternidad: el respeto a la vida, a la dignidad y a los derechos fundamentales de toda persona, desde su concepción hasta su ocaso natural.

     Aprendiendo del ejemplo de Juan Pablo II, dejémonos conducir por el Señor en la salud y en la enfermedad, en las alegrías y en las penas, en los éxitos y en los fracasos, y en medio de toda adversidad, de todo obstáculo y de cualquier dificultad, por grandes que parezcan, teniendo siempre presente aquello que el hoy beato afirmó, como fruto de su propia y larga experiencia: “Cuando todo se derrumba alrededor de nosotros, y tal vez también dentro de nosotros mismos, Cristo sigue siendo nuestro apoyo que no falla”[8].

     Demos gracias a Dios por haber concedido a la Iglesia y al mundo el don del beato Juan Pablo II, cuya intercesión imploramos al venerar sus Reliquias, suplicándole nos obtenga del Padre la gracia de su Espíritu para que, imitando su ejemplo, unidos a Santa María de Guadalupe y a toda la Iglesia, fieles al Papa Benedicto XVI, sigamos a Jesús; y como discípulos y misioneros suyos, venciendo al mal con el “poder fascinante del amor”[9], construyamos una Puebla, un México y un mundo mejor, para luego gozar de Dios por toda la eternidad.

     Que así sea.

     

     

     


    [1] BENEDICTO XVI, Homilía en la beatificación del Siervo de Dios Juan Pablo II, 1º  de mayo de 2011.

    [2] Cfr. Homilía, 16 de octubre de 2003, n. 2.

    [3] Ibíd., n. 1.

    [4] In Ioannem, hom. 87.

    [5] BENEDICTO XVI, Homilía en la Misa de sufragio por el Papa Juan Pablo II en el 3er. Aniversario de su muerte, 2 de abril de 2008.

    [6] Cfr. JUAN PABLO II, Enc. “Dives in misericordia”, n. 8.

    [7] JUAN PABLO II, Mensaje para la XXXVIII Jornada Mundial de la Paz,  1º de enero de 2005, n 3.

    [8] “¡Levantaos! ¡Vamos!”, Ed. Plaza & Janes, México, 2004, p. 170.

    [9] JUAN PABLO II, Discurso a los jóvenes, base aérea de Cuatro Vientos, Madrid, 3 de mayo de 2003, n. 3.