IGLESIA, VIDA DE FE Y TURISMO

CEM newConferencia de S.E. Mons. Eugenio Lira Rugarcía
IV Encuentro de Pastoral del Turismo
Acapulco, Gro., 29 de mayo de 2013

 

Amigas y amigos:

En el Año de la Fe, nos reunimos como Iglesia para tratar de comprender lo que el Señor nos pide ante una actividad humana que se difunde cada vez más: el turismo. Es significativo que este encuentro se desarrolle en un destino turístico tan importante como Acapulco. Agradecemos a S.E. Mons. Carlos Garfias Merlos, Arzobispo de esta Iglesia particular y a todos nuestros anfitriones su fraternidad, amabilidad y generosidad, que esperamos se repita con mucha frecuencia.

La actividad humana denominada turismo

Para comenzar nuestra reflexión me parece importante estar de acuerdo en lo que entendemos por turismo. Según la Organización Mundial del Turismo, institución vinculada al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo,el turismo comprende las actividades que realizan las personas durante sus viajes y estancias en lugares distintos al de su entorno habitual, por un período consecutivo inferior a un año y mayor a un día, con fines de ocio, por negocios o por otros motivos.

En Occidente, desde tiempos remotos muchas personas han realizado esta actividad, como lo vemos en la Grecia antigua, particularmente en ocasión de los Juegos en la ciudad de Olimpia. En Roma, muchos viajaban hacia la costa, lo que se facilitó gracias a la Paz romana, el desarrollo de vías de comunicación y la prosperidad económica. En la edad media los desplazamientos estaban relacionados sobre todo con las peregrinaciones a Tierra Santa, Santiago de Compostela y Roma.

En Inglaterra, a partir del siglo XVI surgió la costumbre de mandar a los jóvenes aristócratas que culminaban sus estudios a viajar por distintos países europeos, con el objeto de complementar su formación. A este viaje se le llamaba Grand Tour, de donde procede la palabra turismo.

La Revolución industrial de los siglos XVIII y XIX, que comenzó con la mecanización de las industrias textiles y el desarrollo de los procesos del hierro, trajo grandes transformaciones tecnológicas, socioeconómicas y culturales que, a pesar de suscitar problemas como la cuestión social, contribuyeron, junto a la mejora de las rutas de transportes, el nacimiento del ferrocarril y el uso del vapor en la navegación, al desarrollo del turismo.

En 1851, el inglés Thomas Cook, habiéndose percatado de las enormes posibilidades económicas que podría ofrecer la actividad turística, fundó la primera agencia de viajes del mundo: Thomas Cook and Son. Por su parte, Cesar Ritz mejoró los servicios de hotelería.

Tras la primera y segunda guerras mundiales, resurgió el interés por viajar y conocer diversos pueblos y culturas, lo que se vio favorecido por las nuevas legislaciones laborales que instituyeron las vacaciones pagadas, así como por la utilización del avión y del automóvil. Esto hizo del turismo la mayor industria a nivel mundial del siglo XX.

 

La Iglesia, cuerpo de Cristo,
iluminada por la fe abarca toda la realidad

El turismo, que tiene implicaciones económicas, financieras y culturales, es una expresión particular de la vida social, con consecuencias decisivas para las personas y los pueblos, a causa de su relación directa con el desarrollo integral de la persona. De ahí la necesidad de orientarlo, como las demás actividades humanas, a la edificación de la civilización en el sentido más auténtico y completo[1].

Por eso la Iglesia, que, como señala el Concilio Vaticano II, “se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia”[2], procura “discernir en los acontecimientos, exigencias y deseos, de los cuales participa juntamente con sus contemporáneos, los signos verdaderos de la presencia o de los planes de Dios”[3], y sabiéndose enviada por Cristo, comunica la fe, que “todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre”, orientando “hacia soluciones plenamente humanas”[4].

Pero ¿qué es la Iglesia? Para algunos, sólo una organización, una asociación con fines religiosos o humanitarios. Sin embargo, en realidad es, como afirmaba Benedicto XVI, “un cuerpo vivo, una comunión de hermanos y hermanas en el Cuerpo de Jesucristo, que nos une a todos”[5]. Para comprenderlo, necesitamos una mirada profunda; la mirada de Dios, que es amor. Ya lo dice la Escritura: “el hombre mira las apariencias, pero Dios mira el corazón” (1 Sam 16,7).

En sus Razones para el amor, Martín Descalzo escribió que la persona a la que más ha envidiado es Juan Sebastián Bach; y aclara que si antes lo envidiaba por su música, después de leer La pequeña crónica Ana Magdalena Bach, lo envidiaba mucho más por haber sido amado por alguien como ella. Pero se pregunta: “¿Amó Ana Magdalena a Juan Sebastián porque le comprendía y admiraba o, por el contrario, le comprendió y admiró porque le amaba?”. Y concluye: “ha respondido la propia Ana Magdalena, cuando… explica… Sebastián era un hombre muy difícil de conocer no amándole”[6].

Efectivamente, la clave para comprehender, es decir, “abarcar” a alguien, es el amor. Lo mismo sucede con la Iglesia y con toda la realidad. Por eso necesitamos unirnos a Dios, que es amor, para conocer de verdad.

Deseando nuestra dicha plena y eterna, Jesús, en quien Dios creador amoroso de todas las cosas ha venido a nosotros para rescatarnos del pecado y hacernos partícipes de su vida plena y eterna, nos ha mandado: “Permanezcan en mí, como yo en ustedes” (Jn 15, 4). Esto es posible gracias a que Él mismo nos ha hecho miembros vivos de su Cuerpo, la Iglesia(cfr. Col 1, 18), que “siempre está unificada en Él”[7]. Cristo y la Iglesia son el “Cristo total”[8].

Conmovido ante esta verdad, san Agustín exclamaba: “Felicitémonos y demos gracias por lo que hemos llegado a ser, no solamente cristianos sino el propio Cristo”[9]. Por su parte, san Gregorio Magno constataba: “Nuestro Redentor muestra que forma una sola persona con la Iglesia que Él asumió”[10]. “La salvación viene solo de Dios –explica el Catecismo de la Iglesia católica–; pero puesto que recibimos la vida de la fe a través de la Iglesia, ésta es nuestra Madre… Porque es nuestra Madre, es también la educadora de nuestra fe”[11].

Sin embargo, algunos, influidos por un ambiente individualista y relativista, han confundido la fe adulta, “con la actitud de quien ya no escucha a la Iglesia y a sus pastores, sino que elige autónomamente lo que quiere creer y no creer, o sea, una fe fabricada por cada uno. Y se la presenta como «valentía»… Sin embargo, en realidad, para eso no hace falta valentía… Para lo que de verdad se requiere valentía es para adherirse a la fe de la Iglesia, aunque esta fe esté en contraposición con el «esquema» del mundo contemporáneo”[12].

Si no nos dejamos guiar en el camino de la fe por la Iglesia, a través del Magisterio, y no le dejamos ayudarnos a interpretar y comprender la Revelación divina –contenida en la Biblia y en la Tradición–, nos confundiremos, como aquel hombre que encontró a su amigo conduciendo un flamante vehículo deportivo, y le preguntó: “¿Cómo lo conseguiste?”. “Lo gane en un concurso de televisión –dijo el otro–. Me hicieron una pregunta, respondí: «zapato», y me dieron este premio ¿Por qué no vas a concursar? ¡Te puedes ganar un coche!”

Siguiendo este consejo, aquel hombre fue al concurso. Comenzó el programa y el conductor le dijo: “Para ganar un automóvil responda ¿Cuál es el animal cuadrúpedo que da leche?”. El concursante, recordando lo que le había dicho su amigo, respondió: “zapato”. “¡No! –exclama el conductor– ¡Fíjese bien! Le doy otro dato: ese animal cuadrúpedo que da leche, además tiene pintas”. “Ah –respondió el concursante– “Zapato”. “¡Nooo!” –grita desesperado el conductor– ¡Ponga atención! Le voy a dar la última oportunidad. Es un animal cuadrúpedo, que da leche, tiene pintas y además hace Muuuu””. “¡Haberlo dicho antes! –responde el concursante– Es el mucasín…”

Quien se atiene literalmente a lo que alguno le ha dicho y sólo se oye a sí mismo, pierde la capacidad para escuchar y comprender. Esto le sucede a aquel que, habiendo recibido la invitación de ir a la Palabra de Dios, no se permite escuchar la otra parte de la Revelación –la Tradición–, ni se deja ayudar por la guía del Magisterio.

La necesidad de ayuda es difícil de aceptar para quien vive sometido a la dictadura del individualismo relativista. Sin embargo, la evidencia demuestra que la ayuda es necesaria. Por ejemplo, quien lee el Quijote de la Mancha, descubre desde sus primeros párrafos que no puede entenderlo sin ayuda: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados…”[13].

El texto está escrito en español y en el marco de nuestra civilización occidental. Sin embargo ¿lo entendemos? ¿Sabemos qué es una “adarga”? ¿Y eso de “duelos y quebrantos”? En algunas conferencias lo he preguntado, y la mayoría ha contestado que la “adarga” es un pequeño cuchillo, y que eso de “duelos y quebrantos” quiere decir el Quijote estaba muy triste. Estas confusiones se dan cuando carecemos de la “clave” que nos permite interpretar correctamente.

Esto mismo sucede cuando, con una actitud autosuficiente, pensamos que podemos interpretar sólo una parte de la Palabra de Dios, la Biblia, como cada uno la “sienta”, sin tener en cuenta la otra parte –la Tradición– y la guía del Espíritu Santo a través del Magisterio de la Iglesia. Entonces, el camino del encuentro con Dios se ve obstaculizado al “amputar” lo que Él nos ha revelado.

Volviendo al ejemplo del Quijote de la Mancha; para comprenderlo necesitamos la ayuda de expertos, como la “Real Academia Española”. Entonces podremos interpretar adecuadamente el texto, conociendo, por ejemplo, que la “adarga” no es un cuchillo, sino un escudo ligero de piel; y que “duelos y quebrantos” no son sinónimo de penas y lamentos, sino “huevos con tocino o chorizo”[14].

Así mismo, para comprender lo que Dios nos ha revelado, necesitamos tener en cuenta la totalidad de la Revelación, con la guía del Espíritu Santo a través del Magisterio. Santa Faustina, que entendía muy bien la importancia de creer en comunión con el cuerpo de Cristo, la Iglesia, exclamaba: “Oh, qué dulce es tener en el fondo del alma aquello en lo que la Iglesia nos ordena creer. Cuando mi alma está sumergida en el amor, resuelvo clara y rápidamente las cuestiones más complicadas”[15].

Efectivamente, la fe de la Iglesia nos ayuda a comprender la realidad, a elegir correctamente, a vivir con plenitud las alegrías y a enfrentar con esperanza las adversidades. La fe de la Iglesia nos llena de tal dicha que –como dice Aparecida– “deseamos que llegue a todos”[16], convirtiéndonos así en intrépidos discípulos y misioneros de Jesucristo.

 

La fe, lo definitorio y lo definitivo

Benedicto XVI afirmaba: “Si no conocemos a Dios en Cristo y con Cristo, toda la realidad se convierte en un enigma indescifrable; no hay camino y, al no haber camino, no hay vida ni verdad”[17]. Efectivamente, quien no tiene fe se siente solo, mira el mundo, la existencia, los acontecimientos y su propia vida de manera superficial, incompleta, inmediata, sin conexión y sin sentido. Piensa que las cosas suceden al azar, y que, a fin de cuentas, todo termina en el vacío de la nada.

Sin embargo, tanto la lógica de la razón como la del corazón nos dicen que no estamos solos, que todo debe tener orden y dirección, y que la vida no puede terminar en la nada. Esta intuición se convierte en certeza con el don divino de la fe, que Dios nos comunica a través de la Iglesia.

La fe es adhesión a una Persona que está con nosotros, descubriéndonos que nuestro ser y la vida tienen sentido, y que nos aguarda una meta tan grande que hace que valga la pena el esfuerzo del camino. “La Fe –explica la carta a los Hebreos– es la certeza de lo que se espera y la evidencia de lo que no se ve” (11,1).

La fe no nos lleva a eludir la realidad ¡Al contrario! Nos permite mirarla en su dimensión global, profunda y definitiva. Así nos ayuda a vivir con plenitud las alegrías y nos fortalece para enfrentar con esperanza las adversidades, impulsándonos a trabajar en nuestro desarrollo integral, personal y social; un desarrollo del que nadie quede excluido, fijando la mirada en la eternidad que nos aguarda.

 

Iglesia, fe y turismo

La fe hace posible escuchar a Jesús, que nos ha dicho: “Como el Padre me envió, también yo os envío. Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 21-22). Jesús nos envía, fortalecidos por su Espíritu, a iluminar al mundo con la luz de la verdad, que nos permite conocer la realidad en su totalidad, para actuar en consecuencia.

Prestando este servicio a todos los hombres y mujeres, evitaremos que caigan en manos de quienes pretender seducirlos con mentiras, como intentó hacerlo el guía de una excursión con el turista que le preguntó: “¿Qué tal es el aire de estos parajes?”. “Es el más sano del mundo –respondió– ¡Imagínese! Aquí no muere nadie”. “¡No exagere! –dice el turista– Al llegar vi que estaban llevando a alguien a sepultar”. “¡Ah –exclama el guía de la excursión– era el sepulturero ¡Pobre! se murió de hambre”.

El turista puede enfrentar muchos engaños: la propaganda que le induce a pensar que en la vida todo es glamur y disfrute; que debe encerrase en sí mismo, olvidarse de Dios, usar a los demás, desentenderse de ellos, y no preocuparse del medioambiente.

Esta superficialidad puede provocar que no lleguemos a comprender lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por nosotros, y que, para desgracia nuestra, lo desperdiciemos. Como sucedió al turista que, viajando a Tierra Santa, al escuchar el precio por atravesar en barca el lago Tiberiades, exclamó: “¡Es demasiado caro!”. “Los vale –respondió el barquero– Este es un lugar muy importante. Aquí Jesús camino sobre las aguas”. “¡No me extraña! –dijo el turista- Seguramente decidió hacerlo al oír el precio por cruzar en barca”. Aquel hombre no comprendió la señal de Jesús, que con su caminar sobre las aguas se manifestó como Dios encarnado que ha venido para inaugurar en beneficio de todos la esperanza de superar el pecado, el mal y la muerte.

Frente a la superficialidad, tan difundida y que hace tanto daño, no podemos permanecer indiferentes, sino que debemos sentirnos discípulos y misioneros de Cristo, teniendo presente que, como enseñaba el Concilio Vaticano II: “Hay que salvar a la persona humana y renovar la sociedad humana”[18].

Para hacerlo, necesitamos comenzar por mirar con el realismo de la fe, el progreso y el bienestar material, que permiten a numerosas personas disfrutar legítimamente de un tiempo libre para luego enfrentar con renovadas energías las preocupaciones de la vida cotidiana.

“Es muy justo –decía el beato Juan XXIII– que una parte de este tiempo libre se consagre a la diversión y procure la pausa necesaria al espíritu y al cuerpo… Pero es necesario también que el descanso fomente el desarrollo de los valores constitutivos de la persona humana y facilite una verdadera y auténtica vida social”[19].

En estas palabras, que provienen de la fe, encontramos luces sobre el verdadero sentido del descanso, y, por tanto, del turismo: debe ser una actividad que fomente el desarrollo integral de la persona y de la sociedad. Por eso, el beato Juan Pablo II afirmaba que el turismo, “es para el hombre una actividad compensadora y libre que debe ayudarlo a recrearse”[20].

Pero ¿cómo lograrlo? ¿Cómo ser “buenos turistas”? ¿Cómo contribuir a la cultura del “buen turismo”? Dejándonos guiar por la Palabra de Dios, que es lámpara para nuestros pasos, luz en nuestro sendero (cfr. Sal 118,105). “La Sagrada Escritura –comentaba Juan Pablo II– considera la experiencia del viaje como una oportunidad peculiar de conocimiento y sabiduría, puesto que pone a la persona en contacto con pueblos, culturas, costumbres y tierras diversos”[21].

“El que ha viajado mucho sabe muchas cosas –dice el Sirácide–, y el hombre de experiencia habla inteligentemente… el que ha andado mucho adquiere gran habilidad. Yo he visto muchas cosas en el curso de mis viajes, y sé mucho más de lo que podría expresar” (34, 9-11).

Siguiendo la definición que ofrece la Organización Mundial del Turismo –que ya hemos citado–, podemos considerar el viaje de Tobit como una actividad turística, en la que Dios nos enseña muchas cosas: a tenerlo presente y a dejarnos guiar por Él, a través de las mediaciones humanas de las que se sirve, para hacer de ese desplazamiento una oportunidad de encuentro y de desarrollo, que beneficie a los que nos rodean. También nos enseña a ser para los turistas como el ángel Rafael que acompañó a Tobit para protegerlo y guiarlo.

Como turistas, no podemos dejar en casa nuestro bautismo, sino que debemos vivir nuestra identidad cristiana en todas partes. Salir de casa y viajar no implica olvidar quién se es, los valores que orientan hacia el verdadero desarrollo, el respeto a sí mismo y a los demás, la responsabilidad respecto al medio ambiente. Quien hace a un lado su identidad, no recibe el beneficio de la recreación que la actividad turística bien vivida ofrece, sino que experimentará el hastío y la neurosis de la división interna.

“Bendice al Señor Dios en toda circunstancia –aconsejaba Tobit a su hijo Tobías–, pídele que sean rectos todos tus caminos y que lleguen a buen fin todas tus sendas y proyectos… recuerda estos mandamientos y no permitas que se borren de tu corazón.” (Tb 4, 19). Al viajar, debemos ser conscientes de estar acompañados por Dios, que todo lo ilumina, y procurar conversar frecuentemente con Él, a través de la oración, y, sobre todo, de la celebración Eucarística.

Apropósito de esto último, un sacerdote amigo mío, a los que dicen que durante su viaje no fueron a Misa argumentando que no sabían dónde estaba la Iglesia ni los horarios de Misa, les responde: “¡Ah! Pero a que sí sabías dónde estaban las tiendas, los restaurantes y los lugares a los que te interesaba ir”.

A quien le parezca que proponer cuidar la vida espiritual es imposible, podríamos responderle lo que, aunque en otra circunstancia, dijo el Quijote a Sancho: “Como no estás experimentado en las cosas del mundo –es decir, como aún eres inmaduro–, todas las cosas que tienen algo de dificultad te parecen imposibles”[22].

Viajando como auténticos cristianos, además de evitar degradarnos y degradar a otros cayendo en la tentación de diversiones poco sanas o de plano totalmente insanas, podremos descubrir el turismo como espacio de encuentro con Dios, “que en la creación y en las obras del hombre nos muestra su amor y su providencia”; como espacio de encuentro consigo mismo, y de encuentro con los demás, para construir una convivencia humana entre las personas y los pueblos[23].

“El turismo –decía Juan Pablo II– pone en contacto con otras maneras de vivir, con otras religiones, otras formas de ver el mundo y su historia. Eso lleva al hombre a descubrirse a sí mismo y a los demás, como individuos y como colectividad, inmersos en la vasta historia de la humanidad, herederos de un universo familiar y a la vez extraño y solidario con él. Surge así una nueva visión de los demás, que evita el peligro de permanecer replegados en sí mismos”[24].

Guiados por Dios, podemos descubrir el turismo como una ocasión de solidaridad. “La fe –comentaba el mismo Pontífice– estimula a peregrinos y turistas a tener ojos capaces de ver la realidad, sin quedarse en la superficie de las cosas, especialmente cuando se tiene ocasión de visitar lugares y situaciones en los que la gente vive en condiciones humanas precarias y donde la aspiración a un desarrollo equitativo se ve seriamente amenazada por factores de desequilibrio ambiental y por injusticias estructurales”[25].

“… es necesario –señala– resistir a la tentación de encerrarse en una especie de isla feliz, aislándose del ambiente social… es preciso evitar aprovecharse de la propia posición de privilegio para explotar las necesidades de la gente del lugar. Por tanto, la visita ha de ser ocasión de diálogo entre personas de igual dignidad; motivo de mayor conocimiento de los habitantes del lugar y de su historia y cultura; y apertura sincera a la comprensión del otro, que desemboque en gestos concretos de solidaridad[26].

“Esta solidaridad –explicaba– se practica ante todo respetando la dignidad personal de la población del lugar, su cultura y sus costumbres, con una actitud de diálogo para promover el desarrollo integral de cada uno. En el viaje turístico esta actitud es aún más exigente, puesto que es más palpable la diversidad de civilizaciones, culturas, condiciones sociales y religiones”[27].

En cuanto a los que se dedican a la actividad turística por opción profesional o le consagran parte de su tiempo libre, los que viven en localidades turísticas o forman parte de comunidades cristianas que tienen contactos constantes con peregrinos y turistas, es importante que se sientan llamados a ser, como ya hemos dicho, “mensajeros” de Dios, con la misma actitud del arcángel Rafael, que, luego de acompañar a Tobías en su viaje, le dijo a él y a su familia: “Si he estado con ustedes no ha sido por pura benevolencia mía, sino por voluntad de Dios. A Él deben bendecir todos los días” (Tb 12, 18).

Una concepción cristiana del turismo, nos educa para la hospitalidad, la gentileza, la recíproca comprensión, la bondad, el respeto al prójimo; “sobre todo –señalaba Juan Pablo II–, una educación religiosa a fin de que el turismo jamás altere las conciencias y jamás rebaje el espíritu, sino más bien los eleve, lo purifique, lo lleve al diálogo con lo absoluto y a la contemplación del misterio inmenso que nos envuelve y nos atrae”[28].

De esta manera, el turismo, favoreciendo un mejor conocimiento recíproco entre los valores y la identidad de las diversas culturas, puede contribuir a la edificación de un mundo más justo y pacífico con visión humana y de la historia, ya que muchas de las situaciones de violencia que sufre la humanidad en nuestros tiempos tienen su raíz en la incomprensión, e incluso en el rechazo hacia las culturas ajenas[29].

Llenos del amor divino, podremos amar a Dios, amarnos a nosotros mismos, y amar a los demás, siendo constructores de unidad en nuestra familia y en nuestra sociedad. Hagámoslo procurando ser, como lo ha pedido el Papa Francisco, constructores de puentes, y no de muros[30].

Finalmente, como turistas o como anfitriones del turista, hemos de tener presente el gran consejo de san Gregorio Magno: “No nos dejemos seducir por la prosperidad, ya que sería un caminante insensato el que, contemplando la amenidad del paisaje, se olvidara del término de su camino”[31].

Somos peregrinos que viajamos hacia el cielo. Que la Virgen María nos ayude para que el camino que tomemos sea el correcto, y que la manera de recorrerlo sea la adecuada, para que alcancemos la meta que tanto anhelamos, y para la que Dios nos ha creado, redimido y santificado.

Siguiendo el consejo del Quijote: “Sé breve en tus razonamientos, que ninguno hay gustoso si es largo”[32], concluyo esta charla, agradeciendo su amable atención.

 


[1] Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje para la XXIV Jornada Mundial del Turismo, 2003.

[2]Gaudium et spes, n. 1.

[3] Íbid., n. 11.

[4] Ídem.

[5] Audiencia, 27 de febrero de 2013.

[6] MARTÍN Descalzo José Luís, Razones para el amor, Ed. Biblioteca Básica del Creyente, Madrid, 1998, pp. 23-25.

[7] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 789.

[8] Ibíd., nn. 792-795.

[9]In Iohannis evangelium tractatus, 21, 8.

[10] Moralia in Job, Praefatio 6, 14.

[11] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 169.

[12] Primeras Vísperas de la solemnidad de san Pedro y san Pablo con ocasión de la clausura del Año Paulino, 28 de junio de 2009.

[13] CERVANTES Miguel, Don Quijote de la Mancha, Ed. Del IV Centenario, Ed. Santillana, México, 2005., I parte, cap. I.

[14] Ibíd., notas a pie de página, p. 27.

[15] Diario, n. 1123.

[16] Aparecida, n. 29.

[17] Discurso en la Sesión Inaugural de los trabajos de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Santuario de Aparecida, 13 de mayo de 2007, n. 3.

[18] Gaudium et spes, n. 3.

[19] Discurso a los participantes en el III Congreso Internacional del turismo social, 26 de mayo de 1962.

[20] Discurso en ocasión de su visita a la Organización Mundial del Turismo, noviembre de 1982.

[21] Mensaje para la Jornada Mundial del Turismo, 2002.

[22] CERVANTES Miguel, Don Quijote de la Mancha, II Parte, Cap. XXIII.

[23] Cfr. JUAN PABLO II, Mensaje para la Jornada Mundial del Turismo, Jubileo del Año 2000, nn. 3 y 4

[24] Mensaje para la Jornada Mundial del Turismo, 2001

[25] Mensaje para la Jornada Mundial del Turismo, Jubileo del Año 2000, n. 5.

[26] Mensaje para la Jornada Mundial del Turismo, 2003, n. 2.

[27] Ibíd., n. 3.

[28] Homilía en Neptuno,1 de septiembre de 1979.

[29] Cfr. Juan Pablo II, Mensaje de para la XXV Jornada Mundial del Turismo, 27 de septiembre de 2004.

[30] Cfr. Homilía, 8 de mayo de 2013.

[31] Homilía 14, 6.

[32] CERVANTES Miguel, Don Quijote de la Mancha, I Parte, Cap. XXI.