Homilia jul. 27 / 2013, ENJES

EscudoLiraHomilía de S.E. Mons. Eugenio Lira Rugarcía
en la Misa dentro del ENJES

27 de julio de 2013

¡Qué alegría ver a tantas y a tantos jóvenes en este encuentro Nacional de Jóvenes en el Espíritu Santo! ¡Bienvenidos nuevamente a Puebla! ¿Están contentos? ¿Los han tratado bien?

Estoy seguro que en estos días han podido sentir cercano a Dios, que con la luz de la fe ilumina el trayecto de nuestro camino[1]. ¡Eso es algo muy importante! Ya que, como explica el Papa, “cuando falta la luz, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la senda que lleva a la meta de aquella otra que nos hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija”[2].

Efectivamente, quien no tiene fe puede pasarle lo de aquel borracho que llegó de madrugada frente a un edificio y se puso a llamar a los intercomunicadores. Toca el primero, y a una mujer adormilada que contesta, le pregunta: "¿Eres casada?". "Sí", dice enojada. "¿Y tu esposo está ahí?". "Sí y es karateca ¿Quieres que lo despierte?". "¡No, no!". Y aprieta el segundo botón. Contesta otra mujer."¿Eres casada?”."¡Sí!", responde furiosa. "¿Y tu marido está ahí?". "Sí, y es boxeador. ¿Quiere que lo despierte? "¡No, no!". Toca el tercer botón, y a la mujer que contesta le pregunta: "¿Eres casada?". "Sí”. "¿Y tu marido está ahí?". Se hace una pausa de silencio, y finalmente ella responde: "No". “Entonces –le dice el borracho– ¿Podrías bajar a ver si soy yo?". 

Cuando nos dejamos “emborrachar” por el egoísmo y por las ideologías de moda, acabamos como ese borracho que, a oscuras, ya no sabía ni quién era. Por eso, en Río de Janeiro, el Papa ha dicho a los jóvenes que para que nuestra vida tenga sentido y sea plena y eterna, debemos ponerle fe, como se hace cuando vemos que a un buen platillo le falta sabor y le ponemos sal[3].

¡Y es el mismo Dios quien nos ayuda! Él nos habla para liberarnos de la soledad, el sin sentido y la desesperanza. ¿Qué nos pide? Que le sigamos[4], aceptando su palabra, sembrada en nosotros por Él a través de la Iglesia. Esa palabra capaz de salvarnos[5].

Pero quizá nos parezca muy difícil hacerlo cuando vemos que en este mundo conviven el bien y el mal, y que aparentemente los malos que son muchos le ganan la partida a los pocos buenos que quedan ¡Hay tantas guerras, tanta inseguridad, tantos pleitos, tanta violencia, tanto bulling, tantas injusticias sociales, tanta corrupción, tanto egoísmo e indiferencia, tantos daños al medio ambiente!

¿Por qué son así las cosas? ¿Porqué permite Dios tanto mal? ¿Es que no puede hacer nada? ¿Será más poderoso el mal que el bien? Hoy Jesús responde a estas inquietudes con una parábola[6], en la que nos hace ver que Dios es el mismísimo bien y que  todo lo que sale de Él es bueno. Entonces ¿de dónde viene el mal? Cuando la humanidad, responsable de la creación, se “durmió” y le abrió la puerta, al dejarse engañar por el demonio[7], que mezcla el error con la verdad, como escribe san Juan Crisóstomo[8].

Así la cizaña apareció. Sin embargo a Dios, que cuida de todas las cosas, no se le va una. Él no permite que la cizaña aniquile al trigo, es decir, a los buenos. Por eso, Juan Pablo II explicaba que, a pesar del pecado original, la naturaleza humana no se volvió totalmente mala, sino que “ha conservado una capacidad para el bien”[9].

Esa es la razón por la que Dios, que es misericordioso, da tiempo a los pecadores para que se arrepientan. ¡Claro que Él sabe hasta cuándo esperar! Llegará el momento en que cada uno vaya a lo suyo: los justos a brillar en el Reino de su Padre; y los que hicieron el mal, al llanto y la desesperación.

Es verdad que mientras llega ese día, a simple vista el Reino de Dios, del que la Iglesia es germen, parece débil y pequeño. Quizá lo sintamos así, incluso en nuestra propia vida, al ver como nuestros deseos de ser mejores combaten con nuestras pasiones y debilidades. Sin embargo, esa semilla que Dios ha puesto en nosotros desde nuestro bautismo, va creciendo poco a poco. Y si somos pacientes y la alimentamos meditando su Palabra, recibiendo los sacramentos y haciendo oración, crecerá tan grande y robusta, que será capaz de comunicar fe, paz, fuerza, consuelo y amor a los demás.

Entonces, seremos como Moisés, modelo de fe, quien luego de su encuentro con Dios compartió con el pueblo todo lo que el Señor le había dicho y los mandamientos que le había dado[10]. Esos preceptos que alcanzan su plenitud en Jesús, y que nos hacen salir del desierto del «yo» cerrado en sí mismo, para dejarnos abrazar por Dios y ser portadores de su misericordia[11].

Ante un mundo que parece “de cabeza”, en lugar de quejarnos, hagamos algo. ¡Comuniquemos a todos la alegría de la fe, que llenándonos de esperanza en la eternidad feliz que nos aguarda nos hace comprender que el verdadero poder, capaz de sanar, de restaurar y de construir una familia y un mundo mejor es el amor!

Que la Virgen María nos ayude a hacerlo así.

S.E. Mons. Eugenio Lira Rugarcía,
Obispo Auxiliar de Puebla y Secretario General de la CEM.


[1] Lumen Fidei, n. 1.

[2] Ibíd., n. 3.

[3] Cfr. Homilía en la Fiesta de Acogida, JMJ, Río de Janeiro, 25 de julio de 2013.

[4] Cfr. Sal 49.

[5] Cfr. Aclamación: Sant 1,21.

[6] Cfr. Evangelio: Mt 13, 24-28.

[7] Cfr. SAN AGUSTÍN, quaestiones evangeliorum, 11: "…Mientras dormían los hombres… viene el diablo y siembra”.

[8] Cfr. Homiliae in Matthaeum, hom. 46,1. “El Señor habló en la parábola anterior de aquellos que no reciben la palabra de Dios, y ahora habla de aquellos que la reciben alterada, porque es propio del demonio”.

[9] Cfr. JUAN PABLO II, “Memoria e Identidad”, Ed. Planeta, México, 2005,  p. 15

[10] Cfr. 1ª Lectura: Ex 24,3-8.

[11] Cfr. Lumen Fidei, n. 46.