Homilía abr. 19 / 2011 Martes Santo

arzobispoHOMILÍA DE S. E. MONS. VÍCTOR SÁNCHEZ ESPINOSA,
ARZOBISPO DE PUEBLA,
PRONUNCIADA EN LA MISA DE MARTES SANTO EN CATEDRAL,
19 DE ABRIL DE 2011

 

Queridos hermanos:
Atraidos por la belleza litúrgica de esta Santa Misa Crismal, que es parte de la celebración del Jueves Santo, pero que por nosotros, por motivos pastorales pasamos al Martes Santo, conmemoramos a Cristo, el único Sumo y Eterno Sacerdote, el Ungido. Nos reunimos en esta hermosa Catedral, casa de Dios y casa nuestra, para consagrar los óleos santos dispensadores de la vida divina por la acción salvífica de los sacramentos. Este hermoso monumento religioso y cultural, nuestra iglesia Madre  que terminó y consagró el Obispo Juan de Palafox y Mendoza, es testigo de esta celebración de Jueves Santo. En comunión con un servidor a quien indignamente el Señor ha puesto como Arzobispo de esta Iglesia particular, han venido mis queridos Obispos Auxiliares, presbíteros y diáconos para renovar con especial entusiasmo y alegría las promesas que hicieron el día de su Ordenación Sacerdotal; y lo vamos a hacer delante de nuestros fieles, pueblo santo de Dio.

Esta renovación se encuentra especialmente enmarcada en el Año Jubilar Palafoxiano que ha tenido a bien decretar nuestro Santo Padre Benedicto XVI;  En la  Primera Lectura nos dice el Profeta Isaías: "Ustedes serán llamados sacerdotes del Señor y les darán el nombre de Ministros de nuestro Dios"; y el Apóstol San Juan nos desea la Gracia que Jesucristo nos adquirió: La paz que nace de la convicción de su amor que nos purificó de nuestros pecados por su sangre derramada en la Cruz haciendo de los redimidos un reino de sacerdotes para Dios nuestro Padre.

Queridos hermanos, el ungido de Dios, Jesús, nos he hecho sus sacerdotes; a ustedes, hermanos laicos por el bautizmo; a nosotros que ejercemos el sacerdocio Ministerial, porl a imposición de las manos, algo maravilloso pero difícil de comprender; es grandioso porque nos hace partícipes de su sacerdocio, de su mesianismo, porque cuando nosotros, los  sacerdotes que tenemos y ejercemos el ministerio sacerdotal al celebrar los Sagrados Miestrios es Él quien los celebra; más allá de nuestra indignidad Cristo actúa en nosotros, pero es difícil de comprender por la responsabilidad que pone en nuestras débiles manos: Ser otro Cristo, buscr alcanzar día tras día su estatura y tener sus mismos sentimientos; anunciar  cada día la Buena Nueva a los pobres y a los pecadores; llevar la liberación a los cautivos; dar la libertad a los oprimidos  y anunciar el año de gracia de nuestro Dios. A través de nuestra pequeñez y limitación es como Cristo ha querido pèrpetuar su sacerdocio en la iglesia haciéndonos partícipes de nuestro ministerio de salvación; renovando día con día en su nombre el sacrificio redentor y preparando para su pueblo  el banquete pascual; fomentando en las comunidades la vivencia de la caridad; alimentando a los fieles con el anuncio y la enseñanza de la palabra y fortificando su rebaño con sus Sacramentos. El Sacerdocio de Cristo no es posible sin el sacerdocio nuestro, por eso es ministerial. Es a través de nuestra pequeñez que Jesucristo ha querido perpetuar una tarea tan importante pide una vida consagrada totalmente a Dios y a la salvación de los hermanos y exige el esfuerzo de nuestra parte  de reproducir en nosotros la imagen de Cristo dando un testimonio cotidiano de fidelidad y amor de tal forma que ya no vivamos para nosotros mismos sino para Él que por nosotros murió y recucitó.

En un momento más renovaremos nuestras promesas sacerdotales ante nuestros  fieles y les preguntaré si están dispuestos a unirse cada día más a  nuestro Señor Jesucristo renunciando a sí mismos y reafirmando  los compromisos sagrados; la celebración amorosa de la Eucaristía y de los sacramentos; el oficio de enseñar la Verdad Revelada contenida en las Sagradas Escrituras; siguiendo el ejemplo del Buen Pastor que no se busca a sí mismo  sino que da la vida por sus ovejas; sin que los mueva el deseo de los bienes terrenos o las ambiciones humanas sino impulsados únicamente por  el amor a Cristo y a su Iglesia. Es doloroso que en estos últimos años la imagen del sacerdote está siendo atacada y desprestigiada como nunca; el santo Padre Benedicto XVI ha tenido que sufrir la difamación y el ataque lleno de mentira pero él nos ha dado ejemplo de admirable valentía y de confianza y fe en Dios y en la Iglesia; por eso nosotros, hermanos sacerdotes, debemos realizar un profundo examen de conciencia y revisar cómo estamos viviendo nuestro Ministerio Sacerdotal. Que ojalá no descuidemos nuestra vida espiritual, que no olvidemos  que en nuestra vida interior es importante la oración, la Eucaristía, la vida sacerdotal; que no descuidemos nuestra propia práctica Sacramental, la confesión, la dirección espiritual, la Celebración amorosa de la Sagrada Eucarístía. Entramos de forma acrítica en un  proceso de desacralización de nuestro propio ministerio y muchas veces nos acomodamos con facilidad a los criterios del mundo que deberíamos combatir. que ojalá no faltemos a la caridad pastoral ni dejemos a la deriva a los fieles a quienes hemos consagrado nuestra vida para ganarlos a todos para Dios. Que el exceso trabajo pastoral no nos lleve a la fatiga y descuido de nuestra formación espiritual e intelectual, al abandono de nuestro amor y adhesión a Jesucristo, sino por el contrario, que nos lleve a la vivencia de una vida espiritual profuida, porque si la abandonamos nos llevará a una soledad amarga y vacío que pretendemos llenar con apegos materiales y afectivos pero que terminan por vaciarnos  más.

El profeta Jeremías nos recuerda con crudeza: "Se fueron tras vaciedades y se quedaron vacíos"; hoy, queridos hermanos, es preciso contemplar al que traspasaron y lanzar un grito, necesitamos ser amados, redimidos, sanados y experimentar nosotros mismos la misericordia y la reconciliación; la bondad y el perdón de Dios quien ha sido crucificado por nuestros pecados y resucitado para darnos la esperanza de la Salvación y de la Vida Inmortal; recibamos con humildad la humillación que el mundo nos hace públicamente y nos lanza a nuestra cara; reconozcamos nuestras culpas y pecados; pero sé que la inmensa mayoría de ustedes son buenos y abnegados sacerdotes del Señor, pero lo que el mundo nos reclama es una penitencia pública por nuestros hermanos que han pecado y delinquido. No olvidemos lo que decía el Señor: "El que se humilla será enaltecido y el que se enaltece será humillado". Que el Señor, que se levantó glorioso del sepulcro, también nos levante de nuestra vergûenza y postración, que vea nuestra humillación y se apiade de nuestra miseria y debilidad. Sin embargo, hermanos sacerdotes, nunca perdamos la paz ni dejemos de experimentar la alegría de haber consagrado nuestra vida entera al Señor; que siempre nos haga vibrar la emoción de sabernos amados y haber sido llamados a ser sacerdotes para siempre. La Pasión Santísima del Señor, que celebraremos en estos días nos debe llevar a unirnos íntimamente al Señor crucificado pero también resucitado; que podamos decir como los discípulos: "Vamos a Jerusalém a morir contigo.

No puedo terminar esta sencilla reflexión sin dar gracias a Dios, nuestro Señor, por el gran Pueblo que nos ha confiado y que ,pese a nuestras limitaciones y errores, nos sigue amando, respetando y confiando en nosotros. Los fieles siguen viendo en nuestra frágil persona a Cristo mismo y nos tratan con verdadero afecto y amor. Que Dios pague, queridos hermanos, su caridad y fidelidad; les pido que sigan orando intensamente por sus sacerdotes; por las vocaciones religiosas y sacerdotales; por nosotros, los Sres. obispos y nuestra conversión y santificación pra que el Señor nos dé un corazón semejante al suyo lleno de solicitud y amor por sus ovejas; para que en el momento de la prueba, no desfallezca nuestra fe y no tengamos miedo en seguirlo al Calvario abrazando la cruz y nuestro corazón sólo lo ame a Él y de ese amor brote el amor y servicio para ustedes, su pueblo santo y sacerdotal.

 

 

 

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