Homilía mar. 21 / 2011

EscudoVictorHOMILÍA DE S. E. MONS. VÍCTOR SÁNCHEZ ESPINOSA,
ARZOBISPO DE PUEBLA,
PRONUNCIADA EN LA MISA DOMINICAL EN CATEDRAL,
Domingo 21 de marzo de 2011

 

Queridos hermanos:

Los domingos de Cuaresma marcan el camino por recorrer hasta la pascua. Mientras que en el primer domingo de Cuaresma la primera lectura nos habló de la creación y del pecado de nuestros primeros padre, en un pasaje hermoso de la Historia de la Salvación, la Primera Lectura nos habló de la vocación de Abraham,  padre nuestro en la fe,  padre del pueblo de Dios a quien el Señor dice: “Deja a tu país, tu parentela, tu casa, a tus padres para ir a la tierra que te mostraré; haré nacer de ti un gran pueblo, bendeciré y engrandeceré tu nombre y tú mismo serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan,  maldeciré a los que te maldigan y en ti serán bendecidos todos los pueblos de la tierra”. Abraham creyó en el Señor, partió como se lo ordenó  y por eso fue padre de una gran descendencia. Por eso es nuestro padre en la fe.

La Segunda Lectura del domingo pasado escuchamos la carta del apóstol San Pablo a los romanos, y nos hacía reflexionar sobre el don de Dios; don de la redención que supera  por mucho al delito.

Hoy la Segunda Lectura también es una carta del apóstol San Pablo, pero ahora dirigida por Timoteo hacia sus discípulos a quienes hace reflexionar sobre su vocación. “Dios te llama y te ilumina, por lo tanto comparte conmigo los sufrimientos de la predicación del Evangelio sostenido siempre por la Gracia de Dios”. Dios es quien nos ha salvado y llamado a que le consagremos nuestra vida, no porque lo merecieran nuestras buenas obras, sino  porque así lo dispuso Él gratuitamente. Este don que Dios nos concedió por medio de Cristo Jesús desde toda la eternidad ahora  se ha manifestado con la venida de Cristo Jesús.  Dios te llama pues a eso y te iluminará, dice el apóstol a Timoteo.

El Evangelio del domingo pasado fue el Evangelio del ayuno y las tentaciones de Jesús. Con el ayuno Jesús inaugura la práctica penitencial de la Cuaresma y de su Iglesia. Al rechazar las tentaciones y el pecado nos da ejemplo de cómo también nosotros tenemos que  la tentación del pecado.

Hoy, segundo domingo de Cuaresma, escuchamos el Evangelio de la Transfiguración.  Jesús se llevó consigo a  Pedro, Santiago y a Juan y los hizo subir a solas con Él sobre un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos; su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve, también aparecieron algunos personajes en aquella Gloria que se manifestó a los apóstoles. Moisés y Elías conversando con Jesús. Entonces Pedro le dijo a Jesús: “Qué bueno sería quedarnos aquí”. Los apóstoles están tan extasiados de la Gloria que se les estaba manifestando que Pedro se atrevió a decir a Jesús: “Vamos a hacer tres chozas, una para Ti, una para Elías y otra para Moisés”. Pero Jesús les dijo que no. Tenemos que bajarnos de la montaña y a nadie cuenten lo que han visto hasta que el Hijo de Dios haya resucitado de entre los muertos.

Pero antes de la transfiguración, Jesús había preguntado  a sus discípulos ¿Quién dice la gente que soy? Y encontró una gran variedad de respuestas; maestro, unos  dicen que Juan el Bautista, otros que Elías; alguno de los profetas del antiguo testamento que ha vuelto a la vida  ¿Y ustedes quién dicen que soy yo? Simón Pedro le reconoce como el Mesías y le dice “Tú eres el Hijo de Dios vivo”. Por lo que Jesús le dice “Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque esto ningún hombre te lo ha revelado sino mi Padre que está en los cielos.

Ahora, cuando Jesús junto con Pedro, Santiago y Juan, sube al monte alto, diríamos que se pone en la misma esfera de Dios; en el monte  su rostro y sus ropas cambian de aspecto, su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestiduras  se hicieron blancas como las nubes. Este aspecto de Jesús pone de manifiesto quién es él: El Mesías, el Enviado, el Hijo de Dios, Él es el Hijo del hombre. Y a los discípulos son dirigidas unas palabras como una clara revelación del Padre: “Éste es mi Hijo muy amado en quien tengo puestas mis complacencias, escúchenlo” Estas palabras son semejantes a las que se escucharon cuando Jesús  comentó su misión y se hizo bautizar por Juan el Bautista en el Jordán.

Este es el pasaje que escuchamos en la segunda semana de cuaresma. Y los tres domingos siguientes encontraremos tres hermosas catequesis sobre Cristo, fuente de agua viva; Cristo luz, Cristo resurrección y vida, al escuchar tres pasajes del Evangelio. Éste es el orden por el que nos van llegando  las lecturas bíblicas. En estos tiempos en que parece que nos hemos acostumbrado por el desempleo, el hambre, la miseria, este tiempo en que vemos rostros desencajados por la desesperanza, tristes por la soledad, el Evangelio de hoy nos invita a poner la mirada en Jesús y  escucharlo, confiar en él porque ha vencido las tinieblas y la muerte.

Esta confianza es la que vamos a pedir al Señor en nuestra Misa dominical; vamos a pedirla también a San José; a quien la iglesia celebró ayer. La misión de San José  consistió en velar por Jesús como padre, a él El Señor quiso que fuera la cabeza de la Sagrada Familia en Nazareth, y de quien quiso el Señor quiso que siguiera cumpliendo esa misión con la Iglesia de nuestros días. Por eso, San José es patrono de la gran familia de la familia de los hijos de Dios, que es la Iglesia; es patrono de nuestras familias y de las  vocaciones sacerdotales y religiosas. María es madre de la Iglesia y San José es  el protector de la Iglesia. Hoy que desde muchos lugares se ataca la armonía y paz de nuestra familia, tenemos que mirar el modelo  de la Sagrada Familia de Nazareth  formada por Jesús, María y José.