Homilia oct 13 / 2013

¡Seamos agradecidos con Dios, que nos ha salvado en Cristo! (cfr. Lc 17,11-19)
XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C
S.E. Mons. Eugenio Lira Rugarcía

La lepra ¡qué terrible enfermedad! Desfigura a la persona y la convierte en foco de contagio. Por eso no hay padecimiento que represente mejor lo que provoca el pecado, que, infectándonos al hacernos pensar que no necesitamos de Dios o que no debemos confiar en Él, destroza en nosotros la semejanza divina.

Degradados por el egoísmo, el relativismo, el individualismo, el creernos más que los demás, el deseo de tener poder y dinero a costa de lo que sea, el dejarse arrastrar por el deseo sexual, el enojo, los vicios, la flojera o el rencor, nos volvemos foco de degradación al reducir a la gente al rango de objeto de placer, de producción o de consumo, dejando en la familia y en la sociedad las lesiones de la soledad, el sinsentido, la injusticia, la pobreza, la indiferencia, la violencia y la desesperanza.

Quizá al tomar conciencia de los devastadores efectos de la terrible “lepra” del pecado, nos preguntemos si existe alguna cura. La respuesta la ofrece Dios en Jesús, a quien contemplamos sanando a los diez leprosos que se acercan con fe implorándole compasión. Les pide que vayan a los sacerdotes, que, como explica san Agustín, representan el sacerdocio que está en la Iglesia[1] ¡Así nos enseña que Él nos sana por medio de la Iglesia, a través del Bautismo y la Confesión!

Comprendiendo que, como ha dicho el Papa Francisco: “La misericordia es lo único que puede salvar al hombre y al mundo del pecado y del mal”[2], acerquémonos a Jesús, y pidámosle: “Ten compasión de mi matrimonio y de mi familia, deformados por la infidelidad, la indiferencia y el rencor. Ten compasión de mi noviazgo, deformado por la sensualidad y el egoísmo. Ten compasión de mis ambientes de amistades, de estudio y de trabajo, deformados por la superficialidad y el utilitarismo. Ten compasión del mundo, deformado por la injusticia, el individualismo, la indiferencia y la violencia”.

Pero ¿Qué paso con los leprosos que curó? Que sólo uno volvió para agradecerle ¿Por qué Jesús lo hace notar? ¿Porque se sentía ofendido? No. Sus palabras expresan otra cosa; preocupación. Él sabe que sólo quien reconoce el bien recibido se siente amado. Y quien se siente amado, tiene confianza, se llena de esperanza y se descubre capaz de amar. 

Por eso, san Pablo aconseja: “Den gracias siempre, unidos a Cristo Jesús”[3]. Esto fue lo que hizo Naamán; reconociendo de quién había recibido la salud, proclamó que sólo hay un Dios, y se propuso darle culto[4]. San Pablo, comprendiendo que la gratitud a Dios por la vida plena y eterna que nos ha dado en su Hijo se demuestra amando y sirviendo a los que Él ama, exclamó: “Sobrellevo todo por amor a los elegidos, para que ellos también alcancen en Cristo Jesús la salvación, y con ella, la gloria eterna”[5].

Reconozcamos el inmenso bien que Dios nos ha hecho al salvarnos y mostrémosle nuestra gratitud dándole el culto que merece, particularmente a través de la Misa dominical. Y unidos a Él, aprendamos a ser agradecidos con aquellos que son instrumento de su amor: la esposa, el esposo, papá, mamá, los hermanos y la gente que nos rodea, convirtiendo esta gratitud en gestos concretos, especialmente hacia los más necesitados, para que juntos cantemos agradecidos las maravillas de Dios, que nos ha mostrado su amor y su lealtad[6].


[1] Cfr. De quaest Evang. 2,40.

[2] @pontifex.

[3] Aclamación: 1 Tes 5,18.

[4] Cfr. 1ª Lectura: 2 Re 5,14-17.

[5] Cfr. 2ª Lectura: 2 Tim 2,8-13.

[6] Cfr. Sal 97.