Homilía sep. 12 / 2010

EscudoVictorHOMILÍA DE S. E. MONS. VÍCTOR SÁNCHEZ ESPINOSA,
ARZOBISPO DE PUEBLA,
PRONUNCIADA EN LA MISA DOMINICAL EN CATEDRAL,
DURANTE LA CELEBRACIÓN POR LA PATRIA

Domingo 12 de septiembre de 2010

 

Estimados hermanos y hermanas:

En este mes de septiembre del 2010, cuando conmemoramos el Bicentenario de la Independencia y en esta Basílica Catedral, Iglesia Madre de nuestra Arquidiócesis, nuestra celebración tiene un significado y una proyección muy particular.

Como su hermano y Arzobispo tengo la enorme responsabilidad de acompañar a las comunidades dispersas por valles y montañas, en el altiplano, pueblos y ciudades de nuestra querida Arquidiócesis, compartiendo de manera cercana y solidaria sus gozos y esperanzas, sus temores y angustias, su caminar a través de la historia.

No puedo negar que estamos viviendo un momento delicado en el que hemos de abrir los ojos a la realidad, pedir a Dios el don de la sabiduría para discernir los signos de los tiempos y mantener viva la esperanza superando la tentación del pesimismo fatalista.

El día primero iniciamos este mes de la Patria, concelebramos la Santa Misa todos los Obispos de México en el Tepeyac y entregamos entonces una Carta Pastoral al Pueblo de Dios: presbíteros y diáconos, consagrados y laicos y a todos los hermanos que pertenecen a la Nación Mexicana.

En este mensaje afirmamos que como mexicanos: “estamos orgullosos por nuestros pasado, nos sentimos comprometidos con nuestro presente y, a pesar de los conflictos y dificultades, estamos llenos de esperanza por nuestro futuro” (n.139).

Congregados de nuevo por nuestra Madre Santísima de Guadalupe que nos inspira alegría, cariño y confianza quiero invitar desde aquí a todas nuestras comunidades a ofrecer, todos los días, hasta el próximo 15, una semana de oración por la Patria. Más que nunca, México requiere del cariño, el compromiso y la oración de cada unos de sus hijos.

Como expresaba bien, hace años, un pensador latinoamericano: “la Patria es algo más que el suelo que nos vio nacer, es un legado espiritual que debe dar forma a nuestra vida” (P. Espinosa Polit S. J. ). Mucho antes que los insurgentes empuñaran las armas en la lucha por la emancipación, ya se había venido forjando paulatinamente un pueblo con características propias, una nación nueva, como lo decimos en nuestra Carta, “una realidad mestiza, desde los pueblos autóctonos que eran eminentemente religiosos, desde la nueva propuesta de los pueblos europeos y desde la experiencia cristiana” (n.65).

“La labor de los evangelizadores fue abriéndose paso entre graves dificultades pero nunca sin el auxilio divino. La labor evangelizadora y el ingenio pedagógico de los misioneros estuvieron siempre acompañados por la acción de la gracia, a través de la presencia suave y vigorosa de María, la madre del Redentor. El encuentro y diálogo de santa María de Guadalupe y el indígena Juan Diego, obtuvo un eco profundo en el alma del pueblo naciente, cualitativamente nuevo, fruto de la gracia que asume, purifica y plenifica el devenir de la historia.”  (n.11)

“Se actualizó así, desde el Tepeyac, esa novedad propia del Evangelio que reconcilia y crea la comunión… esa nueva fraternidad propició un crecimiento en humanidad, de manera que este germen, sembrado por Santa María de Guadalupe en el alma del pueblo creyente, se ha ido desarrollando poco a poco, haciéndose presente especialmente en los momentos más significativos y dramáticos de nuestra historia.  Es un acontecimiento fundante de nuestra identidad nacional” (ib.)

Pero abramos ahora nuestro corazón a la palabra de Dios que se ha proclamado y que nos ilumina, motiva e interpela. En el salmo responsorial hay una estrofa que podemos aplicar al plan providente de Dios que fue dando forma propia a la Nación Mexicana. Así como cada persona, cada creatura se va desarrollando en el vientre de su madre, Dios quiso que al amparo maternal de Santa María de Guadalupe se formara este pueblo.

México  puede cantar con fe y gratitud al Dios de la vida: “Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el seno materno, te doy gracias por tus grandes maravillas, soy un prodigio y tus obras son prodigiosas” (Salmo 138). Y de manera semejante, como lo escuchaba el pueblo elegido, podemos recibir con gratitud y confianza las palabras llenas de ternura: “Desde que Israel era niño, lo tomé de la mano y lo enseñé a caminar, lo acariciaba sobre mis rodillas” (Oseas). Pero también  debemos abrir el oído  con dolor y arrepentimiento al reclamo del Señor: “Hasta las bestias reconocen a su amo, pero tú, Israel, no me conoces” (Isaías). Recurriendo a la inmensa misericordia divina hemos repetido en la antífona del salmo: “Señor, no dejes que me pierda. Si mi camino se desvía,  que no me pierda”.

En nuestro himno nacional hay una estrofa que millones de mexicanos pronunciamos, quizá sin darnos cuenta cabal de su contenido: “En el cielo tu eterno destino, por el dedo de Dios se escribió”. ¿Será una frase retórica de simple inspiración poética? o ¿tendrá otro significado que hemos de meditar al recordar nuestro pasado y proyectar el futuro de México?

La primera carta de San Pablo a los corintios nos lleva a confesar que “hay un Padre de quien todo procede y es nuestro destino”. En la confusión de un mundo paganizado corremos el riesgo de perder el sentido de la historia, de olvidarnos de un Padre que nos ha hecho familia de hermanos y de un Señor Jesucristo que nos ha liberado de la servidumbre y nos hace participar de su misma dignidad. La raíz más honda de nuestra libertad como personas y de nuestra independencia como pueblo está en el Señorío de Aquél que nos venció a la muerte y al pecado.

El apóstol nos advierte hoy ese gran peligro: “Tengan cuidado de que esa libertad de ustedes no sea ocasión de pecado para los que tienen la conciencia poco formada”. De poco sirven las leyes y los tribunales, la policía, el ejército y las cárceles, si no se interioriza en la conciencia de las personas el respeto al prójimo, a sus derechos y pertenencias.

En la oración inicial pedíamos a Dios por nuestra patria, “a fin de que la prudencia de los gobernantes y la honestidad de los ciudadanos  mantengan la concordia y la justicia”. Concordia es la unión y armonía de corazones que juntos tenemos que mantener o recuperar con virtudes que exigen educación disciplina y convicciones, pero sobre todo humildad y conversión ya que la justicia verdadera y la paz auténtica no se logran sin la gracia de Dios y no a base de decretos y amenazas.

El Evangelio de hoy nos plantea de manera sorprendente una nueva forma de pensar, de sentir y de actuar, muy distinta de las normas y criterios puramente humanos. El Señor Jesús pide a sus discípulos en un nuevo decálogo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen, oren por los que los difaman hagan el bien sin esperar recompensa, sean misericordiosos, no juzguen, no condenen, den sin medida.

Como escribimos los obispos hace unos meses en nuestra anterior Carta Pastoral “Que en Cristo nuestra paz, México tenga vida digna”, “Jesús rechazó la violencia como forma de sociabilidad… para romper la espiral de la violencia, recomienda perdonar siempre y amar a los enemigos, paradoja incomprensible para quienes no conocen a Dios o no lo aceptan en su vida” (n.133). “El amor al enemigo y la renuncia a la violencia exige que el discípulo tenga la referencia de una comunidad que lo anime y motive a perseverar en ese propósito, pues no se puede seguir a Jesús pensando y actuando con los mismos criterios de quienes prefieren la lógica destructora  de la intimidación, la represalia o la venganza. Jesús eligió a sus discípulos y los formó para fueran capaces de poner un estilo de vida alternativo al proyecto del mundo” (ibn. 197).

Concluyo diciendo lo que los obispos de México afirmamos en nuestro más reciente documento: “los católicos tenemos el compromiso de colaborar en la construcción de esta gran Nación Mexicana… la Iglesia quiere ofrecer,  con humildad y convicción, su servicio y su aporte en el camino de la reconciliación y el desarrollo” (n.133).

Para ello recurrimos a la intercesión de Nuestra Señora: “Santa María de Guadalupe, salva nuestra Patria y conserva nuestra fe”.