Homilía sep. 9 / 2012

HOMILÍA DE S.E. MONS. EUGENIO LIRA RUGARCÍA
OBISPO AUXILIAR DE PUEBLA
XXIII  DOMINGO ORDINARIO CICLO B

¡Qué bien hace todo!
Hace oír a los sordos y hablar a los mudos
(cfr. Mc 7, 31-37)

 En una ciudad se estaba ofreciendo un homenaje a un hombre, quien se encontraba con su familia en el presídium. Entonces, el orador dijo: “Hoy honramos a don fulano, hombre generoso, que siempre tiene el oído abierto para escuchar las necesidades de la gente y la mano tendida para remediarlas”. Al oír esto, la esposa hizo una mueca, y volviéndose a sus hijos, exclamó: “¿De quién están hablando?”. Porque con los suyos no había ni oído abierto ni mano tendida. Lamentablemente esta historia se repite con mucha frecuencia en demasiados hogares y ciudades…

¿Cuál es la causa de fondo de esa sordera? Que le cerramos nuestros oídos a Dios. Por eso, el Papa nos dice: “Existe un defecto de oído con respecto a Dios, y lo sufrimos especialmente en nuestro tiempo… ya no logramos escucharlo; son demasiadas las frecuencias… que ocupan nuestros oídos… Con el defecto de oído con respecto a Dios… perdemos también nuestra capacidad de hablar con Él… Al faltar esa percepción, queda limitado, de un modo drástico y peligroso, el radio de nuestra relación con la realidad”[1].

Efectivamente, al volvernos sordos respecto a Dios, nos aislamos en la soledad del egoísmo y condenamos a la familia y a la gente que nos rodea a sentirse sola al no ser nosotros capaces de escucharla, y al obligarla a sufrir nuestra mudez. Sí, cuando nos cerramos a escuchar y a hablar con Dios, nos volvemos sordos y mudos con los demás; no somos capaces relacionarnos adecuadamente ni de comunicarles comprensión, respeto, solidaridad, amor ni perdón.

Sin embargo, hoy el Señor nos repite lo que anunciaba a su pueblo través del profeta Isaías: “¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios! ¡Él mismo viene a salvarlos!”[2]. ¡Sí! Dios ha venido a nosotros en Jesús, a quien hoy encontramos en el Evangelio sanando a un sordomudo. “Alzó los ojos al cielo –comenta san Beda–, para enseñarnos que es de allí (de Dios) de donde el mudo debe esperar el habla (y), el sordo el oído…”[3]. Él “libera al cautivo… y alivia al agobiado” [4], proclama el salmista.

“Jesús ha venido a abrir, a liberarnos del pecado, para hacernos capaces de vivir plenamente la relación con Dios y con los otros”[5]. Él nos convoca en su Reino de amor[6], donde, escuchando la voz de Dios, la voz del Amor, descubrimos cuánto nos ama y nos hacemos capaces de comunicarnos con Él, que nos invita a amar a los demás, sabiendo escucharlos y comunicarnos con ellos con el verdadero lenguaje: el amor, un amor que ha de impulsarnos a procurar ser felices haciendo felices a cuantos tratan con nosotros.

Por eso, como aquellas personas que llevaron al sordomudo a Jesús, también nosotros, que somos la Iglesia del Señor, debemos llevarnos los unos a los otros al encuentro con Cristo, que nos habla en su Palabra, en sus sacramentos –sobre todo en la Eucaristía– y en la oración.

Hagámoslo, como nos exhorta el Apóstol Santiago en la segunda lectura, sin hacer acepción de personas[7]; es decir, sin excluir a nadie: ni al esposo, ni a la esposa, ni a los hijos, ni a los hermanos, ni a papá, ni a mamá, ni a la suegra, ni a la nuera, ni a los compañeros de estudio o de trabajo, ni a los necesitados.

En nuestro bautismo, Jesús, a través del sacerdote nos tocó y dijo: "Effetá", "Ábrete", para hacernos capaces de escuchar a Dios, de hablarle y de hablar de Él a los demás. Hagámoslo, sobre todo con nuestro testimonio, para que, al vernos, todos exclamen con alegría, con fe y con esperanza: “¡Qué bien lo hace todo Jesús!”.


[1] BENEDICTO XVI, Homilía en la Misa celebrada en la explanada de la Feria de Munich, 10 de septiembre de 2006.

[2] Cfr. 1ª Lectura: Is 35,4-7.

[3] BEDA, in Marcum, 2, 31.

[4] Cfr. Sal 145.

[5] BENEDICTO XVI, Angelus, 9 de septiembre 2012.

[6] Cfr. Aclamación: Mt 4, 23.

[7] Cfr. 2ª Lectura: St 2,1-5.