Homilia ago. 22 / 2012, Bodas de Oro Mons. Anselmo Zaraza

HOMILÍA DE S. E. MONS. ANSELMO ZARZA BERNAL
OBISPO HEMERITO DE LEÓN,

PRONUNCIADA EN LA MISA DE BODAS DE ORO EPISCOPALES

22 DE AGOSTO DE 2012

Queridas madres y religiosas, hermanos y hermanas, siempre ha sido la gratitud la flor más bella y fragante del corazón. San Pablo en su carta a los Efesios nos exhorta: "Llenaos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmo, himnos y cánticos espirituales, cantando y salmodiando al Señor de vuestros corazones, dando siempre gracias por todas las cosas a Dios Padre en nombre de Nuestro Señor Jesús" (Ef. 5, 18)

Este es el motivo que nos ha reunido en esta solemne concelebración Eucarística, primero por los 50 años de la plenitud del sacerdocio, de ese operario de la viña del Señor. La fecha resulta muy significativa, pues ese mismo día conmemoramos los 368 años del aniversario de la fundación del Pontificio Seminario Conciliar Palafoxiano por Don Juan Palafox y Mendoza, muy amado Beato, a quien aprendimos a amar y a venerar desde los primeros días del seminario.

Eminente Dignidad del Episcopado, al hablar del episcopado hemos tocado la cumbre del sacerdocio de Cristo, del episcopado dice San Ignacio Mártir “el sacerdocio es el ápice de todos los bienes que hay entre los hombres, más allá del sacerdocio del hijo de Dios, no hay nada”. San Jerónimo escribe: “Donde quiera que se encuentre el episcopado ya sea en Roma, en Eugubio, en Constantinopla, en Regio,  en Alejandría o en París, siempre es el mismo médico, siempre es el mismo sacerdocio.”

Ni el poder de las riquezas hace más grande al obispo, ni la humildad de la pobreza lo abaja, por lo demás siempre son sucesores de los apóstoles, así en todos los obispos el episcopado es uno, siguiendo a San Cipriano todos son pastores y se demuestra uno el rebaño que es apacentado con unánime acuerdo por todos los apóstoles, para que aparezca una la Iglesia de Cristo, el episcopado es uno, del cual cada uno tiene una parte solidariamente, los obispos por tanto son iguales entre sí, todos han recogido la asociación de los apóstoles, todos son soberanos sacerdotes y de derecho divino, cabeza de los sacerdotes, diáconos, ministros; sólo ellos tienen el derecho y el deber de administrar el sacramento que hace perfectos a los cristianos; la confirmación y el que consagra a los sacerdotes, el orden sacerdotal.

Todos son jueces de la fe, todos son esposos de la Iglesia, sus padres, sus jefes, pero hay uno que está por encima de ellos, es obispo como ellos, y según su ordenación Él no tiene más que ellos, pero es el obispo de Roma, por lo tanto él es Pedro, pues siguiendo las prerrogativas de Pedro, él es el fundamento de la Iglesia, él es la fuerza y el sostén del colegio apostólico, sólo el confirma a sus hermanos, sólo el hace el episcopado uno, él hace la Iglesia una, en unión con Cristo, porque él es Pedro, y él es Cristo.

Consideramos con humildad amor y agradecimiento la inmensa gracia episcopal, bajo dos aspectos, primero el obispo, posee la plenitud del sacerdocio, y segundo y por consiguiente debe poseer la perfección del estado de víctima, el obispo posee la plenitud del sacerdocio, esta plenitud es toda la gracia y toda la virtud del sacramento, es todo lo que nuestro Señor se ha dignado a comunicar de su sacerdocio a la Iglesia, San Ambrosio expone así esta bella doctrina, “la dignidad de todas la ordenaciones esta en el obispo”, porque él es el jefe de todos los otros miembros, todas las otras órdenes están en el obispo, porque él es el jefe de todos los otros miembros, porque él es el primer sacerdote, y el príncipe de los sacerdotes y evangelista, pastor y doctor, cumpliendo la Iglesia todos los oficios necesarios para el bien de los fieles, comprende por tanto en su dignidad y en su gracia lo más sublime presbiterado, el diaconado y todos los otros ministerio, todas la demás funciones jerárquicas y de su divina plenitud: todos han recibido, los lectores, lo acólitos, los diáconos, los presbíteros, su gracia es plenaria y perfecta, no solamente es perfecta sino que da y comunica la perfección, la comunica a todos los fieles y hacen participantes de ella de una manera más admirable a los sacerdotes, especialmente aquél en que ellos les será llamados a recibir el orden episcopal, porque el obispo hace a los obispos, y es sobre todo entonces, cuando en esta relación se manifiesta de una manera magnifica la plenitud de su orden episcopal, pero esta plenitud se revela sin cesar en quien sólo confiere los sacramentos por derecho propio, por su propia autoridad, mientras que los presbíteros, no pueden administrarlos sino bajo la dependencia del obispo.

Lo mismo hay que decir de la palabra de Dios, al obispo le toca predicar, cuando predica y cuando es representante de Cristo, el presbítero es enviado y delegado del obispo. El obispo es doctor y enseña, él es Padre y alimenta, el alimento de la Iglesia es la fe, que da él, él es Padre de la Iglesia, es quien alimenta a la Iglesia, es también su esposo, él es esposo y es también cabeza, todos los títulos que designan una plenitud de poder de autoridad de influencia, todos los que expresan comunicación de vida de crecimiento y de perfección, le convienen, por esa razón, dice San Ignacio de Antioquia: “seguir al obispo como Cristo sigue a su Padre”.

Segundo el obispo que tiene la plenitud del sacerdocio, posee también la perfección del estado de víctima, eso es lo que debe ser. El obispo ha recibido la perfección del divino sacrificio, ha recibido también la perfección del divino sacrificio, ha recibido también la perfección, la gracia, del estado de hostia, uno de los más hermosos títulos que corresponden al obispo, y el más elevado y el más santo de todos, es ser el esposo de la Iglesia, aunque él sea sólo el pastor de una Iglesia particular, es realmente esposo de la Iglesia Universal, el pensamiento es de San Ambrosio, “el obispo debe ser llamado obispo de la Iglesia Católica”, esta verdad esta fundada en aquélla otra, según la cual el episcopado es uno, como dice atrevidamente el mismo doctor, “porque no hay más que un solo obispo en la Iglesia, acaso todos son apóstoles, esto es verdad porque en la Iglesia uno es el obispo, en virtud de esta unidad, todo obispo es esposo de la Iglesia”, ahora bien San Pablo nos enseña que no hay más que un esposo en la Iglesia, Jesucristo, "Os he desposado a un solo marido para presentaros a Cristo como casta virgen", la Iglesia ve por tanto en el obispo a Jesucristo y a Jesucristo en calidad de esposo, la Iglesia ve por tanto en él a su hostia. Sí, él al mismo tiempo que su esposo.

Nos encontramos aquí en un admirable aspecto del misterio, al cual debemos dirigir nuestra mirada con conmovida atención. “El verbo -dice San Agustín-, vino a la Tierra para celebrar unas nupcias y para establecer una alianza”, las nupcias tuvieron lugar y la alianza esta hecha. La esposa es la humanidad, el lecho nupcial es el seno de la Virgen, una vez contraída esta unión subsiste por los siglos, la dolora suerte en la muerte en la cruz no la rompió, ni el permanecer en el sepulcro, ahora bien esa unión era el preludio de otra, la unión del verbo encarnado con la Iglesia rescatada, la primera había sido por fruto de un gran amor, se diría que el amor que la hizo contraer la segunda fue más grande todavía, porque si la primera había sido acompañada de la humillación como dice San Pablo, no se ve en ella sangre derramada, ni oprobios, ni sangre, y sobretodo no se ve el misterio de la muerte en cambio esto se verifica en la segunda. Esta vez el lecho nupcial no fue el seno de la Virgen sino la cruz, ignominiosa y sangrante.

El mismo San Pablo nos revela este misterio cuando dice: “Cristo amó a su Iglesia y se entrego a la muerte por ella” él se entrego a todas las humillaciones, a todos los sufrimientos y a la muerte, hizo todo ello para tener a la Iglesia como esposa, a la que adquirió con su sangre. Y con la mira de darle toda clase de bienes, purificarle de toda mancha y quitarle todo defecto.

Él no ha escatimado nada, lo ha sacrificado todo rompiendo inclusive con su amor, la unión de su alma y su cuerpo por la muerte, como si la primera alianza no hubiera sido hecha sino para lograr la segunda unión con la Iglesia, así es como el verbo encarnado a amado a su esposa la Iglesia, así es como le ha manifestado su amor se ha hecho su víctima, ahora bien tal es evidentemente la condición del obispo él es esposo, él es víctima, gobierna la Iglesia particular, pero es una parte de la Iglesia universal, el cual, él esta real e indisolublemente unido a la Iglesia Universal y esta unión lo convierte en hostia.

Por eso el obispo no se retiene por ningún lazo por el cual puede ser obstáculo a su perfecta inmolación, su admirable castidad que debe ser ejemplo para todos sus sacerdotes lo convierte en un holocausto santo y todo consumado ante Dios, su sangre corre sin dificultad por la causa de la Iglesia. El heroísmo viene a hacer para él como signo natural, los padres y los doctores enseñan que en su estado él es el estado de perfección, no por adquirir sino ya adquirida, por eso las más grandes virtudes y los actos de abnegación más sublimes son en cierto sentido, la obligación, la ley y el carácter habitual de su vida. Hay que afirmar con certeza que los obispos en razón del cargo pastoral, se encuentran en estado de perfección no como quien va de camino, sino como quien ha llegado al término, que propiamente se dice “estado de los perfectos” y que hace perfectos de los demás. Sin embargo no es absolutamente necesario que preceda tal perfección en sí misma y en la práctica, basta que se tenga como propósito y voluntad de suyo eficaz, por lo menos para cumplir con todas aquéllas cosas que son necesarias y caen bajo la obligación por fuerza de estado oficio, aún cuando fuera perfectísima como sería, dar la vida por las ovejas

¡Que admirable disposición, que vida!, el alimento de un alma del obispo es el sacrificio, esa alma arde con un fuego divino y el fuego es consumidor que lo hace un holocausto perfecto. El día de su ordenación se le dijo: <<recibe este anillo, signo de fidelidad y permanece fiel a la Iglesia esposa Santa de Dios>>, él le guarda fidelidad y aprecio de su vida con gusto repetiría con aquél sagrado obispo de Canterbury, Santo Tomás. “Y yo por la iglesia de Dios con gusto sufriría la muerte”, él moriría con gusto por la Iglesia pero en verdad el muere cada día. Por su causa, por sus intereses, por su libertad, por su honor, por su triunfo, que cosa son sus trabajos incesantes, sino una continua entrega de su vida. Como San Pablo dice “me agotaré y me sobre agotaré por las almas”.

Grande, santa y verdaderamente divina es la vida del obispo, por fuera honores que le son debidos en razón de su inminente dignidad, por dentro profundas tristezas y algunas veces dolorosas agonías, a causa de su gracia de perfecta hostia de Dos. Es Jesucristo en la gloria de la resurrección, pero con las llagas en las manos en los pies en el corazón y llagas sangrientas. En los tiempos que nos ha tocado vivir el episcopado puede ser otra cosa sino es el continuo martirio y la continúa oblación.

Muchas gracias a mis hermanos en el episcopado, en el colegio episcopal, que han venido desde muy lejos para acompañarme para dar gracias a Dios, en esta ocasión, muchas gracias en primer lugar al Señor Arzobispo, a mis hermanos sacerdotes que me acompañan y a todos los religiosos que han querido participar en esta Eucaristía para agradecer el don que Dios me ha concedido con los 50 años de episcopado, sólo me queda repetir con la Reina y Madre de nuestro sacerdocio, cuya fiesta como reina celebramos el día de hoy:

¡Glorifica mi alma al Señor, mi espíritu se llena de gozo en Dios mi salvador, porque ha hecho en mi cosas grandes el que es todo poderoso. Santo es tu nombre así sea!