Homilía ago. 12 / 2012

EscudoLiraHOMILÍA DE S.E. MONS. EUGENIO LIRA RUGARCÍA
OBISPO AUXILIAR DE PUEBLA
XIX DOMINGO ORDINARIO CICLO B

 

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo (cfr. Jn 6,41-51)
Un alimento que nos da fuerza para seguir adelante y alcanzar la meta

Se dice que luego de una larga jornada de cacería con sus amigos, el rey Alfonso XIII de España decidió descansar solo bajo la sombra de un árbol. Al poco rato, un campesino, que nunca había visto al monarca y que anhelaba conocerlo, se le acercó y le preguntó: “Señor, dicen que por aquí anda el rey ¿Sabe usted si es cierto?”. Alfonso XIII, que gustaba de jugarle bromas a la gente, sin revelar su identidad, le contestó: “Si, es verdad ¿Te gustaría conocerlo?”. “¡Claro!” respondió el campesino. “Pues ven conmigo; vamos donde esos señores –dijo Alfonso XIII refiriéndose a sus amigos–, y podrás reconocer al rey en que será el único que permanecerá con el sombrero puesto, mientras los demás, por respeto, se lo quitarán al verlo”. Así, al llegar con el grupo, todos se quitaron el sombrero. Entonces, Alfonso XIII dijo al campesino: “Ahora ya sabes quien es el rey”, a lo que éste repuso: “Pues o usted o yo, porque los dos traemos el sombrero en la cabeza”.

Quizá como aquel campesino nosotros anhelemos conocer al Rey de reyes, creador y soberano de todas las cosas, capaz de regir todo para conducirlo a una existencia plena y eternamente dichosa. Ese Rey es Jesús, en quien Dios ha venido a salvarnos. Sin embargo, puede sucedernos lo que a los judíos de los que nos habla el Evangelio, quienes, teniéndolo delante, no supieron reconocerlo. Él nos sale al encuentro en la Eucaristía, en donde se nos ofrece como alimento para que, quien lo coma, viva eternamente. Este, el más grande de los sacramentos, nos comunica la energía suficiente para continuar nuestra peregrinación hacia el Cielo, como fue prefigurado en el pan que el ángel del Señor ofreció como alimento a Elías, con cuya fuerza caminó cuarenta días hasta el monte de Dios[1].

Así, entregándosenos como alimento bajo las apariencias de pan y vino, Jesús nos comunica todo el poder salvífico de su pasión, de su muerte y de su resurrección, por el que, liberándonos del pecado, nos une así mismo, al Espíritu Santo, a Dios Padre, y a toda la Iglesia –con la Virgen María, los santos, y los difuntos; con el Papa, el propio Obispo, todo el clero y el pueblo de Dios entero–, dándonos así un gusto anticipado de lo que será la dicha del Cielo, y nos fortalece para ser constructores de unidad en nuestra familia y en nuestros ambientes, con la esperanza de alcanzar la vida eterna y de resucitar con Jesús en el último día.

Celebremos, y no murmuremos.

Por eso la Iglesia, como una Madre que nos educa, nos manda participar en la Santa Misa cada domingo[2], y en las fiestas de precepto: Navidad, Epifanía, Ascensión, Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Santa María Madre de Dios, Inmaculada Concepción, Asunción, san José, santos Apóstoles Pedro y Pablo, y todos los Santos. En esas ocasiones debemos acudir a Misa, el día mismo de la fiesta o el día anterior por la tarde, a no ser que estemos excusados por una razón seria (una enfermedad, el cuidado de niños pequeños, etc.) o dispensados por el Obispo o por el propio Párroco. Los que sin causa justa deliberadamente faltan a esta obligación cometen un pecado grave[3], ya que manifiestan poco amor a Dios, que en la Eucaristía, a la que nos convoca por su Espíritu, nos espera para hablarnos a través de su Hijo y ofrecérnoslo como alimento.

Sin embargo, hoy como entonces, no faltan murmuradores que dicen que en realidad Jesús era sólo un hombre como todos, que tuvo esposa e hijos, y que hasta ya encontraron dónde está sepultado; murmuradores que afirman que la Iglesia es sólo un invento de los curas, que quieren vivir de las limosnas; murmuradores que afirman que, por todo eso, la Eucaristía es sólo algo simbólico, y que en realidad Cristo no está en ella; murmuradores que opinan que no es necesario ir a Misa cada domingo, que lo mejor es ir cuando a uno le “nazca”; murmuradores que aconsejan comulgar cuando uno lo “sienta”, sin importar que esté en pecado mortal; murmuradores que dicen que no hay que confesarse con un hombre que quizá es peor que ellos.

No nos dejemos confundir; Jesús es Dios, que, hecho uno de nosotros, se nos entrega en la Eucaristía para darnos la fuerza de su amor que nos restaura cuando, como Elías, ante los problemas y sufrimientos de la vida, sentimos ganas de gritar: “¡Basta ya, Señor!”. Por medio del Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre, nos ayuda a vivir en plenitud, dándonos su gracia para que seamos buenos y comprensivos con todos, capaces de perdonar, desterrando la aspereza, la ira, los insultos, la maledicencia y toda clase de maldad[4]. Por eso, el Papa Benedicto XVI afirma: “Participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad... es una alegría… En ella podemos encontrar la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana”[5]. “El que quiere vivir –exclama san Agustín–, tiene de dónde vivir; acérquese, crea, incorpórese para que sea vivificado”[6]. ¡Hagamos la prueba, acerquémonos a la Eucaristía, y veremos que bueno es el Señor![7]

 


[1] Cfr. 1ª Lectura: Re 19, 4-8.

[2] Código de Derecho Canónico c. 1246, §1.

[3] Ibíd., cc. 1248, § 1, 1245; Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2181.

[4] Cfr. 2ª Lectura: Ef 4,30-5,2

[5] Ídem.

[6] SAN AGUSTÍN In Ioannem tract., 26.

[7] Cfr. Sal 33.