Homilía abr. 01 / 2018, Domingo de Pascua

Domingo de Pascua de la Resurrección del Señor
Hch 10, 34. 37-43; 1 Cor 5, 6-8; Jn 20; 1-9
I Domingo de Pascua, Ciclo B

 

Puebla, Pue., a domingo 1 de abril de 2018

 

¡Ha resucitado el Señor!

Estimado hermanos todos sabemos que este Domingo es muy importante, porque celebramos a Jesús resucitado, quien ha cambiado el caminar de la historia, Jesús, el maestro ¡ha resucitado!, se ha cumplido lo que había dicho. Pero al llegar al sepulcro, María Magdalena vio removida la piedra que lo cerraba. ¡La muerte no ha vencido! ¡Cristo ha resucitado! ¡Su historia no se ha cerrado! Sin embargo, aquella mujer no lo entendió, pensaba que se habían llevado los restos del maestro, la dominaba la idea que el mal es tan grande que había vencido, expresa: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Dice a Simón Pedro y al otro discípulo a quienes, desconsolada, acudió inmediatamente, los dos corren hacia el sepulcro, y, al final del episodio, Juan “vio y creyó”.

De la misma manera muchos en nuestros tiempos piensan hoy que el relativismo no solo ha vencido a la verdad al decir que es inalcanzable, sino que además, la mentalidad moderna la ha quitado para siempre del horizonte humano, para que nadie ose siquiera hablar de ella. ¡Pero aquel que es la Verdad y la Vida ha triunfado! Quienes uniendo fe y razón saben leer los signos del Resucitado, lo descubren con asombro y claridad. Como el discípulo que, luego de Pedro, entró en el sepulcro, y después de ver, creyó. Creyó porque comprendió. Eso es la fe; mirar lo que Dios no ha revelado –a lo que la Iglesia con la guía de Pedro nos conduce–, para reflexionarlo inteligentemente y comprender el fundamento sobre el que nos mantenemos[1].

Por eso celebramos la Pascua de Jesús, su resurrección de entre los muertos, que no es solo recordar simplemente un acontecimiento del pasado, sino necesitamos también “ver” que va más allá de la materialidad del hecho, para captar su dimensión interior y su significatividad más profunda. Cristo ha resucitado verdaderamente y vive en la gloria del Padre, nuestra comunión con él continua, mucho más que cuando vivía en la tierra, limitado y condicionado en el tiempo y en el espacio. Por medio de la fe, todo ser humano tiene la posibilidad de comunicarse con Cristo.  Por ello, estamos invitados a celebrar la Pascua para injertarnos en ese movimiento que grita a este mundo injusto que otra sociedad sí es posible; que otra manera de relacionarnos sí es posible; que otra manera de vivir y compartir sí es posible. Que la misericordia, el perdón, la ternura y el servicio en bien de los más necesitados es el camino a la vida abundante de Dios.

Celebrar con Jesús su Resurrección, es tomar conciencia de que también nosotros estamos llamados a resucitar a una vida nueva. La victoria de Jesús continúa hoy en todo creyente que es capaz de abrirse al poder de Dios. Creer en la Resurrección es creer en la acción de Dios en la historia; Es creer en el poder de Dios que actúa en los pequeños e indefensos. Es creer que hasta de lo más débil y frágil, Dios puede hacer surgir algo nuevo. Hasta la persona más aplastada por el pecado, Dios puede levantarla y convertirla en discípulo.

Insertándonos en la vida del resucitado seremos capaces de romper con la mediocridad que todavía queda en nosotros. Es poner la fraternidad por encima de tantas pequeñeces que con frecuencia nos apartan unos de los otros. Es sentirnos parte de la comunidad cristiana; que en ella soy acogido y amado. Es echar fuera de mí todo egoísmo, toda hipocresía, todo orgullo, todo miedo, todo aquello que no me deja ser yo mismo. Es sabernos protagonistas de esta historia, injertados y sumergidos en el camino de Jesús, que es de lucha, pero también de esperanza y amor. Un camino que da plenitud al hombre y a la mujer y nos abre al gozo de la creación, liberándonos de la maldad para conducirnos hacia la gran fiesta del Reino eterno.

“Este el día del triunfo del Señor. Aleluya” (Sal 117), nos dice el salmista, día de gozo, porque el Señor nos ha abierto un nuevo camino, ha vencido al pecado y a la muerte, él es la piedra firme, la piedra del universo y de la historia, que le da sentido y vida a nuestra existencia. Por eso san Pablo nos exhorta: “Puesto que (por el Bautismo) han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba, donde está Cristo… Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra; porque sólo los celestes dan sentido a los terrenos. Así, iluminados por el destello del resucitado, descubramos que el amor es más poderoso que cualquier cosa o circunstancia, y construyamos un mundo mejor, buscando la dicha eterna ¡Cristo ha resucitado! ¡Dios está con nosotros! No tengamos miedo[2].

Pbro. Lic. Israel Pérez López
Seminario Palafoxiano

 

[1] Lira Rugarcía Eugenio, ¡Celebrar al Señor es nuestra fuerza!, Ciclo C, p. 97-98.

[2] Lira Rugarcía Eugenio, ¡Celebrar al Señor es nuestra fuerza!, Ciclo C, p. 98.