Homilia ene. 10 / 2013, Exequias del P. Marcos David Sánchez

Homilía de S.E. Mons. Eugenio Lira Rugarcía
en la Misa de exequias del P. Marcos David Sánchez Rodríguez, de Dn. Conrado Flores Sosa y del joven Israel Blancas García

Parroquia de Santa Ana Xalmimilulco, Puebla, 10 de enero de 2013

En este Año de la Fe, enfrentamos hoy una de las experiencias más dolorosas que podemos sufrir: la muerte de un ser querido. Sí, la muerte de una persona amada, como el P. Marcos David, como Don Conrado y como el joven Israel, provoca gran sufrimiento, ya que nunca más, en esta tierra, volveremos a mirarlos, a escucharlos y a tocarlos físicamente.

Es precisamente, en estos momentos, cuando la fe se convierte en la única respuesta; una respuesta que da sentido a todo; a la vida y a la muerte, llenándonos de esperanza.

Efectivamente, por la fe, que es un don divino, sabemos que en estas horas de pena, no estamos solos; que Dios viene a nosotros en Jesucristo, como hizo con Martha y María que, ante la muerte de su hermano Lázaro, se sentían desconsoladas y llenas de preguntas.

Ante la presencia del Señor, podemos permanecer encerrados en nosotros mismos, pensando que no tiene nada que decirnos. Que ya nada puede hacerse.

Pero también podemos correr hacia Él y recibirlo, como Martha, quien le dijo, con toda confianza: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Jn 11, 21) Lázaro, el hermano al que tanto quería, había muerto. Nunca más podría platicar con él ni abrazarlo ¡Qué difícil sería, a partir de ahora, vivir cada día sin él!

Ante la realidad de la muerte es normal que, como Martha, nos rebelemos, ya que no fue creada ni querida por Dios, sino que entró en el mundo a causa del pecado que, tentados por el diablo, cometieron los primeros padres de la humanidad (cfr. Rm 5,12; Sb 1,13; Gn 3,1-19;)[1].

De ahí que Jesús nos comprenda cuando nos ve sufrir y llorar por el fallecimiento de un ser querido. Sabe la soledad que comienza a invadirnos, y que va creciendo conforme pasan las horas, los días y los años. Sabe que sentimos un oscuro desamparo, y que nos taladra el pensamiento de que ya nada será igual.

Por eso, nos revela que Él ha venido a vencer a la muerte con la omnipotencia del amor, dando su vida. Como a Martha, Jesús nos recuerda que Él, “es un amigo –decía el beato Juan Pablo II– y se nos muestra a sí mismo como puerta que da acceso a la vida…[2].

“Yo soy la resurrección –exclama el Señor–. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 11, 25-26). Meditando estas palabras, san Agustín comenta que es como si Jesús nos dijera: “El que cree en mí, aunque hubiera muerto (en la carne), vivirá en el alma hasta que resucite la carne para no morir después jamás”[3].

¡Sí! Gracias a la pasión, muerte y resurrección de Jesús, en quien creyeron el P. Marcos David, Dn. Conrado y el joven Israel, tenemos la confianza de que ahora, estos hermanos nuestros, que viajaban movidos por el amor a sus hermanos en una misión de amor hacia Jonotla, ahora “están en las manos de Dios”, como dice el Libro de la Sabiduría (cfr. 3,1-9), y que afirma: “Los que confían en Él conocerán la verdad”.

Por eso, ante Jesús, el Buen Pastor que nos conduce hacia las fuentes tranquilas de la verdad y del amor (cfr. Sal 22), y que hoy nos pregunta, como a Martha, “¿Crees tú esto?”, respondámosle, con la certeza de la fe: “Sí, Señor. Creo firmemente”. Creo que Tú eres el camino y la verdad, que nos conduce a la vida verdadera, a la vida plena, a la vida eterna.

Por eso, desde el cielo, el P. Marcos David, Dn. Conrado y el joven Israel, pueden repetirnos aquello que el joven seminarista, san Luis Gonzaga (1568-1591), escribió a su madre poco antes de morir de una enfermedad mortal que había adquirido al cuidar por caridad a enfermos en un hospital:

“...un día u otro ha de llegar el momento de volar al cielo, para alabar al Dios eterno en la tierra de los que viven... Si la caridad consiste, como dice san Pablo, en alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran, ha de ser inmensa tu alegría, madre ilustre, al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría, que pronto poseeré con la seguridad de no perderla jamás… Esta separación no será muy larga; volveremos a encontrarnos en el Cielo, y todos juntos, unidos a nuestro Salvador, lo alabaremos con toda la fuerza de nuestro espíritu y cantaremos eternamente sus misericordias, gozando de una felicidad sin fin...”[4].

Por la fe sabemos que la muerte es el final de la etapa terrena de la vida, pero no de nuestro ser. Confiando en la infinita misericordia de Dios, tenemos la esperanza de que nuestros difuntos han alcanzado la meta de toda peregrinación humana[5]. ¡Ahora están gozando de esa dicha plena que nada ni nadie les podrá arrebatar jamás!

Esta certeza, aunque no mitigue del todo el dolor que sentimos por la separación física de las personas que amamos, nos llena de consuelo, de fortaleza, de amor y de esperanza.

“…a la luz de la fe –enseñaba Juan Pablo II–, nos sentimos aún más cerca de nuestros hermanos difuntos: la muerte nos ha separado aparentemente, pero el poder de Cristo y de su Espíritu nos une de un modo más profundo aún. Alimentados con el Pan de vida, también nosotros, junto con cuantos nos han precedido, esperamos con firme esperanza nuestra manifestación plena”[6].

El Catecismo de la Iglesia dice: "Creemos en la comunión de todos los fieles cristianos… los que peregrinan en la tierra, de los que se purifican después de muertos y de los que gozan de la bienaventuranza celeste"[7].

Por eso, pedimos a Dios por el eterno descanso del P. Marcos David, de Dn. Conrado y del joven Israel, seguros de que ellos también intercederán por nosotros ante el Señor[8], para que vivamos de tal manera, amando a Dios y a nuestro prójimo, que cuando nos llegue la hora, podamos alcanzar también la vida eterna.

Que la Virgen Santísima, que conoció el dolor de ver morir a su Hijo en la Cruz, interceda por nosotros para que, contemplando con los ojos de la fe al Resucitado, vivamos cada día con esperanza y con amor.



[1] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 309 y 310.

[2] JUAN PABLO II, Homilía en la Misa por los cardenales y obispos fallecidos, 5 de noviembre de 2002, n. 3.

[3] Ut supra.

[4] Acta Sanctorum, Iunii 5, 878.

[5] Cfr. JUAN PABLO II, Homilía en la Misa por los cardenales y obispos fallecidos, 5 de noviembre de 2002, n. 2.

[6] Homilía en la Misa por los cardenales y obispos fallecidos, 5 de noviembre de 2002, n. 5.

[7] N. 962.

[8] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 955.