Homilía ene. 11 / 2013, Exequias del P. Marcos David Sánchez

Homilía de S.E. Mons. Eugenio Lira Rugarcía
en la Misa de exequias del P. Marcos David Sánchez Rodríguez
Parroquia de Nuestra Señora de los desamparados Puebla,

11 de enero de 2013

Joven, yo te lo mando: levántate (cfr. Lc 7,11-17)

En este Año de la Fe, el día de ayer muchos quedamos consternados al conocer del trágico accidente carretero en el que perdieron la vida el P. Marcos David Sánchez Rodríguez y dos laicos comprometidos: el Sr. Conrado Flores Sosa y el joven Israel Blancas García, quienes viajaban a Jonotla para llevar despensas y ropa a la gente más necesitada.

Es en estos momentos de dolor cuando la fe se convierte en la única respuesta. Una respuesta que da sentido a todo; a la vida y a la muerte, llenándonos de esperanza.

Precisamente, en el Evangelio encontramos a una muchedumbre que con tristeza acompaña a una madre que va a sepultar a su joven hijo, que, como comenta san Gregorio, “constituía la alegría de la casa”[1].

El cortejo marcha con el corazón desgarrado ante una realidad que parece inmutable, y frente a la cual nada se puede hacer. Ha muerto un muchacho en lo mejor de la fuerza, la salud, la audacia y los planes ¡Tenía tanto por delante!

Así lo experimentamos en el caso del P. Marcos David. Por eso, como aquel cortejo, también nos sentimos tristes por la muerte de un joven y valioso sacerdote, que salió de esta comunidad, y que llevaba apenas unos meses de fecundo ministerio.

Pero en el momento en que el joven era llevado a enterrar, Cristo se acerca y lo cambia todo "¡Levántate!"[2], dice al muchacho. Así nos revela que Dios, creador de todas las cosas, es también "el Dios de toda consolación''[3]. En Cristo, Dios compartió el dolor de la viuda de Naím; tocó el féretro, ordenó al joven que se levantara y lo restituyó a su madre.

Jesús no es un personaje del pasado, sino Dios con nosotros, que nos ofrece el poder salvífico de su pasión, de su muerte y resurrección, para que libres del pecado y de la muerte, recibiendo su Espíritu, seamos hijos de Dios, partícipes de su vida plena y eternamente feliz ¡No tengamos miedo! ¡Él “no quita nada, y lo da todo!” [4], como ha recordado el Papa Benedicto XVI.

"Joven yo te lo mando: levántate”, le ha dicho Jesús al P. Marcos David. Esa es nuestra confianza. Confianza que se basa en la fe en que Dios es la misericordia misma. Ahora, el P. Marcos David, que creyó en Jesús, cuya Palabra anunció, cuyos sacramentos celebró y hacia quien guió a muchos, está “en las manos de Dios”, como dice el Libro de la Sabiduría (cfr. 3,1-9).

Por eso, como les decía ayer, estoy seguro que desde el cielo, el P. Marcos David puede repetirnos aquello que el joven seminarista, san Luis Gonzaga (1568-1591), escribió a su madre poco antes de morir de una enfermedad mortal que había adquirido al cuidar por caridad a enfermos en un hospital:

“...un día u otro ha de llegar el momento de volar al cielo, para alabar al Dios eterno en la tierra de los que viven... Si la caridad consiste, como dice san Pablo, en alegrarse con los que se alegran y llorar con los que lloran, ha de ser inmensa tu alegría, madre ilustre, al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría, que pronto poseeré con la seguridad de no perderla jamás… Esta separación no será muy larga; volveremos a encontrarnos en el Cielo, y todos juntos, unidos a nuestro Salvador, lo alabaremos con toda la fuerza de nuestro espíritu y cantaremos eternamente sus misericordias, gozando de una felicidad sin fin...”[5].

Por la fe sabemos que la muerte es el final de la etapa terrena de la vida, pero no de nuestro ser. Que gracias a Jesús, el P. Marcos David ha alcanzado la meta de toda peregrinación humana[6]. ¡Ahora está gozando de esa dicha plena que nada ni nadie les podrá arrebatar jamás!

Esta certeza, aunque no mitigue del todo el dolor que sentimos por la separación física de nuestro querido y joven sacerdote, nos llena de consuelo, de fortaleza, de amor y de esperanza. “…a la luz de la fe –enseñaba Juan Pablo II–, nos sentimos aún más cerca de nuestros hermanos difuntos: la muerte nos ha separado aparentemente, pero el poder de Cristo y de su Espíritu nos une de un modo más profundo aún”[7].

El Catecismo de la Iglesia enseña que la "unión de los miembros de la Iglesia peregrina con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo de ninguna manera se interrumpe; más aún… se refuerza con la comunicación de los bienes espirituales"[8].

Con esta convicción, pedimos a Dios por el eterno descanso del P. Marcos David, seguros de que él también intercede por nosotros ante el Señor[9], para que escuchemos a Jesús que nos dice: “levántate”; levántate de la soledad, del sinsentido y de la desesperanza, y, unido a tu madre, la Iglesia, vive cada día con fe, como hijo de Dios, amándolo a Él y tu prójimo, de tal manera que, cuando llegue la hora, puedas alcanzar la dicha eterna.

Que nuestra Señora de los desamparados, que conoció el dolor de ver morir a su Hijo en la Cruz, interceda por nosotros para que, contemplando con los ojos de la fe al Resucitado, vivamos cada día como hijos de Dios; con esperanza y con amor.



[1] SAN GREGORIO NICENO, “De homini opificio”.

[2] JUAN PABLO II, Discurso a los jóvenes en el Palacio de Deportes de Berna, Suiza, 5 de junio de 2004

[3] 2 Co 1, 3: cfr. Rm 15, 5.

[4] BENEDICTO XVI, Homilía en la inauguración solemne de su ministerio petrino, 24 de abril de 2005

[5] Acta Sanctorum, Iunii 5, 878.

[6] Cfr. JUAN PABLO II, Homilía en la Misa por los cardenales y obispos fallecidos, 5 de noviembre de 2002, n. 2.

[7] Homilía en la Misa por los cardenales y obispos fallecidos, 5 de noviembre de 2002, n. 5.

[8] CONCILIO VATICANO II, Const. Dogm. “Lumen gentium”, n. 49.

[9] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 955.