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Venerable P. Moisés Lira Serafín

    El P. Moisés Lira Serafín nació en Zacatlán (Puebla, México) el 16 de septiembre de 1893. Creció en una familia cristiana, sencilla, humilde, de buenas costumbres, pero su infancia pronto se vio empañada por la muerte de su madre en 1898. Su padre, maestro en escuelas parroquiales, se vio obligado a trasladarse a diversos lugares, hasta que se casó por segunda vez en 1908, confiándole a la custodia de un sacerdote.

    En ese periodo comenzaron a aparecer los primeros signos de una vocación a la vida sacerdotal, comenzó a asistir al Seminario Palafoxiano de Puebla, y decidió seguir su vocación sacerdotal y religiosa. En 1914 aceptó la invitación del padre Félix de Jesús Rougier, fundador de los Misioneros del Espíritu Santo, de los que fue el primer novicio, “el primogénito”.

    El 4 de febrero de 1917 profesó sus votos. Fue ordenado sacerdote el 14 de mayo de 1922, y el día de Navidad de ese año emitió sus votos perpetuos. Un mes después, acuñó la frase para lo que sería su itinerario de santificación: “Es necesario ser muy pequeño para ser un gran santo”.

    Fue maestro del noviciado, atendía a los enfermos, especialmente como confesor, durante la epidemia de viruela negra de 1923. En 1925 en la Ciudad de México continuó aumentando su pasión por el culto a la Eucaristía y al sacramento de la reconciliación, dirigido también a los presos.

    En 1926 a causa de la persecución religiosa, celebraba la Eucaristía en los hogares y llevaba la comunión a los enfermos.

    Se trasladó a Roma, donde asistió a cursos de teología dogmática en la Pontificia Universidad Gregoriana. La época romana, sin embargo, no fue pacífica desde el punto de vista espiritual, debido a factores externos que provocaron en él una fuerte crisis y pusieron a prueba su vocación religiosa.

    Hizo voto de abandono en manos de Dios, renovándolo cada año el Jueves Santo. Este fue el inicio del proceso de su infancia espiritual ante Dios Padre como un pequeño niño en Cristo, abandonado en Sus manos.

    En 1928 regresó a México, donde continuó con mayor entusiasmo y generosidad su misión como guía de almas, ejerciendo excelentemente su carisma como director espiritual y desempeñando una misión oculta en el ministerio del confesionario.

    En 1934 fundó la Obra de Caridad y Apostolado Social o Misioneras de la Caridad de María Inmaculada, como apóstoles de la bondad. La caridad del padre Moisés se dirigía a todos: pobres, ricos, ancianos, jóvenes y niños; de hecho, se implicó particularmente en la pastoral de los acólitos y las religiosas. Sus favoritos eran los enfermos, especialmente los sacerdotes, a quienes visitaba con frecuencia llevándoles una palabra de esperanza. Su caridad llena de alegría infundió alma y coraje.

    Fue amante del silencio y de la contemplación, además de su profundo amor a Dios, que se tradujo en una vida religiosa ejemplar. Tenía una devoción filial a la Virgen María y era un hombre de oración intensa.

    En el ejercicio de su ministerio su pureza fue cándida, ingenua como la de un niño. Siguiendo el ejemplo de María, se puede presentar como modelo de paternidad/maternidad espiritual; instrumento del perdón de Dios para sus hijos; sanador de sus heridas; ayudante en sus necesidades materiales; ayudar a discernir la voluntad de Dios en las diferentes circunstancias de la vida; compañero de viaje hasta llegar a la meta: la unión con Dios.

    El ritmo de su vida transcurrió en el cumplimiento diario del deber, con un gran sentido de fraternidad comunitaria. Destacó por su obediencia y alegría, por su humildad y sencillez. Vivió todos los acontecimientos, incluso los dolorosos de la persecución, la incomprensión y la enfermedad, en soledad y alegría sobrenatural, a la luz de la fe.

    Su salud se deterioraba y, tras complicaciones cerebrales, llegó al final de su vida. Murió en la Ciudad de México el 25 de junio de 1950. Fue declarado Venerable el 27 de marzo de 2013 por el Papa Francisco.